Voluntarios, preparando un reparto de alimentos a familias necesitadas. FOTO: MANU GARCÍA
Voluntarios, preparando un reparto de alimentos a familias necesitadas. FOTO: MANU GARCÍA

Hace unos días llamé a Pituffo Gruñón por Whatsapp. ¡Un momento! Chsss! Tened cuidado. ¿Censura del Gobierno? ¿Men in black de Podemos? Tranquilos, no creo en idas de olla conspiranoicas, eso es terreno de Vox, de los independentistas del 1714 o de Iker Jiménez. 

—Por mí como si todos estos cretinos utilizan palomas mensajeras. Estoy cansado de tanto imbécil.

Gruñón parecía más serio que de costumbre. Su aspecto también se había abandonado.

—¿Cómo lo llevas? ¿Y los demás? -pregunto preocupado.

—Aburridos, cansados… y cada vez más enfadados. Ya sabes que los pitufos somos seres muy sociales. Nos gusta estar juntos y divertirnos…

—Esperemos que esto pase pronto. ¿Quién sabe? Quizás de esta experiencia resulte un mundo mejor.

—No lo creo. Este confinamiento ha servido para ver lo mezquinos que pueden llegar a ser algunos.

—No seas exagerado -respondo mientras confirmo mi percepción sobre el aumento de su frustración. 

—¿Exagerado? Somos cainitas por naturaleza: trabajadores esenciales apestados por sus propios vecinos, supermercados abarrotados por multitudes de egoístas que hacen acopio de productos sin pensar que dejan a otros sin ellos, políticos cobrando dietas de desplazamiento mientras están en sus casas, fotos trucadas de calles llena de ataúdes, personajes que solo buscan protagonismo a través de gritos e insultos, mensajes voxmitivos en redes sociales, mentiras que intentan invoxsicar inyectando odio…

—Pero, no te quedes con lo malo. ¡No puedes estar siempre viendo únicamente lo negativo, Gruñón!¡Siempre estás igual! ¿No crees que esa actitud te puede llevar al mismo lugar en el que se encuentran todos esos miserables?

Pasan unos segundos en silencio. Gruñón se mantiene callado mientras me mira a través de la pantalla. Me doy cuenta entonces de que le había gritado. Fue sin intención, pero quizás respondí así debido a la preocupación que tengo por él. Temo que este confinamiento también le esté afectando y su habitual espíritu crítico pueda tornarse en un peligroso pesimismo crónico. No quiero que eso ocurra. No hay nada peor que la desesperanza. 

—Lo siento -me disculpo.

—No tienes por qué. Puede que tengas razón. 

—Probablemente ambos la tengamos, pero llevar la razón no implica tener que gritar. En el fondo, los dos estamos desahogándonos, y es bueno que lo hagamos, ¿sabes? Se me ocurre algo. ¿Qué te parece si te propongo hacer una pequeña actividad para canalizar el enfado?

—Se nota que eres psicólogo…- dice más relajado, aunque sin mostrar en el rostro el más mínimo gesto de amabilidad.

—Venga, amigo, hazme ese favor. Echo de menos mi profesión. Entiende que en estos días de confinamiento también debemos regular nuestras emociones puesto que muchos de nuestros métodos de escape habituales- el deporte al aire libre, pasear, salir con amigos… -no podemos utilizarlos. Si a todo eso le sumamos la incertidumbre por el futuro y la preocupación por la salud, el estrés acumulado puede resultar muy perjudicial. Escucha, haz un escrito con los comportamientos y actitudes que te hayan indignado durante estos días. Cuando acabes, solo debes añadir una reflexión en positivo. Busca algo bello; siempre se encuentra algo. Está bien que expresemos nuestras emociones negativas, pero aunque son necesarias, no podemos dejarnos atrapar por ellas. Siempre hay que tener una puerta de escape. Bueno, ¿qué te parece?

