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El síndrome de indemnización lo padecen las personas que viven en la creencia que todo el mundo le debe algo. El síndrome complementario es el de la entrega constante.

Crecemos como personas en el binomio dar-recibir. El modo en que nos situamos en esta escala nos viene dado por nuestras diferencias individuales y por nuestra propia experiencia biográfica. Es claro, además, que el ciclo vital nos coloca periódicamente en una zona determinada: no es lo mismo ser un bebé que un niño, un niño que un adolescente y un adolescente que un adulto o un anciano. Pero para todos transcurre la vida entre estos dos polos. Unas veces necesitamos más cuidados; otras se nos exige más entrega. Conseguir una vida adulta –madura y relativamente autónoma- depende en gran medida de que sepamos equilibrar ambos extremos. Pero, sin embargo, no siempre sucede esto y aparecen situaciones en nuestro sistema personal y familiar en las que nos sentimos atrapados.

El síndrome de indemnización lo padecen las personas que viven en la creencia que todo el mundo le debe algo, que su vida ha sido tan menesterosa y le ha tratado tan injustamente que ahora es el momento de cobrar esta deuda antigua en su libro íntimo del debe y el haber (aunque esta percepción no es del todo consciente).

Puede aparecer en personas que efectivamente han vivido una vida muy dura, llena de privaciones y de momentos difíciles, pero también puede darse en personas con una vida aparentemente fácil que han tenido que hacerse adultos muy pronto y desempeñar papeles que no correspondían a su edad biológica: niños parentalizados, pequeños hombrecitos o mujercitas hiper-responsables, cuidadores precoces, adolescentes que parecen viejos… Estas personas en algún momento de sus vidas (a veces con sorpresa para los que les rodean) exigen equilibrar el saldo de este libro. Necesitan cobrar emocionalmente “inversiones” y “donaciones” muy antiguas. Pero este cobro cotidiano suele parecerles siempre insuficiente. Todo es poco. Viven en la página del haber. Se sienten acreedores. Necesitan una reparación. Y lo expresan con una queja, con un gesto menesteroso, con una demanda persistente.

El síndrome complementario es el de la entrega constante: se da en aquellas personas que -no siéndolo- se sienten responsables de todo. Se proponen como cumplidores insobornables, con un sentimiento oscuro de que algo terrible debieron desear o algo imposible deben alcanzar porque nunca la expiación es completa. Viven en la página del debe. Pero nada es bastante. Pagan y pagan con una autoexigencia y una inflexibilidad enormes, sin comprender que este “pendiente de pago” no es completamente suyo. Se sienten deudores. Necesitan un sacrificio. Y lo expresan con un ofrecimiento personal y una autoinmolación feroz en el altar de la disciplina, del rigor, del ritual de la Ley y de la Perfección sin concesiones.

Ahora bien, ya sabemos que nada es blanco o negro, sino blanco y negro a la vez. Hay un juego circular en el dar y el recibir. Nunca el movimiento tiene una sola dirección. Todos nos situamos alternativamente en una u otra parte de este libro. El problema comienza cuando uno no tiene la capacidad de alternar perspectivas y se fija como un clavo en cualquiera de las dos narraciones: comienza entonces una expresión unívoca, repetitiva, esclavizada, absoluta, instalada en la queja (cuídame) o instalada en el ofrecimiento (debo cuidar). Ambas teñidas de culpa.

Para empezar debemos hacernos cargo del hecho de que ninguna de las posiciones anteriores es una impostura porque derivan de situaciones biográficas reales. Reconocer la herida, explicar su origen y comprender su función relacional, pueden ser cosas útiles para salir de este circuito cerrado de sufrimiento que muchas veces se manifiesta a través del cuerpo con síntomas psicosomáticos: crisis de ansiedad, dolores físicos o llantos inmotivados, cansancio, vómitos, taquicardias...

Son cadenas invisibles pero amarran con mucha fuerza y procuran mucho sufrimiento.

http://psicoterapiajerez.es/

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