mali_conflicto_militar
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La endémica desestabilización que viven la mayoría de los países del Sahel es una consecuencia de complejos problemas que tienen sus raíces más allá de la época colonial, los procesos de independencia y la gestión del Estado postcolonial. En ellos se entremezcla la composición pluriétnica de los Estados y el fracaso de la construcción de una identidad nacional homogénea; conflictos de carácter religioso (islam versus cristianismo e islam ortodoxo versus islam híbrido); así como problemas propios de las consecuencias del neocolonialismo (cabe subrayar que Francia goza de considerable presencia militar y fuerte control sobre las economías y finanzas de sus ex colonias del Sahel). A ello se suma, por último, el problema derivado del cambio climático que agudizó la confrontación por el control de las tierras útiles entre los ganaderos, con su modo de vida ambulante, y los agricultores, más inclinados hacia sedentarismo.

En lo que respecta a Malí, el país vive inmerso en unas guerras alimentadas por todo lo aludido previamente, lo que lo convirtió en, prácticamente, un Estado fallido sin capacidad de mantener la exclusividad del monopolio del uso de la fuerza. Una situación que fomentó el florecimiento de milicias basadas en la filiación étnica y/o religiosa, enfrentadas entre ellas para dirimir viejas diferencias, entre grupos, que en la actualidad se han visto justificadas por el componente ideológico. Lo que colmó el vaso, en este sentido, fue la rebelión de los Tuareg en el norte de Malí a finales de 2011, en su mayoría excombatientes en milicias libias que tuvieron que evacuarse después de la caída de Gadafi; el posterior golpe de Estado que derrocó el presidente maliense Toumane Touré; y la entrada de grupos yihadistas en la compleja región desértica del norte del país.

La respuesta internacional, francesa básicamente, se cimentó sobre soluciones puramente militares para problemas complejos y multidimensionales. Francia, con el trasfondo de mantener el control sobre las descomunales cantidades de recursos naturales, como el oro y el uranio, apostó por la militarización que permite la inmediata recuperación del control sobre el terreno, particularmente el terreno útil.  Para tal fin, lanzó la Operación Serval, cuyo objetivo fue el restablecimiento de un primer contingente militar, que fue seguido por la Operación Barkhane, lanzada en agosto del 2014, y que tiene como propósito luchar contra los grupos yihadistas en todo el Sahel. Francia, en este respecto, y a diferencia de EEUU con la creación de AFRICOM en 2007, prescindió de la colaboración de las principales potencias regionales, Argelia y Nigeria. Así, y para eliminar cualquier influencia externa en Malí, Francia, creó el G5, también en 2014, que incluye Mauritania, Malí, Burkina Faso, Níger y Chad, para frustrar los esfuerzos de solución previamente liderados por Argelia, quien promovió la creación del Comité de Estado Mayor Operativo, con sede en la ciudad argelina de Tamanrasset y que, a nuestro juicio, hubiera tenido mas éxito por la amplitud de sus respuestas que transcienden lo meramente militar: abarcan programas de desradicalización basada en el fomento del islam sufí malekí, apoyado en la Liga de Ulemas del Sahel encargada de desmantelar el relato wahabista; proyectos de inversiones en las regiones más empobrecidas del norte de Malí; así como la apuesta por la reconciliación nacional a gran escala.

FOTO: minusma.unmissions.org

El enfoque militarista francés tuvo una enorme influencia sobre la orientación de las principales respuestas de la comunidad internacional. De esta manera, el Consejo de Seguridad, impulsado por Francia, autorizó en abril del 2013 la creación de la Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Malí (MINUSMA, por sus siglas en inglés), que incluye un total de 16 mil uniformados, entre militares y policías, desplegados en las principales urbes del país. Por la otra parte, la Unión Europea, creó su propia misión militar en Malí, encargada de ofrecer entrenamiento y asesoramiento a las distintas cadenas de mando y control del ejército maliense.

El fracaso del enfoque francés, y de paso el de NNUU y UE, se plasma en la creciente tensión tribal y el incesante debilitamiento de las fuerzas del Estado frente a las enfrentadas milicias. El pasado 23 de marzo, 160 aldeanos de la etnia Fulani fueron masacrados por una milicia de la etnia Dogon. Este suceso retrata la complejidad de la naturaleza de los conflictos en Malí. En este caso, no solo se encuentra el componente racial, sino el religioso y el proveniente del propio modo de vida. Por un lado, la etnia Fulani, mayoritariamente ganaderos nómadas que profesan el islam y con importantes relaciones, además históricas, con las tribus bydan (árabes) del norte, que llegaron a traducirse en confluirse en los mismo grupos como es el caso de Ansar al-Din, o la milicia Fulani, Frente de Liberación de Massina. Y por el otro, Dogon, animistas y cristianos, en su mayoría agricultores afincados en pequeñas poblaciones en la orilla del Río Níger. Su milicia, creada como respuesta del auge de los islamistas en el norte, está mejor equipada que las demás por la complicidad de Francia y el propio ejército maliense. Sus ataques, con frecuencia, se destinan a los vecinos Fulani por considerarlos colaboradores de los islamistas. Ambas etnias, según Human Rights Watch, protagonizaron, en 2018, más de 42 ataques causando la muerte de 200 civiles. El citado ejemplo es uno entre tantos que ilustran cómo viejos conflictos, por el control de las tierras fértiles en este caso, se visten de una explicación ideológica -la yihadista versus animistas y cristianos- y cómo los distintos actores internacionales ahondan aun más dichas rivalidades.

En fin, el excesivo afán de Francia por el exclusivo control de los recursos naturales e impedir la presencia de potencias regionales o internacionales como Rusia y China hizo que la respuesta al desmembramiento del aparato estatal maliense sea puramente militar y excluya a los demás actores. Ello hizo que las adecuadas soluciones a la crisis estén en segundo plano e incluso sean impertinentes. Soluciones a problemas, que son los nutrientes de la conflictividad, como el empobrecimiento del norte, la creciente presencia del wahabismo, el cambio climático, y el fracaso del proyecto de construir una identidad nacional que homogeneizase la realidad pluriétnica.

Abdo Taleb Omar es doctorado en Ciencias Políticas

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