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Pocas cosas hay más tristes que ver arder un bosque animado. Y digo arder pero podría decir ver cómo se quiebra tanta espina de animal bajo la llama, cómo se desintegran tantos años de sombra y cobijo en pocos minutos de infierno, cómo se borra de la faz de la tierra el olor de plantas que jamás sabremos sus nombres y se aniquilan a personas que entregan su vida en defensa de nuestros futuros.

Será por la materia de olvido que tiene el fuego que en la mayoría de los casos sólo acertamos a contemplar —ligeramente aturdidos— los rescoldos del desastre como si tuviéramos sobre nuestras cabezas un océano negro —muy quieto— que tememos despertar; será por su carácter ancestral que no nos sorprende que en ocasiones —en malditos y estudiados días de levante y después de sobrevolar durante horas paisajes enteros arrasados— aterrice ceniza de pinos sobre el capó de nuestros impolutos coches; será por la caduca materia del hombre que en muchas ocasiones el fuego es sólo un dato más en el televisor y en nuestras vidas, otros ochenta campos de fútbol arrasados, otro infierno más de los que nos muestran a diario pero sin rezos ni lamentos ya que los árboles todavía no han aprendido a rezar y menos a quejarse.

Pero en un incendio no solamente hay árboles que desaparecen, animales que se extinguen o pérdidas humanas que traen más perdidas humanas... De hecho, si le diéramos tregua al bosque se apoderaría de nosotros pacíficamente, si no enjauláramos los animales se reproducirían por millones y el ser humano —aquel que se gane llamarse ser humano— seguiría buscándome las mañas para sobrevivir en esta barbarie que llamamos civilización. Sería, a los pocos años, como si nada hubiera sucedido.

Pero esto era lo que pensábamos hasta hace nada. Creíamos que un incendio era sólo un desastre que el tiempo arreglaría y que la madre naturaleza lo había provocado a modo de ofrenda. Ya no. Ahora tenemos todas las certezas de que un incendio no es sólo muerte y espanto sino que forma parte del plan de los ricos para apoderarse de la riqueza que un Dios cualquiera nos entregó, la estrategia de aquellos que dicen jamás pero que persiguen el siempre para él y los de su calaña. Ya sabemos que los incendios alimentan con cenizas a los pobres y con terrenos a los diplomados. Que un incendio es el infierno de todos y el Edén de unos pocos diablos.

Ahora lo sabemos todo pero seguimos sin hacer nada. Como rendidos y estúpidamente consolados con esa verdad original que anuncia que el fuego, tarde o temprano, se consumirá a sí mismo. Lo que nadie quiere saber es que sólo lo hará cuando haya acabado con cada uno de nosotros muy lentamente.

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