Una bota de fino de Sánchez Romate en la que se puede observar el velo en flor. FOTO: JUAN CARLOS TORO.
Una bota de fino de Sánchez Romate en la que se puede observar el velo en flor. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

Ya en su soledad, de vuelta a casa y todavía con el cuerpo lleno de suciedad de las manos del capitán, María, entró por la casa de vecinos de la calle Álamos. Todavía estaba temblorosa y a Eduarda no se le pasó por alto su comportamiento ni su cara. Ella solía entrar siempre, aun en lo cansado de su jornada, cantando coplas. Pero ese día cruzó el umbral de la puerta como los que han sido humillados sin piedad y saben perfectamente que la venganza es un lujo que no se podrán costear. Lo único que quedaba era la resignación o la cárcel. La vida o la muerte. Meterse la dignidad por las entrañas u ocupar las colas de racionamiento y estar a expensas de las enfermedades y los vapores con sabor a mostaza que traen consigo la pobreza extrema. Esa que tira los valores elementales de cualquier ser humano por el retrete y te hace que te mires al espejo odiando todos los mundos existentes en el cosmos: el exterior y el interior. Esclavos de su tiempo y de la ira de los hombres que son tiranos, los que saben del mal y se gustan en él.

-María, bajo ningún concepto le cuentes a Sebastián y a Pitt lo que te ha ocurrido en el palacio Eton. Entierra ésto como las madres entierran a sus hijos que no vuelven de las guerras. Como si un mal sueño te hubiese despertado, en el relente de la madrugada, y tras cinco minutos hubieses recobrado con tristeza el sentido de la realidad. La vida, María, y estos tiempos que nos han tocado vivir están diseñado para el sufrimiento y para los hombres. Ningún varón de esta casa conocerá jamás tu historia. Ellos guardan la valentía para estas batallas. Lo llevan grabado en su piel, tras milenios de sangre agolpada en sus venas, y no dudarán en restablecer su honor haciéndote creer que es por el tuyo. Ellos están diseñados para esta venganza y para creer que, en su subconsciente más profundo, tú eres la culpable de esta situación. Aunque te lo negarán, asimilando que pueden controlar sus pensamientos frente a sus emociones pero todo es una mentira.

No sólo han abusado de ti sino de todos, pero para ellos es algo que supera la barrera de lo que un hombre puede llegar a soportar. Se entregarán al vino y a la desesperación de las tardes lentas. Tardes interminables sin descanso y ya nada les saciará hasta que no consumen su venganza. Una venganza racional o llevada por lo que está en su corazón. Son romanos, griegos y moros. Son todo eso y mucho más. Si se lo cuentas a Sebastián se moriría en ese mismo instante. Entra conmigo que te voy a preparar un baño caliente. Y comerás, todo con la barriga llena mejora. Ya verás reina mía, ya verás.

Le dio Eduarda a María una copa de Brandy que calentó entre sus manos como la bruja que era. Sabedora de las recetas ancestrales y de las bilis curativas que tenían las recetas de su abuela, esas que tenía escritas en un cajón. Cogió limón, bicarbonato, canela y pimienta y le hizo tomar de un trago el brebaje. - Bebe María y olvida. Como se olvida la lluvia del cielo de la tierra en verano. Como lo pájaros que abandonan sus nidos y como lo hace el tiempo a través de las eras interminables y los ciclos del sol. Bebe y muere hoy, para volver a resucitar mañana. Bebe y olvida.

Pitt, en ese momento venía junto a Sebastián del tabanco. Su jornada laboral siempre terminaba allí. Adicto al vino joven aunque ya con más moderación por la edad y la próxima paternidad, le era imposible prescindir del liquido salido de la uva Palomino. Entraron por la puerta y miraron a Eduarda.

 - ¿ Y María? ¿ Ha vuelto ya del palacio?

- Está dándose un baño. Pensó pasa sus adentros que se estaba purificando. Los observó filtrando su ingenuidad y desconocimiento. Míralos, se decía. Creen que mandan sobe el mundo. Y sólo la fuerza bruta los ha llevado a estar en la cima de las montañas más endebles. Pero nosotros las mujeres estamos en los valles tranquilos y los suaves ríos de espuma que llevan al mar. Creen mandar, ordenar, poseer, someter y no saben que nosotras llevamos en un frasco la esencia de la vida y todas sus virtudes, los olores del mundo y el sabor de la lluvia. No saben nada y creen saberlo todo.

María salió de la habitación tras haberse lavado el corazón en el barreño de zinc. Levantó la mirada y se dirigió a Peter. Le sonrió y le cogió la carita a Sebastián para darle un beso. Jamás volvió a ser la que era. Quien posee ese tipo de secretos, se desprenden de ellos o le comen las tripas como un gusano de la tierra para el resto de sus días. Se quedaron en silencio. Ellos sin advertir nada y ellas cómplices hasta el día de su muerte. En secreto, Eduarda, juró por la Virgen del Carmen que no descansaría hasta dar muerte a Richard Eton con sus propias manos.

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