Edificio iluminado en apoyo al pueblo venezolano en Jerez.
Edificio iluminado en apoyo al pueblo venezolano en Jerez. MANU GARCÍA

No había hecho más que empezar el año, con su carga de incertidumbre y de esperanza (en mi caso, también con caja de pañuelos y mucolítico), y llegaron las noticias desde Venezuela. Otro pueblo que sufre, más seres humanos para los que vivir en comunidad no equivale a vivir mejor.

Hace muchos años que contemplo la realidad como si fuese ficción, que no creo que sea verdad lo que ocurre, porque es imposible aceptarlo. En algún momento, alguien se dará cuenta del error, revisará el algoritmo, encontrará el sabio que sepa conducirnos. Así transcurren las semanas, meses, años, lustros… Y el mundo empeorando. Necesitamos mantener la creencia de que la entrega de la generación de nuestros padres dio resultado, de que el esfuerzo colectivo que hacemos tendrá fruto para nuestros descendientes. En esa cadena de confianza reside el ideal de progreso: confías en quienes cuidan a nuestros mayores, en quienes forman a nuestros jóvenes…

Tras las dos guerras mundiales, el mundo consensuó unas mínimas normas; no nos convertían en seres excepcionales, sencillamente, fuimos capaces de dibujar un horizonte común, de marcar una línea hacia la que la mayoría de las personas quisiéramos tender. La idea de bien común se hizo posible, después de años de horror y destrucción. Nunca ha sido fácil, pero nos permitió edificar sobre la confianza de que cada acción podía ser un pilar consistente para el futuro. No deberíamos caer en la ingenuidad de pensar que eso se rompió el pasado sábado. El derecho internacional lleva años siendo pisoteado, convirtiéndose en el recurso para oponerse a lo que no resulta conveniente, a lo que no nos gusta. Los instrumentos para forjar una convivencia respetuosa parecen el principal objeto de discusión.

Como cantaba Serrat, todo es desechable y provisional. Sin embargo, necesitamos que no lo sea; es más, sabemos que no lo es. Cuando miramos el escenario en el que se desenvuelve la vida cotidiana, nos invade la sensación de que nada es real, sino un pobre espectáculo sin sentido del que nadie va a rescatarnos. Por alguna razón, resulta conveniente el aturdimiento en el que estamos inmersos, mientras la vida discurre por otro camino.

Quizás debamos dejar de mirar la escena que está iluminada y girarnos hacia la oscuridad de la sala. Abrir los ojos y empezar a hacernos preguntas.

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