Sanitarios, en las ventanas del Hospital de Jerez, durante los aplausos de las ocho de la tarde, en días pasados. FOTO: MANU GARCÍA
Sanitarios, en las ventanas del Hospital de Jerez, durante los aplausos de las ocho de la tarde, en días pasados. FOTO: MANU GARCÍA

La nueva normalidad ha llegado. Tristemente, tres meses de encierro a causa de un virus que ha provocado más de 28.000 muertos en España no han servido para nada. Si hay algo que nos ha salvado en estos tiempos ha sido nuestro sistema público: sanitarios, cuerpos de seguridad o educación, cuerpos maltrechos y maltratados en los últimos años, han multiplicado sus esfuerzos y, a pesar de las nóminas ridículas, la falta de personal y el material escaso, han conseguido salvar vidas y que el país no caiga en el caos. Pero los aplausos y la solidaridad duraron poco y ya hemos vuelto al “ande yo caliente…”, eso sí, cuando haya un rebrote deberían mandarnos a todos a hacer gárgaras. ¿Por qué jugarse la vida por quién no lucha por lo común y solo le importa coger sitio en la playa o irse de botellón?

Por suerte, estos profesionales no son como este Pituffo Gruñón y mientras sus fuerzas aguanten seguirán al pie del cañón. Mientras tanto, nuestros gobernantes, fiel reflejo de la población que los vota, a lo suyo. ¿Quién quiere aumento de sueldo o material adecuado para salvar vidas cuando Ayuso va a matar seis toros en tu honor? Pero no olvidemos un detalle. A esta clase de políticos los vota el llamado pueblo llano. Si solamente los votaran aquellos que pertenecen a la clase alta, esperpentos como Ayuso no saldrían nunca. ¿Y cómo demonios consiguen que las clases media y baja los voten a pesar de que jamás defenderán sus derechos? Obviamente, no hay una causa única, aunque mucha culpa de ello la tiene esa supuesta izquierda que ha gobernado por aquí tantos años. Aunque hay otros factores, me resulta curioso comprobar lo efectivo que les resulta a algunos mover una tela rojigualda para conseguir que, cual miura en San Fermín, muchos salgan a protestar a la calle. ¡Y no todos son pijos del barrio de Salamanca!. Por ello, mi mente radical sueña a veces con una justicia poética en la que vivamos según la dirección de nuestro voto.

A los que hoy en día meten en la urna la papeleta de esta extrema y rancia derecha les regalaría un mundo según Trump, donde la policía haga lo que le salga del forro sIn control alguno, donde, si te toca vivir en una familia muy humilde, mejorar es muy, muy complicado y que, cuando salgas del hospital, te manden una bonita factura de un millón de dólares por tratarte el jodido coronavirus. Un bello país, grande y libre, donde los principales enemigos sean el diablo y los comunistas, a las corridas de toros se le llame cultura y en la que si eres mujer y tu marido te pega una paliza pues te aguantas y punto. Un lugar, cara al sol, donde la educación está en manos privadas, la mayoría de ellas religiosas, donde es más importante el catecismo que la ciencia. Un país donde por escuela u hospital públicos se entienda un edificio viejo y triste al que acuden los menesterosos y clases inadaptadas, salvados por la caridad de los señoritos.

¡Ya está el demagogo- dirán algunos- con su discurso bolivariano y comunista! ¡Vete a vivir a Cuba!- exclamarán otros. Pues a fastidiarse. Me quedo en mi país, España, intentando desde aquí que avance hacia un lugar con mayor justicia social, más igualdad y, sobre todo, más avanzado y culto. ¿Exagerado mi aviso? Pues ustedes mismos. Centrémonos hoy en Educación. En nuestra tierra, Andalucía, el gobierno parece obsesionado con reducir la educación pública mientras confiere músculo a la concertada-privada. Su decretazo, contra el que se revolvió el profesorado público el pasado 4 de marzo- es curioso como de esta manifestación no se habla y sí de la del 8M- sigue con paso firme. Al señor Imbroda le molesta la educación pública y continúa con su objetivo de vaciar los colegios públicos cerrando líneas de escolarización. Pero la Junta de Andalucía se asienta tras un pueblo al que le importan un pito estas historias. Como escuché decir a una madre cuyo hijo estudia en un colegio público en una zona muy humilde de San Fernando: “A mí me da igual, si cierran este pues al concertado”. ¡Qué triste! Recuerdo con nostalgia, cuando al principio de los ochenta, mis padres y el resto de vecinos del humilde barrio de Loreto en Cádiz salieron a protestar para conseguir un colegio público en nuestro barrio. Esta es la diferencia. Una generación que tras una dictadura salía a luchar por sus hijos y su futuro. Ese barrio del que os hablo, no solo consiguió el colegio publico, en el que años después también estudiaron mis hijas, también un centro de salud, plazas por las que pasear y jugar, e incluso acabar con la droga que se consumía delante de nuestras casas… Está claro que eran otros tiempos.

Gracias a esos hombres y mujeres, muchos pudimos estudiar una carrera en una universidad pública. Sin embargo, hoy la Junta recorta a la UCA un 15% de su presupuesto y ni nos inmutamos. Ni una pandemia mundial nos hace reaccionar. No es el virus el asesino. El peligro está en nuestro pasotismo ante los recortes de un sistema público cada vez más débil. Cuando a los que salís con la banderita, os digan en un hospital que no os tratan de un cáncer porque vuestro seguro no lo cubre a ver si le dais a la cacerola. Cuando vuestros hijos e hijas tengan que pedir un préstamo que pagarán el resto de su vida si quieren estudiar en la universidad, acordaos de Pablo Iglesias. Este sábado, día 20 de junio, se unen la sanidad y la educación pública andaluzas en contra de los recortes y las políticas de la Junta de Andalucía. En Cádiz, a las 12 en el Hospital Puerta del Mar. Qué bueno sería ver a los de las banderas de España en estas protestas, pero me da la impresión que la playa está más cerca…

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