Descargas y oscuridad

La palabra, la imagen o la naturaleza, la cultura, en definitiva, abren los ojos de la mente y del corazón, proporcionan argumentos y despiertan la conciencia

Una farola en una fotografía de archivo.
25 de febrero de 2026 a las 09:27h

Nos hemos acostumbrado a caminar por la vida asaltados por lo que nos rodea. Nos asaltan las luces de la ciudad durante la noche, cuando farolas, escaparates, coches y pantallas parecen llamar nuestra atención desde todos los puntos posibles. Miramos a un lado y a otro, incapaces de discernir dónde acudir. Cada fogonazo es una descarga que nos impulsa a movernos, a escapar de la horrible sensación. Y dejamos pagado un café, depositamos una moneda junto a un cartel, susurramos “buenas noches” al pasar junto a lo que nos parece un bulto bajo una manta. No nos atrevemos a representarnos que se trata de una persona, de alguien que, quizás, un día no muy lejano lamentó su suerte caminando por una ciudad que se niega a descansar.

Vivimos a base de descargas que nos sacan de un estado de aletargamiento casi permanente. Así, el café de la mañana nos espabila para entrar en la rueda diaria y moverla junto a todos los demás seres que habitan el mundo. La orden del jefe nos mantiene firmemente atados al asiento, sin resbalar el cuerpo o estirar las piernas. El timbre del teléfono nos atrae y amenaza al mismo tiempo… Y de este modo, vamos dando saltitos, como breves despertares en el sueño febril que llamamos existencia, esa extraña inercia en virtud de la cual renunciamos a ser a cambio de parecer.

Mejor cerrar los ojos, porque la vida deslumbra, cuestiona y no se conforma con una respuesta vaga, un arrastrar de pies. Ahí está una y otra vez, tendiendo una mano temblorosa y arrugada desde la cama, tierna y sucia recién salida del colegio, cálida y conocida. Siempre hay una mano que nos sostiene, a la que pedimos la limosna de unos minutos de paciencia con nuestra torpeza.

“Corrían en vano. Uno tras otro se fueron todos quedando ciegos, con los ojos de repente ahogados en la hedionda marea blanca que inundaba los corredores, las salas, el espacio entero. Fuera, en el zaguán, en el cercado, se arrastraban los ciegos desamparados, doloridos por los golpes unos, pisoteados otros, (…)” Así describe Saramago la escalofriante escena de la masa humana de personas ciegas, empujadas de un lado a otro.

Nadie que haya leído Ensayo sobre la ceguera podrá decir que no se le abrieron los ojos de golpe, que no vio la fragilidad del ser humano en un mundo para el que no representa más que un estorbo conveniente. La palabra, la imagen o la naturaleza, la cultura, en definitiva, abren los ojos de la mente y del corazón, proporcionan argumentos y despiertan la conciencia de un modo que no nos permite mirar hacia otro lado.

La cultura es peligrosa, nos hace libres.