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Detrás de cada euro, de cada “caso aislado”, de cada canalla, se esconde un rostro al que recortaron sus derechos.

Qué pensará Mónica a la hora del telediario. Cuando vea los rostros y escuche las cifras mientras acurruca a su pequeño, adormilado a su lado en el sofá. Cómo de grande serán los fantasmas que le comen por dentro al mirar los ingresos: 400 euros en razón de una Ley de Dependencia para un hijo que casi la mitad se lo lleva en medicamentos. Ella sola, sin más ayuda, para las facturas, el alquiler y la lucha. Ella contra el mundo. Y en las portadas -cada mañana- un nuevo nombre y un nuevo caso.

Cuánto le dolerán las manos a Josefa tras fregar con gel de baño el váter del hospital. Otra madrugada eterna en la butaca, junto al marido, sin encontrar la postura que le deje descansar. Las trabajadoras de la limpieza le advirtieron: “No hay lejía para fregar ni personal para tantas habitaciones”. Y ella, con los dedos doloridos de tanta vida, refriega fuerte la bayeta.

Cómo hará Juan las cuentas para que al final le encajen los números. El hijo y la nuera en el paro, el nieto que no para de crecer y una pensión muy justita para mantener dos casas. Encima se ríen: “Las jubilaciones no peligran”. Estaría bueno, piensa para sus adentros sin fiarse ni un pelo, con el poder adquisitivo tan congelado como los pies cuando llegan las tardes de invierno: “La calefacción mejor la apagamos, Antonia, que luego viene el recibo”.

Detrás de cada euro, de cada “caso aislado”, de cada canalla, se esconde un rostro al que recortaron sus derechos. Detrás de la Púnica, de los ERES, de los González, Rato, Pilar Sánchez y Bárcenas se esconde el nombre de un ciudadano anónimo al que no le consuela ni un SMS de ánimo del mismísimo Presidente: “Luis, lo entiendo, sé fuerte”. A la gente no debe asustarle un Gobierno en minoría, porque más miedo da que se asimile la corrupción como algo habitual, inherente a la sociedad y la política.

Dijeron -recuerden- mientras saqueaban tu cartera, que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Así hasta que el vaso rebosó, no cabe una gota más. La rabia se ha quedado para siempre hecha una bola en la garganta. Se terminó el tiempo de las excusas, de los discursos sin saliva, del teatrillo en las ruedas de prensa y de fingir una responsabilidad que nunca existió. Ya no sirven las caretas ni mirarse el ombligo mientras desembarca el Mesías o la Lideresa. Sólo existen dos opciones: Echar a la corrupción o mantenerla.

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