El reloj de la calle Larga.
El reloj de la calle Larga.

Entre las dos posibilidades que Richard Eton tenía para resolver el suceso acontecido la noche que fue atacado en la calle Justicia, estaban la del silencio o la exposición pública del caso. Era más que evidente que contaba con un poder imperial para llevar el caso a su manera y con el mayor apoyo que ningún otro ciudadano de Jerez, en sus circunstancias, hubiera podido degustar. Pero no las tenía todas consigo. En la jerarquía militar era capitán y no podía arriesgarse a que algún comandante o teniente coronel obsesionado con la profesionalidad en los delitos de sangre hiciera demasiadas preguntas al respecto. Aquella noche no consiguió ver la cara de quien lo acechaba entre la copiosa lluvia de enero. Y tras realizar los tres disparos certeros, huyó como un diablo alado hacia palacio. Evidentemente que la curiosidad formaba parte de la personalidad y el carácter de Richard. Pero la decisión de evitar a toda costa que el mayor empresario bodeguero de España y su marca se vieran envueltas en un lío de sangre lo turbaba en exceso.

Su estancia en casa de Beatriz Luengo, antes de que su Luger se calentara, no le animaba a estar sentado frente a nadie que pudiera abrirle un turno de preguntas: abogados, fiscales, jueces etcétera. Todo eso le era ajeno por su condición de millonario y se había criado en la idea de que todos ellos eran herramientas diseñadas para los ricos si en la cuestión no entraba la moralidad. En un pacto de siglos, los ricos no dan explicaciones a los pobres y los jueces no condenan los delitos de los poderosos, porque sus resoluciones pueden hacer que el escarnio público les pusiera una etiqueta que en los ambientes más selectos eran imposibles de quitar o resolver. Además, si la investigación avanzaba y doña Elvira era señalada como una cornuda lo pagaría bien caro. Y no es que doña Elvira no supiese que el capitán se saciaba con miles de mujeres, pero una cosas era suponer, aun sabiendo la verdad, y de cara a la galería, y otra que la justicia lo proclamara como a un putero al que intentaron asesinar tras venir del burdel de doña Beatriz.

Decidió guardar la esquela del periódico en el cajón. Por supuesto ya sabía el nombre y la dirección de la que quería asesinarlo pero por suerte o por un despiste no relacionó a María ni a Pitt con la dirección ni con sus señas. El asunto, aparcado y sellado, quedaría casi olvidado entre preguntas.¿ Por qué una mujer de avanzada edad quería matarlo? ¿ Estarían los anarquistas detrás de todo aquello? ¿ Seguirían intentando acabar con su vida? Un estado de alerta lo mantenía nervioso pero su sentido de la moralidad le imponía el olvido. En un acto imprudente o productivo, según se viera.

Sebastián, pasados ya seis meses desde la muerte de Eduarda vivía con una hermana en la calle Levante. Cerca de la plaza de las Angustias. Su pena era honda pero se recuperaba como lo hacen las conchas de los caracoles, en el sabor duro y amargo del calcio y con la lentitud sanadora del tiempo. Seguía sin saber por qué o quién llevó a su mujer a abandonar la cama sin que nadie en el patio se diera cuenta y acabar en el barrio de San Mateo muerta con tres balas encendidas en el cuerpo. Eso lo atormentaba, la incapacidad de no encontrar respuestas. No saber nada. Pero la vida empezó a darle fuerzas como también lo hacen las madres que pierden a sus hijos y olvidan el sentido de la esperanza. Volvió a abrir el tabanco y atormentado no volvió a reír jamás hasta que la muerte lo reclamó para presentarlo ante la virgen del Carmen, pasado un tiempo.

La vida en el palacio Eton transcurría entre los que se entregaban a la dolce far niente en un mundo ajeno a otras realidades, saboreando la espesa quietud de la pereza y los que no tenían un descanso bajo el bastón de serpientes enredadas de Bernarda Ventura. Mantícora de la noche, empleaba sus ganas y sus deseos en doña Elvira. Obsesionada por estar siempre a la altura y las órdenes de quien era su ama y amada. Porque la amaba. Durante el día y en la lucidez que da el sol, el aire y las obligaciones era incapaz de dedicarse un solo pensamiento impuro, a conciencia, sobre sus deseos. Pero durante la noche empapaba sus bragas soñando con la silueta de garza real de la aristócrata jerezana, la dueña del palacio. Su confesor don Luis Górriz y un cilicio, que prometió a la Virgen del Traspaso, eran los únicos que conocían sus obsesiones compulsivas. Las consideraba insanas y pecaminosas. Pasaba las noches apretando el artilugio, como si cada nuevo giro de pinchos y el aumento del dolor la salvaran de todo aquello. Cada mañana cuando ayudaba a la cigüeña de piel blanca y violeta a vestirse la olía. Y por eso odiaba todos los olores y perfumes del mundo. Hubiera renunciado a la gloria si Elvira le hubiera dejado olerla siendo consciente de ello. Oler su boca, sus axilas, su pelo, su ombligo, su vello púbico y su sexo. Aspirando hasta encontrar la pócima con que Dios creó el mundo. Con eso se hubiera conformado. Odiaba cualquier olor, hasta el del sol. Como odiaba el perfume a lavanda del capitán y a todos los hombres del mundo en una obsesión científica. Podría oler a doña Elvira hasta en el último planeta del universo pero sin que éste fuera elíptico, sino en una linea infinita que avanza con las eras del tiempo. Odiaba a todos los varones porque creía que todos y cada uno de ellos, desde las islas del pacífico hasta Jerez, tenían más posibilidades que ella frente a su ama. Por eso era una araña, fabricando estricnina y planeando su tela. Envenenando la tierra que pisaba y los mares que se llenan con sus bilis, como los peces que se hinchan en el Caribe.

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