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El odio no construye; ni el de los verdugos ni el de las víctimas. Es duro. Pero es así.

Hacer tema de sí mismo debe ser cansado para quien habla y molesto para quien escucha. Hay personas que se pasan la vida pregonando que la suya ha sido muy difícil, casi heroica. Y no digo que no lo haya sido porque nadie conoce el tamaño del dolor ajeno y todavía no se ha inventado el metro para medir el sufrimiento. Pero pienso que este tipo de relatos personales pertenecen más a la esfera privada y necesitan un ámbito íntimo en el que mostrarse. Alardear de víctima es improductivo porque confirma la etiqueta de la que supuestamente se quiere salir. Alardear de héroe está feo. Y mucho más autoproponerse como modelo de vida.

Otra cosa es el sufrimiento profundo, real y vivo, no pregonado, que se debe escuchar con veneración. Porque el sufrimiento del otro es el único motor moral. Y nada tiene esto que ver con la denuncia y restitución que exigen y se les debe a las víctimas. Sin embargo, el victimismo es el manoseo grosero que hacen algunas víctimas de su propia vida hasta hacerlo su seña de identidad y, casi, su moneda de cambio. Victimismo que cursa en paralelo al síndrome de indemnización: he sufrido mucho; mucho se me debe.

Este es un proceso circular expresado con una queja tenaz de la que hay difícil escapatoria. Aunque posible. Algunos  han conseguido salir de aquí superando una permanente e improductiva conmiseración propia. Son admirables las personas que aun habiendo soportado penurias y sufrimientos, llevan su vida con elegancia, fortaleza y discreción, como la que recientemente hemos conocido con detalle narrada por su hijo Pedro Grimaldi: la de María Aguilera. A esta narración asistimos con el temblor y la solemnidad que merecen los sacrificios anónimos.

Ajustadas las cuentas con quien corresponda (incluso con uno mismo) la persona debe poder percibir el presente y el futuro como oportunidades para construir. Soltar lastre aligera el camino.

El odio no construye nunca. Aunque sólo cuando el verdugo se arrodilla y reconoce su inferioridad moral puede la victima tender la mano. Y así puede el perdón restituir la dignidad manchada del verdugo y la dignidad zarandeada de la víctima.

Los católicos ofertan un perdón con condiciones: dolor de los pecados, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. ¿Pero, cómo se puede perdonar a quien no le duele la ofensa ni tiene el menor propósito de enmienda? Ni siquiera la Misericordia Divina podría.

El olvido no puede ser ausencia sino conciencia suprema de que la vida es vida, a pesar de los pesares.

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