La imponente bodega catedral de Barbadillo. FOTO: MANU GARCÍA.
La imponente bodega catedral de Barbadillo. FOTO: MANU GARCÍA.

La boda y su desenlace cogieron a los novios en un estado de sorpresa aunque también Pitt había, anteriormente, sopesado todas y cada una de las posibilidades. Hacía tan sólo dos días que los fascistas habían decidido dar el golpe de estado y Franco, empezando desde Canarias y después ya en Marruecos con la ayuda del combustible norteamericano y de la Alemania nazi, preparaba el desembarco en la península.

La provincia de Cádiz fue unas de las primeras afectadas, por su cercanía al continente africano, en recibir esa atrocidad en contra de la democracia. El espejismo de las libertades, la libertad de reunión, un país laico y el sindicalismo iba a ser borrado de un plumazo por requetés, falangistas y una parte del ejercito sublevada para favorecer e instaurar, de nuevo, el atraso, la barbarie y el fanatismo católico.

 Estando ya en la cárcel, en una celda de no más de unos pocos metros cuadrados, Pitt estaba a la espera de que lo portaran en un camión para darle el paseo. Las carreteras de Sanlúcar, Trebujena, las tapias de los cementerios y del estadio de fútbol ya estaban plagadas de tiros y de cadáveres. Asesinados por el simple hecho de ser republicanos, sindicalistas o haber tenido alguna relación con alguna asamblea donde se reclamasen derechos fundamentales para el ser humano.

El infame comandante militar Salvador Arizón Mejías ordenó el acuartelamiento de soldados llegando a la cifra más alta en los cortijos de Vicos y Garrapilos. Verdaderos centros de exterminios, a manos de militares, en contra de intelectuales y trabajadores. Las numerosas arengas por la radio con la consigna de mantener el orden y de hacer fuego sin reparar en nada ni en nadie, instauraron el terror en menos de veinticuatro horas en Jerez. Los camiones estaban repletos y las celdas a rebosar y en una de ellas Pitt no sabía si el próximo en ser fusilado iba a ser él.

Se preguntaba mil veces quien podría haber filtrado su participación en las asambleas anarquistas de la CNT. Pero eso era lo de menos, tenía que pensar con frialdad cómo iba a salir de esa situación. Con la cabeza puesta en que no había ni consumado su matrimonio con María. Advirtió que el único contacto con el exterior era ella.

Solían dar, no a todos, a algún preso, un rato para que pudieran recibir tabaco. Y en las pocas ocasiones que pudo, desde el subterfugio, consiguió apuntar en un trozo de tela una dirección y unas palabras en forma de telegrama, muy conciso, para entregárselo a María con unas instrucciones muy precisas. Todas las mañanas hacinados como cerdos en una pocilga oían como desde un altavoz nombraban a un compañero de celda para comunicarle que era el próximo en ser asesinado y en muchos casos ni avisaban.

La incertidumbre por saber si él era el próximo lo estaba volviendo loco. El poco tiempo que llevaba en la celda ya le valió para confraternizar con otros presos que tenían sus inquietudes e ideales, y verlos desfilar por la mañana hacia la muerte no era plato de buen gusto. El más cuerdo sucumbía ante el miedo y a la locura, ante la duda de no saber si sus huesos iban a estar a la mañana siguiente en una fosa donde el paso del tiempo iba a dejarlo sin memoria ni dignidad.

—¡Peter Walcot! Por el altavoz lo nombraron. No era por la mañana pero aquel sonido olía siempre a muerte. Un sargento lo sacó de la celda para decirle que teñía diez minutos de visita. Allí estaba María con la cara descompuesta. Los hechos le habían echado diez años encima. Cuando el militar la llevó delante de Pitt, ella se echó efusivamente a sus brazos. En ese momento él aprovechó para meterle en el bolsillo del vestido el trozo de tela que había guardado. María le entregó el tabaco a través de  el infame perro guardián de verde que la custodiaba y no le permitieron más contacto físico. El tiempo pasó rápido, y él le guiñó un ojo señalando el bolsillo. Ella al principio no comprendió bien la jugada pero en seguida advirtió que algo le había sido entregado. Se despidieron entre llantos y lamentaciones sin poder tocarse más. Ella parecía encorvada y había perdido mucho peso en tan sólo unos días. Salió de allí sin saber si iba a ver de nuevo con vida a su marido, su inglés de su corazón. La incertidumbre y la falta de esperanzas y de consuelo la turbaban. En la puerta la esperaban Sebastián y Eduarda y rápidamente la agarraron para que ésta no cayera, de nuevo, en redondo. Y de pronto se acordó, y se llevó la mano al bolsillo. Palpó el trozo de tela pero no lo sacó. Aguardaría a estar a solas para hacerlo, ya segura, en la calla Álamos. Ya a salvo y en la alcoba sacó y comprobó que había un texto escrito en la tela donde ponía:

“A la atención del Excelentísimo embajador de Inglaterra. Soy Peter Walcot. Jerez de la Fra. Preso político. Ciudadano británico. Bodegas Eton and Sherry. Golpe de estado. Me van a fusilar. Urgente. Imploro justicia”.

Por el revés de la tela indicaba que debía ser entregarlo a Lisandro Antúnez. Administrativo de la bodega. “Corre María, corre. Mi vida está en tus manos”.

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