El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, está desplegando en su segundo mandato mucho de lo que parecía que haría pero no hizo en el primero. Hay que entender que Estados Unidos es un gigante herido, una potencia camino de su declive, de su pérdida de hegemonía, que puede pasar a China más pronto que tarde.
Trump no se ha abonado a las formas nunca. Llama "gobernador" al primer ministro canadiense, por ejemplo. Amenaza la soberanía de Dinamarca sobre Groenlandia. Ridiculiza públicamente a Emanuel Macron, imitando su acento... Parece desplegar todo un arsenal para mantener el interés mediático, aunque a veces le aleje de sus objetivos. ¿Por qué? Porque quiere ser siempre impredecible, captar todas las atenciones, y hacer que sus rivales y sus aliados respiren si finalmente incumple sus peores ocurrencias y amenazas para cumplir otras que, vistos esos precedentes, resultan solo un poco menos preocupantes.
Parece que en realidad Trump tiene un objetivo, volver a aquel tiempo del siglo XX en que los países se armaban hasta los dientes... comprando armas a Estados Unidos. Tal es la obsesión de que todo el mundo compre productos a su país que está dispuesto a reducir el valor del dólar, lo que le perjudicaría porque los estadounidenses perderían poder adquisitivo frente al mundo y la moneda puede dejar de ser a largo plazo un valor seguro para todo tipo de transacciones, pero a cambio el producto estadounidense sería más competitivo. Quiere que en su economía no entre producto de fuera, y que cuando lo haga sea con sobreprecio -aranceles-, pero a la vez necesita que todo el mundo compre producto estadounidense. Una corrección bruta de las balanzas comerciales para reactivar en el largo plazo su economía.
"Trump sueña con una Europa dividida, débil"
Ese Trump es una amenaza para el mundo. Porque va a hacer todo lo que sea necesario para cumplir sus objetivos, y lo hará no con diplomacia ni con presiones, sino con la amenaza militar. En Venezuela ha logrado que la sucesora de Nicolás Maduro haga lo que se le diga. Un aviso a navegantes para todos los líderes, especialmente para los americanos, dentro de una nueva doctrina Monroe, que ahora, con el corolario Trump, es la doctrina Donroe: de la Patagonia a Gorenlandia, este lado del mundo es de influencia estadounidense y de nadie más, ni europea, ni rusa, ni iraní, ni china. Lo va consiguiendo con Milei en Argentina, con Kast ahora en Chile... y con otros líderes que promocionará.
El riesgo de futuros imitadores de Trump
Pero además de esa amenaza directa de Trump para el orden mundial, ya de por sí tenso, existe una amenaza que es el trumpismo. Y es que líderes democráticos se atrevan como nunca en muchas décadas a cruzar líneas. Lo ocurrido en Minneapolis, la toma de las calles con una fuerza paramilitar, se parece verdaderamente al fascismo. No es una acusación ligera, es que hay ultras parapoliciales -el ICE no es un cuerpo policial- dispuestos a actuar sembrando el terror. Están motivados por el odio al inmigrante, y por la lealtad a Trump. Han matado a dos individuos que se resistieron a ellos, el último siendo ejecutado cuando ya había sido desarmado. Hay quien dice que es solo distracciones ante las conclusiones que el público irá sacando sobre la presencia de Trump en las fiestas de Epstein.
La situación es terrorífica, porque las democracias, teóricamente, habían diseñado contrapoderes, un sistema complejo a lo que llamamos estado de derecho, donde impera la ley frente a los intentos de autoritarismo. Trump ha tomado una deriva que le acerca más a Putin que a cualquier presidente o primer ministro en Europa. Giorgia Meloni, en Italia, representaría cierta sintonía ideológica con Trump, pero parece estar muy lejos de tener intenciones de activar en sus calles una amenaza para sus propios ciudadanos. Orban, en Hungría, también cercano ideológicamente, sí ha tomado muchas decisiones internas muy cuestionables en los pasados años, razón incluso por la que ha recibido respuestas de la UE.
La segunda gran amenaza para el mundo occidental es que el autoritarismo que empieza a reconocerse en Estados Unidos llegue aquí de la mano de esos líderes de la ultraderecha. Es probable, si continúa la tendencia, de que cada vez más países se alineen. Van a tener cada vez más peso. Tocará cruzar los dedos, además, para que sigan creyendo en el proyecto europeo, pues Trump sueña con una ruptura de la Unión. Será importante ver qué ocurre en Francia tras Macron. Parece que cada vez todos esos liderazgos han ido con el tiempo haciéndose menos euroescépticos. Una Europa fuerte, que confíe en el estado de derecho y que acepte que puede haber líderes en su interior de todo color político sin que se ponga en juego la estabilidad del largo plazo. Una Europa frente a Trump -qué remedio, él es el que ha empezado esta escalada- y sin trumpismos.



