Sala de juntas del palacio Pemartín. FOTO: PACO URRI.
Sala de juntas del palacio Pemartín. FOTO: PACO URRI.

El lunes llegó tras un domingo melancólico. La noticia de que tenía que abandonar su tabanco, el de Sebastián, para empezar a servir como criada en el palacio del capitán Eton le cayó como un rayo. Estaba regular con el embarazo, las nauseas y la ausencia de hambre le minaban el espíritu. Salvo para tomar leche migada, le dio por ahí. Estaba convirtiendo su rutina culinaria en un vicio más que en un acto nutritivo. Se levantó temprano porque el camino hacia el palacio no era un paseo. Ubicado en pleno centro de Jerez, cerca de la Iglesia de san Juan de los Caballeros, estaba diseñado con la precisión práctica de los arquitectos romanos y las comodidades árabes, en su relación con la luz y el agua. Todo eso estaba fundido con una magistral decoración basada en el arte sacro y un regusto por el barroco en las estancias. Sin que nada desentonara. La capilla era espectacular, en ella se encontraba un pequeño retablo de José de Arce y lo presidía una Inmaculada Concepción de colores azulados digna del museo personal del Papa en el Vaticano. Se entraba por un portón grande en cuya puerta y encima de ésta, engalanado con un blasón, se mostraba imponente un antiguo escudo medieval con una corona, un dragón con una lanza roja en un campo verde, dos estrellas y un puente. Al entrar, el sonido del agua daba una paz digna de un palacio persa y el patio estaba preparado de forma cuadricular. Con estancias en la planta baja y otras en las superiores con barandales de hierro de forja. La limpieza hacía que el suelo crujiera y los numerosos retratos de familiares y antiguos nobles daban un aspecto imperial y vetusto. Plantas andaluzas. Geranios, claveles, calibrachoas y surfinas daban un toque de color perfecto. El romero aromatizaba el patio, con una fuente en medio, y el verde de una hiedra revestía la entrada de otro patio que daba a las caballerizas y a las cocinas. Contaba la casa con habitaciones para invitados con sábanas blancas de Holanda. Con sus encajes y armarios para que cualquier doncella o ayudante vistiera a un Duque con la misma dignidad y precisión con que se hace en un castillo de la campiña británica. El mármol brillaba con sus vetas moradas y los tonos azules del techo, en forma de fresco, repasaban algunos pasajes bíblicos. Ésto fue un capricho y un encargo personal del Capitán, que hizo venir de Italia a un pintor afamado para que replicara alguna escena de la Capilla Sixtina. La riqueza, el orden y la prosperidad. Eso era el palacio Eton. Nada sobraba en su exceso ni nada faltaba por dejadez, o el responsable de ello lo iba a pagar muy caro. En el palacio vivía toda la familia. La mujer de Eton era la Marquesa de la Cartuja, doña Elvira, y hacía tiempo que su matrimonio era un absoluto formalismo y un fracaso menos en lo social. Pero la habían criado para eso, para la aceptación absoluta de soportar a alguien que con dinero la compraría y desposaría por su apellido y por su título, aportando capital a cambio de dejarla relegada a ser un jarrón de porcelana china para adquirir su título. No era muy bella la marquesa sin llegar a ser fea. Doña Elvira carecía de jugos en su cuerpo, parecía casi albina y era demasiado alta. Si bien compensaba todo aquello con las formas en el hablar y en la manera de levantar su barbilla. Su innata crueldad daba morbo a los hombres y poseía unos turgentes pechos que parecían recien esculpidos. Su primer hijo varón, Ricardo, que estudiaba para notario en Sevilla y que dilapidaba fortunas, mientras estudiaba, por ser un gran aficionado a las mujeres, sabía con la facilidad que se convertiría en un personaje de la alta sociedad. Formaba parte de la élite que ya, sin ocultarlo, se alimentaba para que de forma directa, heredando, garantizaba que los privilegios no se esfumasen a otras manos. Quizás más aptas pero que no formaban parte del círculo hermético de la sociedad de propietarios. La infanta Margarita y el señorito don Jaime eran quienes completaban el acaudalado daguerrotipo familiar. Éste último muy aficionado a la religión y sabedor de su papel secundario parecía tener todas la papeletas para llegar a cardenal cuando la edad y el tino pudieran convertirlo en una eminencia. Y la abuela Isabel, nombre de reina, Mamá Isabel la llamaban. Algo que nunca pudo soportar nunca doña Elvira, pero que por ser una tradición casi ancestral de los Eton era imposible de solucionar a su favor.

María llegó a las ocho de la mañana a las puertas del palacio y allí preguntó a un cochero dónde podría hablar con la gobernanta de la casa. El hombre, con unas formas muy correctas le indicó que su puerta no era esa y que tenía que abandonar la calle para poder entrar por la de atrás. Siguió sus instrucciones y encontró la puerta de la cocina con sus almacenes repletos. El domingo hubo cacería, se notaba perfectamente por el ajetreo, los olores férricos y las piezas cobradas que yacían sin vida y con los ojos vueltos en el patio, a la espera de ser desplumadas o desolladas. De repente como de entre las sombras, salió una mujer vestida de negro con un delantal blanco impoluto. - Eres María, ¿ verdad?. La de Arcos le asintió con la barbilla y sus párpados aterrorizada, no era persona de cambios y la zona de confort del tabanco la reconfortaba por dominar todas las situaciones posibles ante el vino y los hombres.

—Pasa, ponte ese delantal y acompáñame. Se sintió observada por los innumerables trabajadores del palacio. La cocina era enorme como enorme eran las horas de trabajo y sacrificio en ella. Bernarda Ventura, la gobernanta de la casa iba a presentarla y a decirle cuales eran ya sin remedio algunas sus obligaciones.

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