Desahucio en Cádiz. FOTO: MANU GARCÍA
Desahucio en Cádiz. FOTO: MANU GARCÍA

Estoy indignado. La incompetencia española ante este virus hace que seamos el ejemplo perfecto de lo que no hay que hacer. Resulta triste ver cómo el esfuerzo hecho en primavera y los buenos resultados conseguidos se van todos al carajo. Hablamos de vidas humanas, aunque a algunos eso les importe poco. Todo empeoró cuando los que clamaban y se manifestaban, palo de golf en mano, contra el estado de alarma recuperaron el poder. Ni desescalada, ni ostias.  La lucha contra el gobierno opresor socialcomunista fue liderada especialmente por VOX, PP y la derecha catalanista de Torra. Un trío que, a pesar de las apariencias, tienen en común y se necesitan bastante más de lo que reconocen. Desde entonces, da igual la opinión de los científicos; dan igual las voces de alarma de los maltratados sanitarios. Y es que a estos patriotas de bandera les importa solo una cosa: sus privilegios. Vivimos en un mundo en el que los de arriba se aferran a sus diferencias clasistas apoyados por millones de seguidores que se excitan cuando sus amos agitan las banderas o ensalzan sus trasnochadas creencias religiosas. Y para sustentar su superior estatus, nada mejor que el caos. Con esto no me refiero a cuando negacionistas y cayetanos se manifestaban, aún con estado de alarma en vigor y restricciones varias, mientras la policía se mostraba tolerante y conciliadora con ellos. No olvidéis que son hombres y mujeres de bien, no confundir con vecinos de Vallecas, titiriteros o independentistas con urnas, pues para estos últimos sí hay palos y detenciones. El desorden que necesitan los elitistas viene dado cuando se manifiestan los oprimidos, ya sean los negros en Estados Unidos, el 15M o los vecinos de los barrios periféricos de Madrid. Es gracias al miedo, el único virus que les interesa, cuando los machotes y machotas de la banderita aparecen como opción segura y garantes del orden. 

¿Cómo?, ¿creéis que exagero? Prestemos atención a detalles sutiles y encontraremos similitudes con los estilos de sus homólogos en el mundo, los Trump, Le Pen o Johnson de turno.

Si uno ve las noticias en televisión, tiene la impresión que en España nunca hubo tanto perroflauta, hijo de Stalin, okupando casas. Hordas de desalmados y podemitas al acecho para entrar y hacerse con sus hogares. Yo ya no me fío ni del repartidor de Amazon, esa barba descuidada me recuerda al Ché Guevara. Los mismos que ahora dicen defender el derecho de los españoles, no sé dónde estaban durante los años de gobierno de Rajoy cuando la misma ley, que según ellos ampara a estos vagos y maleantes, ya estaba vigente. La realidad judicial nos dice que la inmensa mayoría de ocupaciones son casas vacías de bancos que no venden sus propiedades a precios razonables para así asegurarse después mayores ganancias con una subida de precios- “es el mercado, amigo”-, aunque eso suponga jugar con un bien de primera necesidad y el sufrimiento de los vecinos si unos indeseables entran en sus pisos. En estos casos es donde resulta más difícil el desalojo, según los especialistas, porque echar a okupas de una casa habitual o de segunda residencia es hoy por hoy casi siempre inmediato. Me pregunto entonces, si el problema okupa no es para tanto y ya existía, ¿Dónde estaban los preocupados patriotas hace unos años? ¿Quizás luchando contra los desahucios? Algo me dice que no. ¿Dónde está la diferencia de una lucha u otra? Es evidente, la diferencia estriba en la clase social a la que mayormente afecta. Esa es la clave, unos luchan por mantener diferencias sociales y otros por eliminarlas.

Otro ejemplo de este empeño por mantener la desigualdad social,  lo vemos en esta pandemia. Las decisiones de María Santísima del Desatino, o Díaz Ayuso, por muy absurdas que nos parezcan son una buena muestra de esta estrategia. Ella es capaz de decir una cosa y su contraria el mismo día. Su cara de niña mimada  lo resiste todo. Se muestra implacable cuando confina Vallecas, pero le tiembla el pulso si tiene que hacer lo mismo con el barrio de Salamanca. Persigue una táctica política obvia: joder a tus votantes te resta; joder a las clases obreras avispero de votos comunistas y bolivarianos no le supone mucho al ojito derecho de Aznar, aunque quizás sí al PP y su futuro; pero, como decía Michael Ende “…esa es otra historia”. 

