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Cuando los nudillos resonaron y Josefa se despertó sobresaltada, supo que no le traían la leche, sino la orden de ejecutar el desahucio.

Será que ya no existen lecheros, por eso suena a caduca y trasnochada aquella frase de Winston Churchill: “Democracia es el sistema político en el cual, cuando alguien llama a la puerta a la seis de la mañana, se sabe que es el lechero”. Ya nunca llama el lechero al alba, así la incertidumbre y el miedo suenan como un timbre a deshora, como el ruido de las botas por la escalera, como los golpes de puños cerrados contra el portón. Por eso, cuando los nudillos resonaron y Josefa se despertó sobresaltada, supo que no le traían la leche, sino la orden de ejecutar el desahucio. Y al otro lado del umbral, un ejército con corazas de cascos y escudos.

Con el paso del tiempo, tras la lluvia caída, la Democracia se justifica con la prohibición de votos, con la irrupción de la Guardia Civil en una imprenta, con el envío de los agentes a un semanario, con el registro de la redacción de un periódico digital. Tanto llovió, tanto quisieron perpetuar sus viejas formas, que quienes se llaman demócratas imputan a más de 700 alcaldes, cierran páginas webs, embargan las cuentas y silencian el resto de voces con la prohibición de actos y conferencias.

“La Democracia es el sistema político en el cual identifican a periodistas, confiscan papeletas, prohíben carteles y requisan urnas”, podría decir Rajoy, tan conservador como Churchill. Tan autoritario como su ascendencia. Tan liberal o constitucional cuando le conviene. Quizás porque convocaron el referéndum en octubre, y no agosto. Ya saben, la Constitución, o su interpretación, sólo se modifica cuando interesa y por la puerta de atrás, escondidos, de tapadillo y para que prevalezca el interés de los bancos. 

Mientras, en una fotografía tomada hace cuatro días se muestra una plaza de toros y un matador envuelto en la bandera del Águila, símbolo que sobrevuela más de 40 años después. Caricatura de la realidad. Ahí no hay Justicia que entre. Porque hay cosas que parecen intocables, inalterables: como la unidad y la distribución del país, el jefe de Estado, el bipartidismo, los sindicatos mayoritarios o los cadáveres de la represión franquista en las cunetas. Porque hay premisas que los ciudadanos no deben plantearse ni tienen derecho a cambiar, que entonces abren heridas, y las heridas como las bocas, mejor cerradas. Se impusieron y sobran las decisiones populares. Y quien no tenga leche que baje a por ella, pues el lechero ni acude ni se le espera.

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