Susana Díaz junto con los cuatro ex presidentes de la Junta de Andalucía. FOTO: JUNTA DE ANDALUCÍA.
Susana Díaz junto con los cuatro ex presidentes de la Junta de Andalucía. FOTO: JUNTA DE ANDALUCÍA.

La estabilidad es la cualidad de estable, y se dice que es estable aquello que se mantiene sin peligro de cambiar, caer o desaparecer. También es estable lo que permanece en un lugar durante mucho tiempo, y lo que mantiene o recupera el equilibrio.

No cabe ejemplo más ilustrativo de estas definiciones que el PSOE andaluz. Una maquinaria gigantesca que apuesta su perdurabilidad al control de las instituciones, y que ha permanecido en el poder durante diez legislaturas consecutivas gracias a una calculada combinación de propaganda, apropiación de símbolos comunes y consolidación de una red clientelar que amortigua la pulsión social.

La cúpula del partido confía en una nueva victoria porque cree que una vez más los votos de la clase trabajadora, a la que previamente ha repetido mil veces que sin un gobierno del PSOE sus condiciones de vida y trabajo serían aún peores, le servirán para mantenerse en el poder. Y mantenerse en el poder es fundamental, porque sin la influencia social e institucional que ejerce desde el gobierno, el combustible que alimenta los engranajes de su máquina se acabaría. 

La vinculación emocional a un proyecto político ha mutado en lealtades personales en los últimos años, y para su militancia más joven, el partido ha desplegado un catálogo de oportunidades muy tentadoras. Así que mayores y jóvenes han convenido que el culto a Susana Díaz es un precio muy pequeño a pagar comparado con las ventajas personales que garantiza.

Sin embargo, una cúpula acomodada y un relevo generacional pragmático puede por primera vez quedarse corto. La máquina, como todas, padece obsolescencia, y aunque no estuviera en este caso programada, el final de su vida útil se acerca, o podría hacerlo. El escandaloso gasto en publicidad institucional o la permanente apelación a “el PSOE o el bloqueo”, ya no son suficientes. No bastan para impedir que la gente se ponga a pensar y a sacar conclusiones.

El bloqueo del que saben los padres y madres es el del PSOE impidiendo que una ley resolviera el frío y el calor que hace en los colegios. Mi vecina, que lleva un año esperando que la vean en traumatología para que le pongan una prótesis en la cadera, entiende del bloqueo de las listas de espera que el PSOE provoca. El pequeño comercio que mantiene vivas muy a duras penas nuestras calles, ve a la plana mayor del gobierno cortando cintas de grandes superficies que vienen a ponerles la puntilla, y se enfadan, porque saben bien del bloqueo de los pagos de las ayudas a las pequeñas empresas y autónomos.

A la gente le puede dar por pensar que a lo mejor esta estabilidad no va con ella. Que el bloqueo al que conducen unas urnas si no gana el PSOE pues igual tampoco. Y que el recambio para que todo siga igual de “estable” y “desbloqueado” para los mismos no es alternativa. Personas bloqueadas por el paro, por la subida del alquiler, por la factura de la luz, por la espera de un diagnóstico que no llega… oyendo hablar de lo mal que se van a poner las cosas si cambian.  

Y ahí va, cada cual con su bloqueo y su inestabilidad a cuestas, mirando a su alrededor con una explosiva mezcla de perplejidad, enfado y preocupación en la cabeza, pensando qué hacer el 2 de diciembre. Pensando si mandar al contenedor del reciclaje las papeletas del PSOE y de paso, también las del sentido común y las banderitas tapavergüenzas. Porque puestos a bloquear, les puede dar pon pensar en hacerlo a lo grande. 

Ahí van, pensando si a lo mejor, votando al verso suelto en el que rima estabilidad con prosperidad para el pueblo, patrimonio común con derechos y gobierno con decencia, se podría salir adelante en Andalucía. 

Y luego hay quien dice que los otoños son aburridos…

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