Una copa de brandy.
Una copa de brandy.

Terminaron de cenar tomando de postre un tocino de cielo. Margarita tenía ganas de repetir pero doña Elvira era opuesta a cualquier exceso tanto en las cuestiones que atañen a la moral y lo filosófico como en el más mínimo detalle gastronómico. Estoica y de carácter espartano nunca se excedía en nada y consideraba la frugalidad y la austeridad como virtudes a ensalzar. Sólo el arte escultórico le conmovía. Dejó esa carga genética a Jaime e intentaba mediante clases magistrales que Margarita algún día se dedicara a seguir su legado y mecenazgo. Evidentemente sin no antes cumplir con su obligación de esposa sumisa.

Tras haber dejado de ser impúber la pequeña infanta, así la llamada su padre, ya estaba sintiendo un hormonal interés por los jóvenes. Y eran muchos los que rondaban las caballerizas y los almacenes con sus cuerpos torneados y morenos. Herencia almohade y por lo tanto moruna que hace a los hombres del sur parecer gladiadores en la arena. Pelos rizados y bocas carnosas que ya interesaban a doña Margarita.

El capitán terminó la cena con un Brandy, eligiendo el mejor del mundo, él era su dueño, y el señorito Jaime optó por el vino dulce y se recreó en un Pedro Ximenez que lagrimeaba el catavino como si de pura miel se tratara. Richard sacó un cigarrillo de su pitillera y ofreció otro a su hijo.

—Toma, fuma, te hará bien, te veo un poco nervioso. Mañana saldremos a las 8 de la mañana para Sevilla y aunque no es tarde, tendrás que hacer cosas y preparar algo de equipaje. Tu madre y esta manía de cenar a una hora continental. Parece más inglesa que yo. Doña Elvira y Margarita ya se habían retirado a sus alcobas. Has sido tú. ¿Verdad?

—¿Cómo? La pregunta le entró por el costado como si fuera un estilete afilado.

—No titubees y levanta la barbilla, eres un Eton, aunque a veces me cueste reconocerte. ¿Qué necesidad tenías de hacerlo? Y sobre todas las piezas del palacio eliges a la que a tu madre le resulta imprescindible. ¡He dicho que fumes! Y toma una copa de Brandy y deja ese vino de mujeres, carajo, si por mi fuera no plantaría esa uva en mi querida tierra albariza. Me has decepcionado Jaime, y espero que nos ahorres viajar a Sevilla y me digas ahora mismo dónde está la virgen. ¡Contesta!

La cara del señorito era de color mortecino y verde, el cansancio acumulado a causa del estrés y los nervios de la partida y por verse obligado a confesar le hacía padecer mareos y hasta nauseas. Pero definitivamente sabía que no podía mentirle a su padre y que éste sería el único que podía mediar ante él para que el castigo y las consecuencia sobre su economía y la reputación no fueran desorbitadas. De pronto empezó a llorar y a temblar y el capitán sin mediar palabra le soltó una bofetada sonora con la palma de la mano derecha en el rostro.

—Te he dicho que te comportes como un hombre. Ya no hay nada que hacer y sólo se me ocurren dos cosas para remediar todo esto: lo primero es que me digas dónde está la pieza y lo segundo es aplicar una solución que tú sin saberlo ya me has proporcionado. Mataré dos pájaros de un tiro. Por un lado lavaré tu nombre y el de mi sangre ante tu madre y por otro buscaré un culpable que pague con tus culpas. Y te ordeno que seas cómplice conmigo en ésto. Bernarda Ventura me odia y como ya sabes está enamorada de tu madre. El señorito Jaime puso cara de sorpresa ante aquella información.

Sí, no te hagas el tonto, porque hay que serlo y mucho para no darse cuenta como la mira y como la desea entre esos paseos nocturnos de rezos, donde vaga como un alma en pena dejando el rastro de la muerte por las paredes. Ella es la única que posee en su poder todas las llaves que dan a todas las estancias de mi palacio y es la que nos podrá dar una escusa perfecta para situarla en el altar a la misma hora en que desapareció la Inmaculada.

Por un momento Jaime llegó a aliviarse, pero por otro nunca pensó que su padre sacrificara a la que creía que era parte imprescindible del buque desde su nacimiento. La frialdad y la crueldad con la que su progenitor iba a sacar de sus vidas a Bernarda, mientras el sabor a madera del Brandy llegaba a sus papilas gustativas, sin mostrar el más mínimo atisbo de sentimientos, le asustaba. Pero en tan sólo unos minutos empezaba a entenderlo. Bernarda Ventura estaba desplazando a su padre en muchas de las decisiones que debía tomar en casa y a su modo, despiadado, era su lógica venganza personal hacía ella. Porque sabía que aunque fuera dueño del imperio bodeguero y de la campiña, desde Jerez hasta Sanlúcar de Barrameda, en el palacio mandaba su madre. Y no existía ningún motivo que pudiera ser convincente para que la esclava de su mujer pudiera ser echada de palacio, salvo por delito de sangre o de robo. La ocasión era magnífica y el capitán no iba a desaprovecharla.

—Jaime, mañana te levantarás y en el desayuno le dirás a tu madre que tú no tienes que ver nada con el robo. No debe ver en ti dudas ni titubeos, yo me encargaré de todo. Ahora dime dónde está la virgen. Respirando profundamente con nerviosismo y tomándose un tiempo de reflexión, al cabo de treinta segundos el señorito Jaime dijo: se encuentra entre la paja de los caballos. Está protegida con papel de periódicos y no ha sufrido ningún daño. Mañana iba a enviarla a Sevilla.

—Maldito, ¿ cómo has podido? De nuevo le entraron ganas de darle otra bofetada pero se contuvo. Bien, ahora sólo queda relacionar el robo con Bernarda. Vete a la cama, no hagas ruido. Mañana si Dios quiere, todo estará resuelto. Sólo una cosa te digo, hijo mío, lo cogió con ambas manos a la altura de los hombros, si vuelves a tocar una sola pieza del palacio te desheredo. Lo juro por mi Padre, Arthur Eton. Te lo juro.

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