Botón de una chaqueta militar de un represaliado.
Botón de una chaqueta militar de un represaliado. MANU GARCÍA

Supongo que cada quien tendrá una idea de cómo explicar la guerra a niñøs y jóvenes. Los que tienen mucho que ocultar no quieren que se hable de ello, mejor callar, y para callar mejor el viejo cuento de no revolver en el pasado y no reabrir heridas. Curiosamente, para que las heridas puedan cerrarse, porque abiertas llevan demasiado tiempo y mucha España está ya exhausta de sujetarse la venda, hay que hablar de la guerra, de lo que pasó, de quién lo hizo, de cómo y de por qué.

La pregunta es ¿por dónde empezamos?, ahora que la Guerra Civil, con la nueva Ley de Memoria Democrática, va a entrar en las escuelas. Necesitamos una didáctica para la guerra, para entender por qué llegó la guerra y qué pasó en ella. Aunque, y sobre todo, necesitamos una didáctica para llegar a comprender qué paso durante cuarenta años de dictadura, una vez terminada la guerra.

Pues empecemos por la democracia. Empecemos por el final, que es en realidad el principio, pero didácticamente parece lo más adecuado. ¿O alguien quiere empezar por la cunetas y las fosas comunes para que los niños sepan lo que pasó? Empecemos a hablar de qué es la democracia, del respeto hacia lo diferente, del valor de la palabra, del inmenso valor que contiene una sociedad plural en la que se puedan expresar todas las ideas. Empecemos a comprender qué es una sociedad, que es un Estado, un Gobierno; cómo funcionan. Aprendamos el valor de la Ley legítima y legal aprobada de forma ordenada en unas instituciones legítimas y legales. Aprendamos, sobre todo, el respeto hacia los demás, hacia las ideas diferentes. Aprendamos por qué hay ideas que merecen el respeto de poder ser expresadas y sin embargo no son respetables como formas de Gobierno. Aprendamos, para ello, a conversar, oponer puntos de vista y respetarlos.

Cuando hayamos comprendido, todos, el verdadero significado de democracia, de libertad, de pluralidad, nuestros bachilleres estarán en condiciones de comprender, por sí mismos, que lo que pasó el 18 de julio de 1936 fue un golpe de Estado, una rebelión militar, contra un Gobierno elegido legítima y democráticamente; que si hubo una guerra fue simplemente porque el golpe de Estado fracasó. Nuestrøs bachilleres comprenderán muy fácilmente, entonces, toda la información contrastada, veraz, concreta y detallada sobre las atrocidades que perpetró el régimen salido de aquella rebelión militar. Comprenderán la locura de una cruzada cristianizadora fascista; comprenderán el papelón de la Iglesia católica en toda aquella larga y negra historia; a cualquiera le resultará sencillo comprender que la retirada de la cruz de Cuelgamuros no es ningún ataque al cristianismo sino, simplemente, que se trata de una cruz fuera de lugar.

Antes de hablar de los detalles conviene hablar de los valores de libertad, respeto y democracia, esos que no fueron respetados desde 1936. Y se podría utilizar incluso la Biblia, para que nuestros escolares comprendan cómo esas prédicas del amor y el respeto hacia el otro fueron olvidadas o manipuladas. A mí me bastaría con que se leyeran textos literarios y de Ciencia Política. Hagamos una didáctica transversal y aprovechemos la ocasión maravillosa para leer también teatro y otra literatura europea, para que todos nosotros comprendamos que fuera de la democracia, la libertad y el respeto solo habita el desastre, el odio, la muerte. Sí, llegado el momento hay que hablar de la muerte, algo tan humano, o tan deshumano.

Caeremos en un grave error si volvemos a las listas de los hechos, a las fechas, sin antes haber comprendido que aquellos hechos de aquellas fechas, o en estas actuales, no tienen justificación y son crímenes porque eran contrarios a una ética basada en el respeto al otro. La educación para la cultura política y la democracia debe estar basada en los principios éticos de Igualdad, Libertad y Fraternidad. Es demasiado tarde, es verdad, y sin embargo merece la pena intentarlo.

Y es demasiado tarde, también, porque seguimos con la hora hitleriana de Berlín, por una orden de Franco para el 16 de marzo de 1940, sábado, a las 23 horas.

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