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Termina la Semana Santa y sí, cada vez la veo más repetitiva y barroca, y no me refiero a su estilo más recurrido en lo artístico. Me es imposible no sentirme mal, encontrando mil contradicciones con lo que siento cuando se acercan estas fechas. Porque sé quienes están detrás de ella y lo que pretenden. Si de verdad reparo seriamente en lo que éstos han querido hacer con el pueblo durante siglos no saldría de casa para verla. Pero esta semana, en plan cínico, me hago un poco el tonto. Porque no puedo dejar de sentirla. Y claro, cuando lo emocional te atrapa estás perdido.

¿Cómo no voy a acordarme cuando con doce años íbamos a la ferretería del barrio a comprar puntillas para hacer un paso con un palet que tomábamos prestado de aquel Eco Jerez, que nos cogía a la vuelta de la esquina, en un mundo lleno de posibilidades? De aquellos Viernes Santos donde la pobre de mi madre, en un ritual machista, nos ponía a todos más planchados que a los hijos de un conde, para tirar hacía el Cerro Fuerte y ver al Cristo. Recuerdo a mi padre oliendo a tabaco y a Atkinson. A mis hermanos nerviosos y yo pensando cómo se le movería la melena por el viento al rey del campillo por la calle Corredera entre las palmeras.

La Semana Santa me ha vuelto selectivo y sin ser un entendido en arte, a veces, ya la administro por pellizcos. Y que verdad es que a uno le tira lo que le tira. La crianza de mis padres en San Miguel me hace que quiera ver a Las Angustias por Molineros, al Santo Crucifijo salir o verle la carita por la mañana a la Esperanza de la Yedra. Sin descartar a nadie, como a la virgen de la Amargura de la que, por mi madre, estoy enamorado; a Jesús Nazareno, al que mi abuela acompañó durante más de cuarenta años; o al Soberano Poder y La Pasión, que tienen ya un vinculo con La Granja muy importante. Lo que se adquiere y se aprende en la niñez se queda para toda la vida. Aquí pasa como decía Eduardo Galeano sobre los gustos, que uno cambia en la vida sobre cualquier cosa, menos de equipo de fútbol. Pues yo añadiría también, con osadía, que también pasa con las cofradías.

Recuerdo un magnífico artículo de Pedro Grimaldi donde hablaba también de ese punto erótico del asunto. Y llevaba toda la razón. De vuelta, en las recogidas, ya tarde, y acompañando a mi novia, la que ahora es mi compañera, antes de tirar para mi barrio, me paraba en el parque del Retiro a robarle algunos besos y apretones. Me volvía para casa por la carretera de Arcos, como un legionario y con un berrinche de cuidado, pero con olor a incienso, fíjense que cosas... La Semana Santa me trae el olor del arroz con leche, el potaje de bacalao de mi abuela, el calor del sol de la primavera y esas discusiones que teníamos por la mañana, los amigos en la plazoleta, sobre cuál era la mejor hermandad...

Recaudando y vendiendo papeletas para sacar un Cristo por el barrio. Donde el dinero se lo quedaba siempre el más listo, a alguno aún nos debe pasta el muy pillo... Me es imposible obviarla y no recordar aquellas satisfacciones. Y me gusta hasta arreglarme con regustos de naftalina en plan carca. Y recordar frases que me decía mi padre sobre el afeitado o un calzado limpio, que siempre marcarían las diferencias en esas tardes de azahar.

Mi abuelo estuvo preso durante el franquismo a lo largo de catorce años, muchos de ellos condenado a muerte por gente que luego utilizó la religión de manera cruel y fascista, y aun así el Viernes Santo se tomaba tres o cuatro medias botellas y se ponía un traje… No sé si busco justificaciones o simplemente deleitarme. Seguramente en la combinación de ambas cosas seguiré disfrutando de algo que sólo se da de esta manera tan extraña y bonita por estas tierras...

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