La caja

Allí duermen las calificaciones (las de nuestros hijos y las nuestras), la lista de nuestras canciones favoritas, los folletos de aquel viaje que hicimos cuando éramos libres de internet, las primeras fotos, la pareja que coronaba la tarta de bodas

28 de enero de 2026 a las 07:00h
Una persona abriendo un armario lleno de recuerdos
Una persona abriendo un armario lleno de recuerdos MANU GARCÍA

La escalera está compuesta de doce escalones y por ella se accede a un pasillo, al fondo del cual, hay una habitación. Es un espacio de nadie, al que han ido llegando cachivaches, objetos que fueron valiosos y aún se pretende que sean útiles y todo aquello que estorba en las demás dependencias. Alguna vez lució orden y limpieza, pero los años y el cúmulo de decepciones que guarda a estas alturas bien merece la capa de polvo del olvido.

Alguna vez, sin embargo, alguien se detiene en el dintel y mira de un lado a otro, sin prisa, sin asco, sin miedo. Alguien mira como se mira pasar la vida, todo lo que un día fue importante y hoy apenas somos capaces de situar en un año concreto. Mira y mira: la vieja cortina, los armarios cargados de abrigos que pasaron de moda, la guitarra, una veleidad veraniega que acabó como adorno, la caja de los zapatos de boda que nunca dejaron de doler… Hasta que los ojos llegan a la parte de arriba, esa que con el paso del tiempo se ha convertido en un desafío para las articulaciones.

¿Qué hubo en esas cajas? Las letras están borrosas, las tapas están gastadas, pero duerme en su interior algo que nos llama; secretamente, una mano de otra época toca un resorte en nuestra memoria. Allí duermen las calificaciones (las de nuestros hijos y las nuestras), la lista de nuestras canciones favoritas, los folletos de aquel viaje que hicimos cuando éramos libres de internet, las primeras fotos, la pareja que coronaba la tarta de bodas, dibujos infantiles, facturas de compra de objetos que acabaron en la basura, la contabilidad de la casa que nunca fuimos capaces de cuadrar, pero que acabó moldeándose a nuestro empeño, diplomas, nóminas y alguna radiografía que avalaba la ilusión de seguir adelante. 

En esa caja está la vida en cifras, fechas e imágenes. No necesito subirme a abrirla ni detenerme en la nostalgia. Es una caja mágica, como la que escritores famosos dejan en instituciones serias  y formales a la vista de las cámaras. Solo que de esta solo sabemos unas pocas personas, que la hemos ido tratando como el cofre del tesoro, el que da fe de que un día emprendimos confiados y audaces la ruta más difícil. Por eso, cuando los días se vuelven grises y la escalera parece más empinada, me asomo al dintel de la puerta y la busco encima del armario. Ella me recuerda lo que hemos sido capaces de construir, las derrotas que afrontamos y el miedo que superamos una y otra vez. 

No necesito tocarla y, mucho menos, abrirla. Esa caja es mi memoria.

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