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Porque para él no existe el gris. O se es blanco o se es negro aunque lo más curioso es que cambie de lado -sin ningún tipo de problema- según le venga en gana.

Manuel Gorrión -no sé quién tuvo la valentía de colocarle el mote- es el personaje más extravagante que conozco. No ya por sus pantalones garabateados o por sus camisas hechas jirones sino por las jechuras de sus declaraciones que logran escandalizar al más avispado de cualquier reunión. No deja títere con cabeza ni garbanzo negro por morder.

Porque para él no existe el gris. O se es blanco o se es negro aunque lo más curioso es que cambie de lado -sin ningún tipo de problema- según le venga en gana. Por la mañana puede defender el celibato como por la noche estar a favor hasta del mismo incesto; ser más jerezano que nadie o maldecir su suerte de nacer en esta tierra hasta quedarse sin garganta.

A veces lo pienso y creo que es la manera que tiene de no llevarse nunca la contraria. Para qué se preguntará. Estoy seguro de ello porque sé -ya me lo dijo más de una vez- que está cansado de tener que darse todavía explicaciones a sus cincuenta años.

Aunque por ahí no irán hoy los tiros. Venía a hablar de lo raro que es para ciertas cosas y lo razonable que es para otras aunque de sus extrañezas, pienso yo, quedará bien hacerlo en otra ocasión porque para raro ya tenemos al Mundo. 

Mejor hablar sobre un detalle curioso que me sucedió hace varios días en Cádiz con él. Os pongo en situación.

Plaza de San Antonio. Sol a más no poder. Mi amigo hecho un gusano loco con tanto colorín y tanto despeine. ¿Te has lavado la cara? le pregunté para reírme con él. Desde las siete de la mañana llevo despierto por la gracia del Dios. Totalmente cierto. Eso de creer en su Dios y de estar más arreglado que nadie porque se sabe que lo cortés -en este caso los disparates de su vestimenta- no quita lo valiente.

Le quiero invitar a una cervecita pero se para delante de una tienda ambulante. ¿Pero tú has visto que cosa más chula? Una cabeza de mastín, tallaba en madera noble, asomaba por la boca de un paragüero de latón con estampas victorianas. El bastón, en dos segundos y bajo los efectos del folclorismo de mi amigo, ya tiene pedigrí. Éste ha tenido que ser del duque, mínimo, de Medina Sidonia me soltó mientras estudiaba cada centímetro del madero.

Tanto él como yo sabíamos que el bastón no había visto castillo en su vida pero tengo que reconocer que el palo tenía su empaque. De hecho, por esos juegos de la mente, lo dibujé colocado en el regazo de Antonio Gala.

Cincuenta euros. Me lo compro cantó en tono de niño de San Ildefonso. Pero me lo compro, me lo compro y a la hora de comprar no lo hizo. Se detuvo en seco, miró el bastón y lo volvió a dejar en el interior del paragüero ante la vista de media gaditanería que no sabía qué hacer con aquel individuo.

Si quieres te dejo dinero y ya me lo pagarás le dije. No es dinero me contestó ya en sus cabales e imbuido en sus artes. ¿Sabes por qué no me lo compro?

Antes de responderse masculló esa letra por Soleá de "Veracruz no es Veracruz, ni Santo Domingo es Santo". ¿Por qué? pregunté temiendo una de sus respuestas.

Pues porque todavía, compañero mío, no me he ganado el derecho de llevarlo.

Dedicado a mi amigo Carlos, gran contador de pequeñas historias.

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