El gen egoísta

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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Lo primero que me vino a la cabeza al estallar el escándalo Volkswagen fue un nombre: Enron.

Lo primero que me vino a la cabeza al estallar el escándalo Volkswagen fue un nombre: Enron. El escándalo por la bancarrota de Enron estalló en noviembre de 2001. Hasta entonces había sido una estrella rutilante en el firmamento del capitalismo americano. Dedicada en sus orígenes a la administración de gasoductos, creció hasta convertirse ella misma en una suerte de mercado de futuros y derivados de la energía. Gracias a la aplicación autorizada de un más que discutible principio de valoración contable, su valor en bolsa fue creciendo sin parar a costa de operaciones con sus propias filiales. Esto le hizo acumular pérdidas millonarias. Cuando se descubrió públicamente el pastel, sus acciones empezaron a caer en picado. Para entonces, sus altos ejecutivos ya se habían desprendido de las suyas.

Las diferencias entre ambos escándalos son muchas. La similitud más importante es la magnitud de estas empresas (Enron llegó a ser la séptima empresa más grande de Estados Unidos). Es decir, se trata de entes empresariales sistémicos. Por lo que antes de su liquidación, habría que hacerse unas cuantas preguntas. ¿Cuánto supondría para el PIB de la Unión Europea la liquidación de Volkswagen? ¿Cuántos empleos se perderían con el cierre de sus plantas incluida la de SEAT en Martorell? Sin duda estamos de nuevo ante un nuevo episodio donde aplicar el principio “Demasiado grande para dejarlo caer”. Algo parecido a lo que ocurrió con la reciente crisis bancaria. Recuérdese Bankia,  Catalunya Caixa,  Nova Caixa Galicia o el Banco de Valencia.

Sobre el caso Enron  el cineasta Alex Gibney realizó en 2005 un excelente documental titulado Enron, los tipos que estafaron a América, basado en el libro The Smartest Guys in the Room (Los tipos más listos en la sala). En el filme se explican las raíces del engaño y su posterior desarrollo, y se retrata psicológicamente a los dos principales ejecutivos de la firma. En el caso del presidente y CEO Jeffrey Skilling, me sorprendió que entre sus lecturas favoritas estuviera el libro de Richard Dawkins “El gen egoísta”. Dawkins sostiene que cada gen de cada individuo posee un rasgo egoísta que hace que luchemos por nuestra propia supervivencia. La competencia entre individuos forma parte de nuestra “programación biológica”. Aunque los individuos nacen siendo egoístas, según Dawkins, a través de su educación, pueden aprender a ser generosos y a practicar el altruismo.

Se quedaron con la idea de que la codicia es buena porque ayuda a mover el mundo, prescindiendo de los aspectos más sociables de la naturaleza humana

En el caso de Skilling y de los otros ejecutivos de Enron, como los de las entidades financieras antes citadas, y ahora los de Volkswagen, se ve que no tuvieron la oportunidad de ser educados en los valores que les hubiera impedido lucrarse a costa de los demás. Se quedaron con la idea de que la codicia es buena porque ayuda a mover el mundo, prescindiendo de los aspectos más sociables de la naturaleza humana.

La pregunta que queda flotando en el aire es cuántas Enron, Volkswagen o Bankia más nos vamos a encontrar en el futuro inmediato. La confianza como ciudadanos, no ya en nuestro sistema económico, sino en nuestras instituciones públicas y privadas ha ido sufriendo en los últimos años golpe tras golpe. La confianza cuesta ganársela, pero se pierde en un momento. Y ya llevamos varios años perdiéndola a raudales. Uno se pregunta, ¿dónde estaban mientras tanto los organismos encargados de velar por el cumplimiento de las normas medioambientales, de protección del consumidor o de la libre competencia? Menos mal que hay quien se preocupa de comprobar la veracidad de los folletos de los productos que nos venden en universidades (como ha sido este caso) o en el garaje de su casa, sin ir más lejos.

En definitiva, entre los casos que conocemos, los que no conocemos pero sospechamos de ellos, y aquellos de los cuales no tenemos la más mínima sospecha, ¿qué nos queda? ¿Qué será lo siguiente con lo que desayunemos una mañana diciéndonos: “vaya, ya se ha colado otra vez el gen egoísta”?

Juan Antonio Cabello Torres es Licenciado en Ciencias Empresariales.

 

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