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Aquella llovizna leonesa parecía -sobre mi vieja bicicleta y protegido yo del frío por un chubasquero hecho con bolsas de basura- una de aquellas tormentas de piedras que cayeron hace millones de años sobre la Tierra..., y más profunda se hizo aquella sensación cuando, dejando la áspera Astorga a nuestras espaldas, nos adentramos en silencio en un desamparado carril de tierra y viña blanca que logró convertirnos en peregrinos con las primeras pedaladas.

El sol -dudo si existió aquel día- se adivinaba en la línea anaranjada que partió durante horas aquel largo amanecer de colores aguados..., imponiéndose entre éstos -sin valor ni orgullo- el verde ceniza de un pequeño bosque que curiosamente, y desde la cima de la loma que habíamos conquistado, parecía no tener principio ni final..., diluyéndose paulatinamente en los rincones de mi vista.

La pendiente del carril, ya en bajada, y mi propio celo en el pedaleo me llevaron a plantarme en pocos segundos, como por arte de magia, ante el ejército de chopos y la pequeña brecha que éstos habían dejado abierta, a través del tiempo y sus huesos, como única vía de escape para Santiago de Compostela.

Miré atrás y ella, a la que mi urgencia le había relegado a convertirse en una mota oscura, descendía lentamente con su ruidosa chatarra que se hacía sentir de lejos; mi prisa la alejó a cientos de metros de mí y a mil kilómetros de su casa para dejarme solo ante la puerta del bosque encantado.

… Pero no estaba solo.

Sobre un madero, en la revuelta que hacía el estrecho carril para adentrarse en el alma de la arboleda, pude distinguir a un hombre enrollado sobre sí mismo y su destartalado periódico de pocas hojas; enroscado como aquellas oscuras lombrices de tierra negra cuando se asustan del hombre y de la lluvia; escondido del aire...

Mis piernas se negaron a continuar al tiempo que tampoco podía estar, ni un segundo más, a diez pasos de aquella criatura sin nombre y, tal vez, sin cabeza..., así que tragué mis pasos para volver a encontrarme con ella y poder acompañarla en aquel cruce de caminos y bestias; aquel sendero que extrañamente, a los pocos metros de dejar atrás al misterioso individuo, encontramos cortado por varias troncos cruzados en el camino...

Hoy no tengo duda: aquel hombre que leía bajo la tormenta, entrado en carnes y en su propio agujero negro era el mismo que terminaría asesinando a la peregrina americana encontrada hace unas semanas. Tengo la innegociable certeza de que aquel hombre de humo y película negra fue su asesino... Pero lo más inquietante y triste es que, nuestros violentos e insaciables medios de comunicación, me están llevando a pensar que cualquiera de las personas con las que me tropiece en la calle es un psicópata en potencia o un terrible terrorista; me están obligando a cavilar que, tanto tú como yo, podríamos acabar convertidos en crueles asesinos..., un día cualquiera de malos vientos.

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