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Su boca. No hay nada más en el interior del coche para él. Una boca rojísima como lo ha sido esta tarde berlinesa de primeros de Agosto.

Y esa boca -hecha de Siroco y de Taró- va detrás del cuerpo que nació el mismo día de la gran explosión; cuerpo que levita sobre el suyo -hecho ya pedazos de mar- en la cadencia de los necesitados del fuego y de los ojos dulces.

No hay lugar para nada más en el asiento trasero. Él así lo quiere. Así se lo hace entender ella. La trompeta enlutada de Chet Baker y el rumor de los coches al circular; coches que se antojan aviones sin bandera que siempre desecharán aterrizar en el planeta del Principito por miedo a lo desconocido.

La saliva huele. Es lo que están aprendiendo juntos esa misma noche..., que la saliva huele a memoria y que tiene el don de impregnar a la piel de futuro. Él lo sabe desde aquel preciso instante —después de tanta vida entregada al azar— y por ese motivo se va haciendo con la boca de aquella muchacha, que le será nueva para siempre, con sus labios y la punta de sus dedos. Resulta un círculo perfecto que exhala alma caliente sin recuerdos.

Y aseguran los perros que los diablos aúllan cuando cae la noche aunque en esta madrugada, en cambio, nada ni nadie chilla. Sí gimen los cuerpos durante el encuentro como sucede con el mediterráneo y el cielo extranjero en la primera tormenta de verano. Tanto que ahora en Creta creen oír al trueno universal —seco y hueco— que Zeus reservaba para el fin de los hombres. Pero están terriblemente equivocados porque lo que escuchan es el infinito —corazón expandiéndose a grandes dosis de relámpagos— haciéndose espacio en lo que desde un principio estuvo acabado.

En el espejo retrovisor ya no hay rastro de espalda de mujer y de nuca. Sólo lo colma el naranja de las farolas de la capital y el pedestal de la columna de la Victoria. Hace rato que ella tiene la certeza, por la forma que tiene él de recibirla sin dientes pero con todo el ímpetu del pecho, que no habrá más labios que los suyos. Jamás.

Una pareja, a escasos metros, se despide a base de barata cordialidad y prometiéndose otro mañana igual —morgen— mientras dentro del coche ya no existe el tiempo. A quién le importa un mañana cuando se tiene todo y se es consciente de que jamás se tuvo nada parecido.

Las bocas comienzan a dolerse de gusto y se abandonan para buscar sus rastros en otros caminos de carne. Existe la sien, la corona de los ojos, las cavidades que se dibujan en los hombros cuando la sangre va al estallido del placer. Comienza a sobrar lo hecho por el Hombre y por la Mujer y se empieza a requerir, pero sin urgencias, lo que le vino entregado a la Mujer y al Hombre.

Y la materia empieza a reproducir los sonidos que hacen las lenguas cuando chocan y los pulmones al llenarse. Y el aire empieza a saber a sexo y a no pesar. Y todo se vuelve oscuro como cuando estamos dentro de nuestras madres. Y los ojos ya no sirven de ojos ni las manos se usan como manos. Y el planeta empieza a girar en torno al coche. Y ellos, abrazados por sus centros, presienten que han dejado de estar solos. Y él nota como dentro de su cuerpo crecen ovarios que harán reproducir, cada día hasta el fin de su vida, lo que siente por esa mujer de las buenas artes. A ella le basta proclamar a los cuatro silencios un te quiero para sentir en su sangre que todo vuelve a estar en su sitio.

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