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Yo voy a la huelga el próximo 8 de marzo porque todas las razones para ir —la brecha salarial, la dificultad para conciliar la vida laboral y familiar, la falta de corresponsabilidad en las tareas del hogar, la sobrecarga femenina por asumir los cuidados familiares, el techo de cristal, las violencias de género…— tienen nombres propios:

El de mi abuela Gloria, a la que su marido maltrató. A pesar de ser un gran luchador por la clase trabajadora, y pasar varios años en la cárcel por ello, en sus esquemas mentales no estaba el respeto hacia su esposa.

El de mi madre, también Gloria, que tuvo que ocultar durante toda su vida el hecho de ser madre soltera para no ser tachada de puta.

El de esa vecina de cuyo nombre no me acuerdo por la que no hice nada cuando escuchaba los gritos y los golpes del marido. En aquel entonces, aún creía que los asuntos conyugales se arreglaban de puertas para adentro.

El de mi amiga Petri, cuyo marido se largó porque no estaba preparado para asumir que tenía un hijo con parálisis cerebral y la dejó sola con el crío y una pensión de alimentos de trescientos euros.

El de mi compañera Virginia, madre de tres hijos, a la que el jefe le insinuó que más le valía apuntarse al ERE voluntariamente antes de que la obligasen: "El banco necesita gente comprometida 100% con los objetivos; y de ocho a tres, eso no es posible".

El de mi amiga Raquel que, con 75 años y después de haber trabajado durante toda su vida como una mula, hoy sobrevive con una pensión de quinientos y pico euros porque en sus últimos años de vida laboral no cotizó al tener que dejar su trabajo para cuidar al padre enfermo.

El de Concha, mi amiga, mi feminista de referencia, la que me ayudó a borrar esa frase tóxica con la que crecí: "Qué pena que hayas nacido mujer", y me convenció de que las mujeres no somos nuestras peores enemigas sino que, muy al contrario, hemos sido siempre tejedoras de redes que nos han permitido sobrevivir en un mundo de hombres.

El de todas las mujeres que a lo largo de la historia tuvieron que renunciar a vivir su vida para construir la de los demás, mujeres transparentes que arrastraron la parte más pesada de la existencia, muchas de las cuales no pudieron, siquiera, elegir a quién amar y tuvieron que enterrar sus propios sueños para dar vida a los ajenos. Mis heroínas silenciosas.

El mío: yo también he soportado a machos babosos que se creían con derecho a incordiarme por ser mujer y, como tantas, he tenido que hacer de tripas corazón cuando mis ascensos laborales se atribuían al hecho de ser mujer, simpática y güenorra en lugar de a mi valía profesional.

Y el de mi nieto Adrián que nacerá pronto. Porque merece disfrutar de un mundo más justo, más igualitario, menos cargado de testosterona. Un mundo donde a las mujeres, que somos la mitad, se nos reconozca nuestra mitad. Así de simple. Así de complicado…

Este 8 de marzo no va ser un día cualquiera. No soy tan ilusa de pensar que la huelga va a tener un seguimiento masivo, tampoco que, al día siguiente, nos levantaremos y todo habrá cambiado. Esto es solo un hito, uno más, de los muchos que tendremos que protagonizar para conseguir la igualdad real. Pero va a ser un hito sonado. Porque ha llegado el día en el que callar y aguantar no es nuestra opción.

Presiento que se acerca una revolución, abuela, y tiene nombre de mujer. Los nuestros...

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