Personas en una estación de tren de Andalucía.
Personas en una estación de tren de Andalucía. DANIEL PÉREZ / EFE

Me siento a escribir, pero mi cabeza sobrevuela, se eleva apenas y cae de un solo golpe. Una y otra vez.

–No puedo vivir sin respirar el aire del mar…

–¿Te gustó el partido? Para ser la primera vez ha estado muy bien…

–Tardaré en volver viajar, ya no tengo edad…

–Mañana recogeremos a los niños del colegio, les daremos una sorpresa…

Imagino las conversaciones, el cruce de frases esporádicas, las miradas discretas y el breve aleteo de la ilusión. Puede que sea contraproducente, pero necesito hacer ese homenaje, pensar que en los últimos momentos todo fue felicidad, que todo estuvo en sus manos.

Me impresiona la caída de la tarde a través de la ventanilla, ven a sentarte a mi lado…

Los planes cotidianos con los que nos aferramos a la vida, cruzando de uno a otro lugar de los habitáculos, como un halo protector. Si hay un plan para mañana, no puede pasar nada malo. Pero los planes humanos no son más que eso, una construcción frágil, una imagen efímera que habrá que volver a levantar al día siguiente. Ya no.

Acaba de comenzar la noche más larga, la más triste, la más absurda, porque no sirve de nada esperar un nuevo día. La luz del sol solo traerá dolor y silencio.

Lo más leído