Persona sin techo en la calle. FOTO: CLAUDIA GONZÁLEZ ROMERO.
Persona sin techo en la calle. FOTO: CLAUDIA GONZÁLEZ ROMERO.

Noté detenerse cada átomo de mi cuerpo en aquel instante. Todo se paraliza cuando se observa el frío atronador en los ojos de otro.

Por debajo de su quietud, no hay nada. O eso creemos. El cero absoluto es la temperatura teórica más baja posible. Inalcanzable hasta hace bien poco. Corresponde aproximadamente a los -273,15 grados centígrados. Se considera el umbral inferior de la entropía, esto es, el punto en el que la energía interna de un sistema llega a su mínimo. Por lo tanto, al experimentar este nivel de frío, cualquier partícula pierde toda capacidad de movimiento o vibración. Nada puede moverse ni alterarse y se abandona a la dulce calma de lo inerte. Hasta 2013, nadie había conseguido producir semejante temperatura. Solo era real en los cálculos de la mecánica cuántica y en los manuales de física. En el verano de ese año, unos matemáticos alemanes crearon un gas especial formado por átomos de potasio que permitió incluso rebasar estas cifras de infarto antártico. Ahora sabemos que la actividad cesa del todo al llegar el cero absoluto. Y que este es real. Estamos ante un gran hallazgo de dimensiones más humanas de lo que parece en principio.

En noviembre de 2016, apareció una más de esas tendencias híbridas, alocadas y fugaces paridas por Internet. Adolecía de la insustancialidad de un tertuliano pero prometía, como él, algunas risas y mucho palique. Se trataba del “maniquí challenge” (o Mannequin challenge en su forma original), un fenómeno basado en videos virales donde los protagonistas permanecen inmóviles mientras una cámara los filma y suena una animada canción de fondo. Se le ocurrió a unos estudiantes de Jacksonville (Florida) y llegó a convertirse en toda una sensación a escala mundial. Equipos de fútbol, grupos musicales, empleados de banca y centros escolares enteros se apuntaban a la nueva y efímera —lo uno lleva a lo otro— moda de la Red: quedarse quietos como maniquíes al son del Black Beatles de Rae Sremmurd. Parece que habían encontrado su propio cero absoluto y que este brotaba de Youtube.

Hay otras motivaciones para la calma total. Desde 2008, las personas que viven en las calles de Barcelona han pasado de 658 a más de 1.000, mientras que las que duermen en albergues y asentamientos irregulares han aumentado de 1.190 a casi el doble en este mismo período. Cada día crece el número de familias en situación de pobreza relativa, aquellas que no pueden comprar carne, pescado o fruta para dos raciones a la semana o que no cuentan con fondos para solventar ningún tipo de gasto imprevisto. Un argumento poderoso para dejar helado a cualquiera. Sin embargo, parece que al común de los mortales no se nos para la sangre al leerlo, al escucharlo y ni tan siquiera al verlo. En ocasiones, el frío te golpea los huesos con brusquedad. Hará cosa de una semana, tras atender la llamada del timbre de casa encontré sobre mi felpudo a un caballero que me solicitaba un tomate. Pedía en realidad cualquier alimento fresco para cocinarlo, pues se encontraba a la espera de una ayuda a parados de larga duración que no terminaba de llegar. Noté detenerse cada átomo de mi cuerpo en aquel instante, como si la gelidez del cero absoluto acabara de invadirlo. Todo se paraliza cuando se observa el frío atronador en los ojos de otro. Ocurrió sin pensar en Youtube y sin que sonaran los acordes del Black Beatles. Ocurrió sin recurrir al gas de potasio de los científicos germanos. Todo se heló en lo profundo. Y quedó en calma. 

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