Así empezó La Granja.
Así empezó La Granja.

La barriada más periférica de mi ciudad, la mía, estaba llena de gente de la sierra y de pueblos de la campiña que fueron acogidos como trabajadores, para dar lo mejor de ellos, en las bodegas y en las industrias que dependían de la uva y su vino. Llegados desde todos los pueblos de la serranía ocupaban las colmenas de ladrillos amarillos dispuestas para su ocupación. De sobra se sabe que los estereotipos y tópicos están para desmontarlos tras un juicio científico y una reflexión sosegada pero aun así, la inevitable curiosidad que surge tras la repetición de las costumbres y los rasgos de las personas que te rodean hacen que, en mi barriada, supiéramos a quién lo había criado una serrana o una mujer del centro de jerez o incluso alguien de la bahía. Estos últimos menos habituales o casi inexistentes.

Un rasgo incuestionable de aquellas madres emigradas era el orden y la limpieza, el sentido exagerado del ahorro y la necesidad por rellenar la despensa y los congeladores. No digo que las jerezanas estuvieran ajenas a estas prácticas pero siempre les intuía otra anarquía dada porque en la ciudad acaparar era menos complicado durante su niñez. Aunque siempre me he preguntado, para desmontar mi teoría, que por aquí había menos acceso directo a la caza, el huerto y lo que las bestias proporcionaban. Pero luego caía en la cuenta, tras algún testimonio serrano, que en la niñez de los años cincuenta ser propietario de los bienes que se lleva uno a la boca era algo casi imposible para aquellos que aun viendo las viandas y a los cuadrúpedos en los cortijos y fincas en que trabajaban no tenían tanto acceso a ellas.

La pobreza es implacable, y aunque se sale de ella y en los años setenta hubo ya más oportunidades industriales para que se ocuparan puestos en las fábricas, los resultados de ésta en el ADN son fatales y se transmiten. Se podían dar dos casos: la obsesión por guardar o el derroche, pero quien viene de la sierra nunca derrocha, lo tengo comprobado. Y eso se notaba en mis amigos.

Otro caso curiosos eran mis amigos gitanos. Cuyas madres eran de Santiago y San Miguel, obsesionadas por el aspecto oriental y moreno de sus hijos, sabedoras de que serían la diana de las burlas y de la falta de oportunidades para la integración estaban acomplejadas con la ropa. Curiosamente como muchas madres de Jerez pero las flamencas por la necesaria integración de sus hijos. El pasado cortijero y de adoración al amo les hacía tener en la mente la imperante necesidad de copiar las formas británicas que habían heredado sus amos de los ingleses para encajar en la élite.

Vestir como un Domecq y caminar con un calzado como el del dueño de González Byass un viernes santo era llegar al éxtasis. Sin embargo las torpes intentonas serranas se delataban solas, ante la antropológica rutina de no haber dedicado durante siglos a la estética ni un solo momento. Ellos vestían como comen los convalecientes que lo hacen sin ganas, no para sentir placer sino para alimentarse. Dando prioridad al hato y la pelliza, la gorra, el calzado cómodo, a lo que abriga y tapa del sol ante la inútil y futil idea de adornarse con algo innecesario.

Evidentemente esto a grandes rasgos, como ya mencioné antes, no deja de ser una generalidad sacada de un obsoleto manual de frenología victoriano o germánico, que mal interpretado nos delataría como un clasista que cree que por haberse criado en una anarquía ante las viandas y un estética más obsesionada por aparentar pero que sale con menos esfuerzo, desprecia al resto de sus vecinos. La cosa es que en mi barrio, a algunos kilómetros de la ciudad, todavía los que son de nativitate de Jerez se sienten acorralados, y los hombres de Jerez miran con un estúpido recelo a las conversaciones agrícolas que tienen entre ellos los exiliados de las tunas, higueras y chumberas; de los alcornocales y los quejigos. De la ausencia de industria del vino, de la falta de un ocio más de vanguardias y del poco disfrute de la urbanidad de las avenidas y las grandes plazas o tumultuosas ferias y grandes acontecimientos.

Todos estos pensamientos me seducían en la niñez, evidentemente no solía compartirlos con nadie, pero siempre rondaban mi cabeza o en la conversaciones más íntimas de quienes nos reconocíamos entre nosotros en una especie de inútil superioridad moral, lo soltábamos. Lo curioso del tema es que también advertía un mayor triunfo en los estudios en aquellos niños hijos de obedientes ahorradores serranos que de los supuestos ciudadanos de la ciudad que se suponían más en el mundo, en mi barriada. Que total falta de miras y que apego a los tópicos, que pueblo el de Jerez que educando a sus hijos en un elitismo, aun sin querer, como tocar las palmas por bulerías, que aquí sale solo, se topaban con la realidad. Pero eso se comprueba tarde o cuando uno es honrado, cuando la vida te pone en tu sitio y selecciona a los mejores y diseña quienes serán los jefes y los empleados.

El amor y el odio por mi ciudad y mi barriada eran y lo son a partes iguales. Como el regocijo en esa superioridad y la inevitable y razonada conclusión de que todo era un espejismo de idiotas. Y sobre todo consecuencia de la pobreza mental y la alienación. Una pobreza venida de lo decimonónico que toma mil caras distintas, según sus necesidades. Que lleva a los hombres a ser mezquinos por ser extremadamente prácticos o exageradamente superfluos con lo importante. Pero sin duda cuando uno flaquea, toma vino y se pone una camisa de nuevo tropieza en la misma piedra. Y la transmisión oral se dará.  Ya, a lo mejor no desde discursos que vengan de una creencia, sino en forma de chistes y anécdotas. Señores el que es de Jerez, nacido en la década de los cincuenta se le nota. Jerez, pueblo metido en ciudad, de barbilla alta, que avasalla y el de las flemas británicas se ha dado con la realidad de que tras el desmantelamiento de su industria ya no vale con sacar las patillas a pasear. Ni la risa condescendiente de medio lado. Todo tiene fecha de caducidad. Por suerte.

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