Hombres pensando, en una imagen de archivo.
Hombres pensando, en una imagen de archivo.

Somos como nos educan, y a los hombres lo hacen de una manera determinada e interesada. Crean en nosotros una cultura que nos hace creer que el mundo es como lo entendemos, y que está es la concepción correcta. 

Todo seguiría igual de no ser por las mujeres, su lucha, el feminismo, y lo que ello está significando para nosotros. 

Las primeras mujeres, las de la primera ola, a mediados del siglo XVIII, nos enseñaron a cuestionar los privilegios masculinos afirmando que no son una cuestión biológica ni natural. 

Las de la segunda ola, ya en el siglo XX, que su derecho a la educación superior, a no aceptar la obligatoriedad del matrimonio, y al sufragio universal en condiciones de igualdad con el hombre, eran cuestiones innegables.

Con la tercera nos dijeron que ellas eran las titulares de sus cuerpos y por tanto de la natalidad, y que el placer sexual no está vinculado a la reproducción, el derecho al divorcio, y la ruptura del mito del "amor para toda la vida".

La cuarta ola, el fin de los privilegios de género, la lucha pacífica contra la violencia que sufren las mujeres en todos los ámbitos de la vida, colocando en el espacio público, violencias y discriminaciones que se ocultaban bajo el paraguas de lo doméstico. Su lema “Lo personal es político”, revolucionó todos los esquemas y estructuras del patriarcado.

Un nuevo concepto, la sororidad, que nos señala la importancia de la solidaridad entre las mujeres, la lucha contra los roles y estereotipos, y la necesidad de normalizar la interrupción legal del embarazo. El feminismo descolonial que nos habla del predominio de la raza blanca como modelo de éxito social, el feminismo gordo que denuncia la delgadez impuesta por la industria de la moda, o el ecofeminismo que responsabiliza al capitalismo y al patriarcado de la degradación y explotación del medio ambiente.

El 8 de marzo irrumpe en nuestras vidas como un huracán de ilusión y cambio, para exigir un mundo igualitario, y el fin de las violencias machistas, y feminicidios. Un movimiento que nos demuestra que aglutinar las luchas en las que el capitalismo nos divide, instala y acomoda, es aconsejable y posible.

El feminismo nos enseña que no hemos nacido para proteger, que podemos y debemos llorar, que no tenemos por qué ser competitivos, ni agresivos, que es humano y bueno tener miedo, ser tímido, y vulnerable, que ocuparnos de la casa y ser delicados no es ser menos hombre, ser pobre ninguna deshonra, o que ya está bien de idealizar el falo y olvidar el culo, que por cierto es un placer para los hombres, aunque por hombría pocos se atreven a disfrutarlo con sus parejas femeninas. 

Que no tenemos por qué darnos fuertes palmadas en la espalda, o terribles apretones de manos para demostrar nada, que un beso y un abrazo son más y mejor, que es mentira que no podamos contener nuestro furor, o que llevar colores alegres y estampados en la ropa no es cosa de hombres. 

Nos dice a los hombres que seguir manteniendo este concepto de masculinidad malvado y egoísta nos interesa para continuar mandando. Nos sugiere que cambiemos nuestra forma de entendernos, y de entender a las mujeres, la necesidad de mirar de forma empática, y de practicar una escucha activa. Las ventajas de la ternura, la belleza, el amor, la sensibilidad, y la igualdad. 

El feminismo ha alterado nuestras vidas, las de los hombres, enseñándonos que ha venido para quedarse y cambiar el mundo, a mejor. Así que, hombres, basta ya de miedos, descalificaciones, repelús, y posicionamientos defensivos. Aquí nadie viene a atacarnos ni destruirnos. A ver si nos enteramos de una vez.

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