El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, en rueda de prensa.
El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, en rueda de prensa.

Señor vicepresidente segundo,

Creo recordar la primera vez que lo vi en televisión. Fue en una tertulia de Intereconomía, allá por 2013, dando vehemente y acertada réplica al nauseabundo Jiménez Losantos. A velocidad de vértigo, su pelo largo recogido en una cola de caballo se fue haciendo cada vez más familiar. Curioso, busqué en internet su historial y descubrí que sus posiciones y sus métodos distaban mucho de mis pensamientos que —por aquellos entonces y según algunos de mis conocidos— eran más “centrados o conservadores”. A mi repulsión hacia el PSOE andaluz y la permanente decepción con IU, se sumaron, a partir de 2012, la dureza de la crisis, mi simpatía por movimientos como el 15-M y las nefastas e incumplidas políticas de Rajoy en un PP inundado de corrupción. Y entonces surgió Podemos para las europeas de 2014; nuevo partido y nuevas caras de procedencia muy diversa. Sin derechas ni izquierdas, creo recordar, pero sí con arriba y abajo. Así fue cómo, a partir de las generales de diciembre de 2015, este Pituffo pasó de azul a morado. 

Desde aquellas elecciones, mis votos han ido a su partido aunque, tristemente, debo reconocer que los motivos para hacerlo han ido cambiando. En aquellos años Podemos era un partido progresista en el que no se miraba la procedencia. Socialdemócratas, comunistas, anticapitalistas, incluso aquellos con ideario centrista tenían cabida. Un partido sin líneas rojas, dispuesto a pactar con quien fuese si la reforma era necesaria. ¡Ah, qué bello momento de sensatez nos regaló el señor Évole en un cara a cara entre usted y Albert Rivera! Los nuevos líderes y la nueva política, ¡una nueva esperanza! Pero el sueño duró poco. Pronto, el señor Rivera mostró su verdadero yo, llegando a ser uno de los personajes más patéticos de la política patria. Lo más decente que hizo el líder de Ciudadanos fue marcharse tras el batacazo de su partido en 2018.

Sin embargo usted, señor Iglesias, continúa al pie del cañón. Se mantiene con escasa autocrítica, solo de palabra y sin hechos que la acompañen. Usted permanece, a pesar de que su partido pasara de tener 69 diputados a 35. Usted mantiene su condición de líder de Unidas Podemos, a pesar de confundir diversidad con traición y cercenar la cabeza de todo aquel que osara discutir su estatus y la dirección del partido. Se muestra implacable y poco conciliador. ¿Dónde quedan las Bescansa, Rodríguez, Carmena, Maestre y los Errejón o Jiménez Villarejo? ¿Dónde queda la unión con Compromís, En Marea o Anticapitalistas? Sí, ya sé, todos traidores. Señor vicepresidente segundo, en la diversidad y unión de ideas distintas se gesta el progreso social y un buen líder progresista debe saber representarlas a todas. Desde la distancia, da la impresión de que usted, aclamado por sus palmeros, lo ha olvidado.

Yo, a los hechos me remito: Hoy, señor Iglesias, es vicepresidente, su pareja es ministra y viven en una estupenda casa en la que no me hubiera imaginado yo a Anguita o Mujica; todo ello, mientras los otros han desaparecido o han sido condenados a crear partidos minoritarios a los que usted se enfrenta con vehemencia —que se lo pregunten a Teresa Rodríguez. Upps… disculpe, tras nombrar a mi paisana, mi malvada suspicacia me llama la atención sobre su curiosa postura hacia las posiciones nacionalistas: muy comprensivas, sin atreverse a pisar su terreno, con vascos y catalanes, pero muy combativa y obstaculizando su formación, con otros—. Da la impresión de que para usted hay sentimientos nacionales más válidos que otros, y que el sentimiento andaluz, castellano o incluso el español no tienen el pedigrí del nacionalismo vasco o catalán. Se lo dice alguien sin el más mínimo interés nacionalista. La última muestra de semejante clasismo le ha llevado a convertir a Puigdemont en un mártir  al nivel de los represaliados en la Guerra Civil. Señor Iglesias, comparar a este personaje con Machado o Lorca es simplemente repugnante. Mis cortas entendederas hubieran llegado a asimilar un paralelismo, aún así no equivalente, si se hubiera referido a Oriol Junqueras —al que sin compartir sus ideas respeto—, pero lo del prófugo Puigdemont cae en el ridículo mas vergonzoso. 

Tampoco comparto para hacer política sus maneras altaneras y la chulería, quizás por ser demasiado parecidas a las del Pituffo Gruñón que escribe estas líneas. Precisamente por considerarlas tan propias, sé de sus limitaciones y la buena política es una ellas. Recuerde, es usted el líder de un partido político, no el Capitán Alatriste. Y es aquí donde aprovecho para poner en valor precisamente a la que, desde mi humilde punto de vista, considero la persona más capaz para liderar un proyecto global desde la izquierda: la ministra Yolanda Díaz. Ella, su inteligencia y su carácter, han conseguido los mayores avances progresistas: subidas de salario mínimo, mantener los ERTE en la pandemia… Todo sin un mal gesto y muy alejada de nuestras formas señor Iglesias. Reconozco que podrá atribuirse, aunque no sea de su partido, el mérito de poner a la señora Díaz en el ministerio de Trabajo pero, precisamente por esta razón, ¿no sería el momento de echarse a un lado y regenerar Unidas Podemos con una nueva líder? Supondría la demostración de que aún reside en su persona algo de aquel idealista que luchaba por un país mejor, sin los vicios de la vieja política. Usted me responderá, imagino, que serán los inscritos los que decidan, pero entonces dígame, señor Iglesias, ¿qué tipo de afiliados permanecen en Podemos si ustedes han eliminan a todos los discrepantes?

Aquí acabo, señor vicepresidente. Ante la subida de la extrema derecha, no sólo de Vox, y consciente de que Unidas Podemos es el único instrumento capaz de conseguir que un Gobierno del PSOE haga, en ocasiones, verdaderas políticas de izquierda, puede contar aún con el desilusionado voto de quien vio en el Podemos de 2014 una bella oportunidad de regeneración política social. Si usted se conforma con esos logros, que reconozco y aplaudo, enhorabuena. Para este Pituffo, sin embargo, será una ocasión perdida.

Sin más, y mostrándole mi alegría por su no imputación ante las artimañas de la extrema derecha y las cloacas del estado, se despide atentamente

El Pituffo Gruñón.

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