Y es que aquí está la clave. Ahora la salud ya no es lo primordial, para ellos nunca lo ha sido, lo importante es la estrategia política y el guiño a los tuyos. Si el gobierno cae en este error, como ha demostrado esta semana siguiendo el juego a la mimada, se olvidará de la mayoría de sus votantes. Si abandona a los barrios más humildes de Madrid en una desigualdad mayor a la que ya de por sí se enfrentan día a día, el riesgo de que su lugar lo ocupen los de las banderitas es muy alto; algo que ya ocurre por ejemplo en Francia donde Le Pen arrasa en zonas tradicionales del partido comunista francés. Y así, señoras y señores,  es como llegan al poder locos como Trump, Johnson o hace un siglo Hitler. El ejemplo del caos de Madrid me preocupa en cuanto sus políticas afectan a todo el país y, sobre todo, porque sus técnicas kamikazes tienen reflejo en el gobierno de Andalucía. No lo olvidemos, el caos y el “cuanto peor mejor” es su estrategia. Ponga un okupa entre sus miedos y vote a los garantes del orden.

Corremos el riesgo de que este neoliberalismo Trumpista se imponga de la misma manera que, a principios del siglo veinte, lo hizo el fascismo. Ojo, no son exactamente lo mismo, aunque en el fondo representan a las mismas élites. El neoliberalismo de hoy es capaz de convivir con judíos, negros o árabes y si hace falta los sienta en su misma mesa, eso sí, mientras sean ricos. A estos tipos lo que les jode es no tener súbditos, esclavos, pobres, en definitiva, que mantengan las clases sociales y sus privilegios.

Muchos creyeron que tras la Segunda Guerra Mundial los fascistas y nazis habían perdido para siempre. Nada más lejos de la realidad, su verdadero objetivo clasista sólo se cambió el disfraz para continuar sus ideas en forma de política neoliberal. Decía Julio Anguita que la derecha tomaba el poder cuando la izquierda perdía el norte y traicionaba sus principios. Tenía razón don Julio, aunque en lo siguiente no estaría de acuerdo con este humilde pituffo: las nefastas dictaduras de los Estados Comunistas en el Este de Europa y Asia pusieron el camino fácil a los elitistas. La caída del muro de Berlín fue un hecho positivo en su día que, sin embargo, dejó la autopista libre para otra época de nacionalismos desbordados.

Y España no iba a ser menos. Si hay poderosos empeñados en destruir todo indicio de progreso hacia la igualdad social, en este país hay especialistas con demostrada experiencia. En el siglo XIX perdimos la oportunidad con las Cortes de Cádiz, en el XX con la Segunda República y ahora podemos volver a las tinieblas. En todos esos momentos, los salvapatrias de banderitas en los balcones y en las muñecas se presentaron como los únicos capaces de mantener el orden ante el caos. Pero en mi opinión, lo más triste es comprobar cómo su discurso de odio es aplaudido por todos aquellos oprimidos que los votan y amparan; cuando intentas hablar con uno de ellos responden siempre con la misma letanía: Podemos, Venezuela, ETA y los independentistas. Respondo rápido: Si el burgués de Pablo Iglesias representa a la extrema izquierda, yo soy Batman. Cuando me hablan de Venezuela yo contesto con Mujica y su Uruguay. ETA ya no existe aunque algunos la necesitan y hablan más de ella que los diputados de Bildu. Y por último, y aunque no estoy de acuerdo con sus ideas independentistas, prefiero a Rufián antes que a casi toda la bancada del PP y, por supuesto, antes que a la de VOX. ¡Venga, señores de las banderitas!, ¡barra libre!, ¡qué empiecen los insultos!

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Comentarios (1)

Manzanilla Hace 11 meses
Tranquilo Sr. Ruffo. Al de la ensalada creo que lo ha reclamado Ayuso desde Madrid, están rodando la segunda parte de la película "Mentiras Arriesgadas", él hace de extra, si, si de extra.
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