El profesor, el banquero y el voto útil

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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Para muchos votar a Podemos o Ciudadanos no es tanto una cuestión de preferencias como de falta de opciones, no hay otra cosa "decente" a lo que votar. La elección, para los votantes que se perciben como regeneracionistas, se limita a decantarse por una u otra fuerza política, las únicas que no han sido salpicadas por la corrupción y que parecen decididas a combatirla.

En este sentido se nos olvidan, con demasiada frecuencia, algunos elementos de juicio tremendamente reveladores sobre Pablo Iglesias y Albert Rivera. En primer lugar que ambos tienen una profesión al margen de la política, en segundo lugar la profesión concreta que tienen. Lo primero tiene que ver con la identidad (qué son) lo segundo con la ideología (qué harán). Centrémonos hoy en lo primero.

Existe toda una serie de competencias que sólo se adquieren en el puesto de trabajo, unas pocas son transversales, compartidas por todos los trabajadores otras, la mayoría, varían entre familias, áreas y puestos diferentes. Pablo y Albert han adquirido, fuera de la política, esas competencias que les han permitido acumular un currículo francamente envidiable. Currículo que prueba su valía, su sobrada capacidad para vivir al margen de la política. 

Comparar a ambos con los políticos profesionales debería avergonzar a estos últimos. Si tuviesen vergüenza, claro. La política, cuando se entiende como profesión en lugar de como servicio público, implica su propio proceso de aprendizaje, sólo que las competencias aprendidas no tienen mucho que ver con la eficiencia o excelencia profesional. Así, el político profesional aprende a mentir (principalmente al ciudadano), a adular (principalmente al superior) y sobre todo a tejer su propia red de contactos a varios niveles incluyendo sus "partidarios" y "clientes". Nada de esto es ya desconocido por el resto de la población que desconfía, acertadamente, del político profesional, al que percibe como corrupto y poco preparado, que vive, al fin y al cabo, de los impuestos que pagamos entre todos. La gente desconfía de su imagen, de su discurso, de su lenguaje y sobre todo de sus intenciones, méritos y capacidades.

No se trata tanto de un desgaste de la ideología (que evoluciona y cambia) como de un descrédito de la clase política, que ha tratado de ser compensado por el bipartidismo incluyendo en las listas a "independientes" con prestigio (Baltasar Garzon, Luis de Guindos...) y con mejor o peor suerte, incluyendo imágenes prefabricadas al efecto como Rodrigo Rato, por ejemplo.

Pero tanto Podemos como Ciudadanos han ido, al menos en teoría, un paso más allá. Han "roto la baraja" y juegan a otra cosa, de manera tan acertada que están provocando cambios en sus contendientes, cambios de imagen (logos, tipografías, vaqueros, corbatas...) y de contenido, al apropiarse del discurso y propuestas de los partidos nuevos. Pero a pesar de todo no consiguen frenar el embate de los nuevos partidos porque no pueden deshacerse de su esencia, que no es otra  que la política entendida como profesión o como forma de enriquecimiento.

Tanto Podemos como Ciudadanos hacen gala de ser partidos compuestos en su totalidad por personas con trayectorias profesionales ajenas e independientes de la política. Incluso en el caso de Podemos se han articulado medidas (primarias, revocaciones, limitaciones de mandatos) para evitar que se pueda vivir indefinidamente de la política dentro del partido. Ambos partidos, además, buscan el asesoramiento de expertos de prestigio para elaborar sus propuestas, así como la participación de la ciudadanía y no solo de la militancia en la articulación de las mismas.

De ahí el alboroto que ha supuesto su entrada en política. Con su llegada la frase "todos son iguales" pierde su sentido, apareciendo en escena otro tipo de político, digamos, "no profesional", que por tanto  es diferente.

Todo esto implica un cambio de marco, que no solo de enfoque, radical. Más allá de la apariencia de "gente preparada, pero corriente" que puedan dar sus líderes y/o cuadros ambos partidos se consideran regeneracionistas de la política. Y así son percibidos, como fuerzas ajenas a los partidos tradicionales, libres de los vicios de los mismos. 

El núcleo que ambos tienen en común y que quedó manifiesto cuando Jordi Évole entrevistó a ambos, ese elemento, decía, es ajeno a la ideología propiamente dicha y favorece una identificación a un nivel más primario, permitiendo a mucha gente identificarse con ellos al percibirlos como "gente" en lugar de "casta".

Las evidentes diferencias ideológicas y programáticas entre ambos, conforme nos alejamos del núcleo regeneracionista, permitirían optar por una u otra propuesta en función de nuestra propia "ideología", según nos consideremos, parafraseando a Lakoff, mas o menos "padre protector" en el caso de Podemos y el "padre estricto" para Ciudadanos.

Al margen de que desde aquí consideremos que en el caso de Ciudadanos se trate de un cambio menos profundo y ambicioso, lo cierto es que el mensaje es muy similar en lo relativo a la clase política (profesionalizada) y su íntima relación con la corrupción, el saqueo de lo público y la separación de poderes.  Las enormes diferencias programáticas entre ambas fuerzas son menos importantes que ese deseo e intención manifiestas de cambiar la política y volver a ponerla al servicio del pueblo. Y sobre todo porque ni PP, ni PSOE, ni IU, ni UPyD pueden, aunque lo intenten, usar ese marco y ese mensaje. Probablemente IU podrá hacerlo si consigue salir airosa de una refundación ya en curso, si es que Podemos no ocupa todo el espacio ideológico en el que encajaría. Con respecto a UPyD, parece aguardarle el mismo destino -y por idénticas causas- que al PA.

Por otro lado, si son ciertos los análisis demográficos que muestran cómo los partidos "del régimen" basan sus opciones en una población envejecida y rural la simple tasa de reposición les irá debilitando. Efecto que se verá reforzado al verse debilitadas sus redes clientelares (limitando el acceso a los recursos "saqueables"). Esto resta potencia a la baza del voto "útil" al que además es menos susceptible, de por si, el electorado más joven.

El voto útil se difumina mientras mas verosimilitud adquieren (mayor presencia institucional) los partidos emergentes conforme estos van adquiriendo cuotas de poder. Las expectativas del electorado, por tanto, son modificadas con cada elección, desgastando progresivamente la bala dorada del voto útil, último refugio de unos partidos anquilosados, envejecidos y con un proyecto agotado y que no supone mas que una revisión de la amenaza, que no argumento, de "nosotros o el caos".

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