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El Papel de La Voz

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El final del verano suele estar cargado de cierta melancolía, y este no va a ser menos. El otoño que se atisba trae un estruendo político.

El final del verano suele estar cargado de cierta melancolía, y este no va a ser menos. El otoño que se atisba trae un estruendo político en el ámbito nacional y, según apuntan los últimos acontecimientos, un nuevo episodio de la crisis financiera y económica internacional que nos azota desde 2008. Así que, si ustedes no tienen inconveniente, hoy les propongo algo diferente antes de entrar en la estación que se avecina, cuya llegada es inminente en lo político y económico, aunque todavía quede lejos en lo meteorológico. Va por ustedes.

Érase que se era, porque así empiezan todos los cuentos, una isla que en sí misma era un imperio. Eran malos tiempos. El emperador Mariano I, algo viejo ya, gobernaba la isla con decisiones que indignaban a las mareas que bañaban la isla. El imperio estaba dividido en una serie de principados. Por ley, uno de los príncipes se convertiría en emperador si era apoyado por la mayoría. Entre los aspirantes estaban el joven príncipe Alberto, cuyo principado se situaba en el extremo más occidental de la isla. También estaba el príncipe Pedro, cuyo principado estaba situado entre el centro y el occidente de la isla, aunque algunos cartógrafos opinaban que, de hecho, ocupaban parte del oriente de la misma. Recientemente, se habían proclamado dos nuevos principados. El príncipe Pablo había ganado territorios al príncipe Alberto y al príncipe Pedro, y pretendía ocupar todo el terreno posible entre el occidente y el centro e incluso en el oriente. Otro nuevo y joven príncipe era el príncipe Albert, cuyos territorios estaban más o menos en el centro de la isla. El principado del emperador Mariano se extendía prácticamente por todo el oriente de la isla.

Como se acercaba la hora del desafío en la que se elegiría nuevo emperador, andaban todos los príncipes muy nerviosos. Todos se creían con la suficiente fuerza para disputar la corona al emperador Mariano. Éste, por su parte, también estaba sumamente nervioso por la posibilidad de perder la corona imperial. Tal era su nerviosismo que comenzó a ofrecer dádivas al pueblo en un intento evidente, aunque inútil, de ganarse su simpatía.

El malestar de las mareas había provocado todo tipo de especulaciones. Corrió el rumor de que quien consiguiera el favor de las mareas ganaría la corona imperial. Esto sucedería en la primera luna llena después del equinoccio de otoño. Esa noche las mareas alcanzarían su máximo esplendor. La disputa sobre quién se alzaría con la corona estaba siendo especialmente controvertida en el occidente. Cada uno de los tres príncipes occidentales creía ser el más preparado para plantarle cara al emperador. Para zanjar el asunto se citaron los príncipes esa noche, sobre la arena de una playa. Intentaron vanamente ganarse la confianza y el apoyo de las mareas cada uno para sí mismo. Lo intentaron durante toda la noche sin conseguirlo. A punto de amanecer, harta de sus disputas, la vieja y sabia luna les habló. Les dijo que las mareas no pueden ser gobernadas por nadie. Las mareas representan la dignidad de la gente, y aunque se las pueda humillar, conteniéndolas con diques, éstas siempre se abren paso, aunque sea de forma dolorosa. Los príncipes comprendieron enseguida que ninguno sería ganador por sí mismo aquella noche ni las siguientes. Comprendieron que tanta vanidad no les llevaba a ninguna parte más que al fracaso. Entonces decidieron colaborar para ganar la corona imperial y gobernar como copríncipes. De cómo la ganaron y cómo gobernaron se habló mucho. Pero esa es otra historia.

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