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Aún muchos de nosotros pensamos que los animales nos pertenecen. Los tratamos como objetos a nuestro antojo, como si no tuvieran conciencia propia, ni sentimientos.

“Nuestros muertos nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella, y la flor perfumada, el ciervo, el caballo y el águila majestuosa, son nuestros hermanos… Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos por el hombre blanco a tiros desde un tren en marcha. No comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que el búfalo. ¿Qué puede ser del hombre sin los animales? Todas las cosas están ligadas”.

Éste es un fragmento de la maravillosa carta que el Jefe Seattle, de la tribu Suwamish, escribió en 1854 dirigida al presidente Franklin Pierce. En las tribus nativas norteamericanas existía una especial comunión con la naturaleza. Una conexión que hoy hemos perdido. Pensamos que convivir con ellos es cosa de salvajes, o como diríamos en nuestro civilizado y avanzado mundo: “El ser humano es superior al animal”. Ya conocemos la famosa afirmación, somos animales racionales. Debemos, por tanto, dominar a las bestias… si queremos conservar nuestra civilidad. Sin embargo, aquellas tribus nativas parecían estar más avanzadas en conciencia que nuestro mundo tecnológico. El Jefe Seattle dejó un mensaje contundente en su carta: “… la tierra no pertenece al hombre. Es el hombre el que pertenece a la tierra.”

Aún muchos de nosotros pensamos que los animales nos pertenecen. Los tratamos como objetos a nuestro antojo, como si no tuvieran conciencia propia, ni sentimientos. Los tratamos como muñecos para el entretenimiento. A veces nos acercamos más a esas personas decimonónicas, que se jactaban maltratando a todo lo que consideraban distinto o inferior. Personas como el Jefe Seattle, en cambio, se acercaban más a la conciencia ecologista que queremos alcanzar ahora. Pero esa mentalidad no es nueva, por mucho que nos vanagloriemos ahora de ello. Simplemente estamos intentando arreglar lo que ya estropeamos.

Las etiquetas no faltan en estos temas: animalistas. Defender la dignidad de los animales supone tener que sufrir las consecuencias de tener que alistarse al bando de los veganos estrictos, de procurar un mundo de paz y amor absolutos que jamás existirá. No… es más sabio optar por la actitud que ya tenían estos nativos, en equilibrio. Alimentarnos de otros animales no es malo, es natural, todas las especies lo hacen. Lo que no es justificable es el daño gratuito. Ni tampoco la forma que tenemos de abastecernos, que se ha vuelto profundamente perniciosa a causa del capitalismo salvaje.

Aunque esta sobreproducción encierra otra cuestión de fondo que no es mera supervivencia. Pero este artículo no quiere centrarse en los pollos de granja. Como ya hemos comprobado, aquí no hablaríamos sólo de un problema "animalista". Es mejor empezar por lo que tenemos más cercano, en nuestro entorno. Por nuestras mascotas, esos seres vivos a los que hemos decidido abrirles la puerta para compartir nuestras vivencias, nuestro tiempo.

No faltan casos en los que la gente se aburre de ellos y los abandona a su suerte, o donde los matan y los torturan para desahogarse o divertirse… O aquellas azoteas donde tienen a los perros abandonados, sin apenas subir a propiciarles una caricia, rodeados por sus propios excrementos y medio calvos por el estrés de estar tan sólo en unos pocos metros cuadrados. La calle entera se llena de alaridos, no de alegría, sino de una soledad agónica. Olvidan que tienen en sus manos una vida y un sentir únicos.

Empezar por este tipo de maltrato y abandono es la antesala del maltrato con los semejantes. Quizá si cuidáramos mejor de nuestras mascotas y les diéramos el lugar que les corresponden, seríamos capaces de cuidar mejor nuestro entorno. Pero todavía, henos aquí, en la época del utilitarismo generalizado. ¿Y tú, estás cansado de contemplar este tipo de maltrato y de no tener medios suficientes para solucionarlo?

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