Gruñón se tomó unos segundos para contestar.

—De acuerdo, haré lo que me pides -dijo, empujado más por complacerme que por sus ganas de realizar el ejercicio.

Pasaron un par de días. Ayer recibí un mensaje de Pituffo Gruñón, decía así:

Miserables aquellos que anteponen la economía a la salud, casi siempre del prójimo. Miserables los que han recortado en sanidad pública. Miserables los que hacen negocios con la atención a los más vulnerables. Miserables los que no han garantizado el verdadero bienestar del país y malgastaron sus recursos. Miserables los que pensaron que lo público era su cortijo. Miserables los que han encontrado en un partido político la excusa para justificar su racismo, su homofobia y su intransigencia. Miserables los representantes de esos partidos políticos. Miserables los que difunden mentiras. Miserables los que niegan el cambio climático y sus consecuencias. Miserables los que abandonan y maltratan animales. Miserables los insolidarios, ya sean personas o países. Miserables los que no están interesados en el bien común. Miserables los que promueven el “sálvense quien pueda”, ya sabéis: “es el mercado, amigo”. Miserables los que mandan a sus soldados a la guerra sin armas ni protección. Miserables los que “confunden” esfuerzo con la suerte de haber nacido en una familia con recursos. Miserables los que utilizan una bandera para imponer sus ideas y su visión del mundo.

Miserables los patriotas de balcón y los salvapatrias. Miserables los Cretinos, Engreídos, Sabandijas, Abrazafarolas y Rancios.

Intenté amigo mío, siguiendo tu propuesta, escribir algo que me animara. Reconozco que reflexioné un buen rato y no hallé nada digno de elogio. Apagué entonces la televisión, que está todo el día encendida, y salí de casa para hacer mi compra semanal. Al rato, descubrí que había olvidado el móvil en casa. ¡Genial, no puedo hablar con nadie, y encima sin noticias ni redes sociales!  Pero fue entonces, en la cola de Setadona -nuestro comercio de confianza- cuando, sin distracciones tecnológicas, todos mis sentidos se centraron en la aldea. Y mi enfado interno se convirtió en sonrisa. Nuestro mundo está llena de ejemplos de belleza. Son el opuesto necesario a esta podredumbre moral que me asquea: estaba triste al ver las calles vacías, pero entendí que eso significaba que la práctica totalidad de ciudadanos se encontraba en casa. ¿Sabéis lo difícil que es eso sin haber un gobierno dictatorial ni fuerza opresora que lo reprima?

Sinceramente, no creo que la gente permanezca en sus hogares solo por miedo al virus o a una multa ¡La mayoría lo hace por el bien común! ¡Y no son los únicos! Sanitarios sacrificando su salud y sus vidas, trabajadores esenciales que cobran una miseria y se exponen para mantener nuestro mundo en pie, empresas que se transforman dirigiendo sus esfuerzos a fabricar los productos que la sociedad necesita, gente cediendo sus casas para que los sanitarios descansen, ayuntamientos preocupándose por aquellos que no tienen nada y viven en la calle, abuelas haciendo mascarillas, artistas ofreciéndonos gratis sus creaciones, e incluso donaciones económicas sin publicidad realizadas por personas para las que esa cantidad de dinero donada sí les supone una merma en su día a día y aún así reparten lo que tienen con los demás. Vivimos en un país en el que mucha gente está intentando que nadie se quede atrás. Querido amigo, tenías razón. Ah! ¿Y sabes qué he aprendido también? Que estos últimos son mayoría y gracias a ellos saldremos de esta.

Firmado: Un Pituffo algo menos Gruñón.

Nota de J.L. Ruffo:  Me consta que muchos psicólogos -clínicos, sanitarios, sociales, infantiles…- también se están dejando su propia salud física y emocional para ayudar a equilibrar la del resto de la población. Gracias compañeros y compañeras por honrar esta profesión.

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