Un diálogo necesario entre la población migrante y el pueblo andaluz

Nos encontramos en él cuando usamos la mirada del Otro para evitar nuestra libertad, para justificarnos, para no asumir quiénes somos

Una patera en una playa, en una imagen de archivo.
26 de abril de 2026 a las 13:25h

Con el proceso de regularización de la población migrante ya iniciado, se ha elevado el tono de las voces que despliegan racismo y xenofobia. Las fuerzas políticas de la derecha, desde los medios afines y desde las redes sociales, tratan de inocular el rechazo y la animadversión hacia la población migrante con todo tipo de bulos y falsos relatos. Un sector de la población acaba interiorizando ese argumentario, y el desprecio al migrante aparece en conversaciones y lugares donde hasta ahora no se percibía ese ruido.

La contraparte es la propia población migrante, que, sin embargo, con la angustia en sus rostros y la mirada perdida, se acerca a los puntos de asesoramiento y a las ventanillas de la administración buscando un poco de esperanza, un poco de dignidad; deseando que la vida, al menos, no sea prolongar el encierro social y el miedo con el que viven. Que no sea una constante huida de la presencia amenazante de quien pueda devolverlo al país del que salieron.

J.P. Sartre sostenía en su obra de teatro A puerta cerrada que "el infierno son los demás". En esta obra, y más tarde en El existencialismo es un humanismo, describe una estructura que surge en las relaciones humanas. Cuando estoy en presencia de otra persona, me sucede algo: me mira. La mirada del Otro me cosifica: yo me vivo como libertad, pero cuando tú me miras, me conviertes en objeto. Me fijas, me etiquetas, me quitas mi posibilidad de ser otra cosa.

Pero también necesito al Otro para ser. Paradójicamente, solo existo si alguien me reconoce. Si nadie me mira, no soy nada. Mi identidad depende de que tú me confirmes que soy. El infierno es esa dependencia: quedo atrapado. Para no sentir vergüenza, actúo como tú esperas que actúe. Me alieno. Dejo de elegir libremente y me convierto en el personaje que el Otro quiere ver. El personaje de la obra que pronuncia la frase lo resume así: "El infierno son los demás porque no puedo escapar a su mirada. Ellos me ven como no quiero verme".

Para ese migrante que angustiosamente trata de acceder a la regularización, la mirada es el Estado, el mercado, la policía, el patrón, el racismo. Y le dice: "Tú eres migrante sin papeles, eres ilegal, eres peligroso". Lo cosifica.

Eso es el infierno. Un infierno del que no escapa ningún migrante, incluso con papeles, porque "viene a ocupar mi lugar en el mundo".

Mi mundo, nuestro lugar en el mundo, lo vivimos desde una cultura, desde un pueblo y, en nuestro caso, desde Andalucía; y desde ese lugar me relaciono con otros pueblos del Estado, con otras gentes. Mi identidad depende de que tú me confirmes que soy. Y como pueblo, como andaluz, existo si alguien me reconoce. Si nadie me mira, no soy nada. El infierno es esa dependencia: quedo atrapado. Para no sentir vergüenza, actúo como tú esperas que actúe. Me alieno. Dejo de elegir libremente y me convierto en el personaje que el Otro quiere ver.

Antes que Sartre, Blas Infante ya nos advirtió del complejo de inferioridad inoculado al andaluz. Dice que España nos mira como "tierra de señoritos y de gandules", y acabamos actuando como tal: "El andaluz tiene un complejo de inferioridad que le ha sido inoculado por la mirada desdeñosa de los demás españoles. Se le ha hecho creer que es perezoso, ignorante, fatalista, incapaz de gobernarse a sí mismo. Y él ha terminado por creérselo y actuar en consecuencia". Este es nuestro propio infierno como pueblo.

Pero Sartre explica que no es inevitable vivir en el infierno. Nos encontramos en él cuando usamos la mirada del Otro para evitar nuestra libertad, para justificarnos, para no asumir quiénes somos. Si vivo pendiente de "qué pensarán de mí", estoy en el infierno. Ocurre cuando hay mala fe: cuando renuncio a mi libertad y me dejo definir por el Otro. La salida es asumir mi libertad radical, aunque dé vértigo, y relacionarme con el Otro sin querer poseerlo ni que me posea. Este análisis sartreano también es aplicable a Andalucía en tanto que pueblo cultural.

Andalucía, donde vivo mi mundo, es un territorio dentro del propio Estado que cumple el papel de colonia. Aporta materias primas y mano de obra barata al centro. No controla sus recursos ni su plusvalía: se decide desde fuera. Tiene dependencia estructural: su desarrollo se bloquea para que el centro se beneficie. Andalucía en los últimos siglos, y en la actualidad, ha sido y juega el papel de colonia interior de España: latifundio, emigración, extracción de riqueza minera, agrícola y turística. Andalucía es la exterioridad de la totalidad.

Sartre ha descrito cómo son las relaciones humanas en la totalidad, en un sistema. Es una totalidad que niega al otro. En efecto, hay miradas que te encierran y son infierno: la del capataz, la del policía, la del buen ciudadano. Pero no todo Otro es infierno. El filósofo de la liberación E. Dussel avanza en el análisis sartriano: el oprimido es salvación. Y ese oprimido nos mira también en nuestra tierra. Si Andalucía es la exterioridad de la totalidad, la población migrante sería la "colonia interior de la colonia", la exterioridad interna de Andalucía.

El infierno son los otros cuando esos otros son el sistema que me cosifica. Pero la otra mirada, la del jornalero de la chabola en Lepe que te dice "ayúdame", no te cosifica para dominarte. Te interpela para que rompas el infierno. Esa mirada no te encierra: te abre. Te saca de la mala fe de "yo no puedo hacer nada" Reconozco el infierno sartreano: vivo pendiente del qué dirán, del juicio de mi jefe, de no salirme de los límites de las ideas más aceptables (los valores centrales de la ventana de Overton). Estoy alienado. Pero el migrante me interpela desde fuera de ese juego. Su rostro dice: "Tu infierno está montado sobre mi espalda". Puedo seguir en la mala fe: "es que la ley es la ley", y "donde estoy yo, tú no cabes"; entonces el Otro sigue siendo infierno para él, y yo sigo siendo infierno para mí. O asumo mi libertad y respondo a la interpelación: me muevo, desobedezco, construyo otro mundo. En ese momento, el Otro deja de ser infierno y pasa a ser epifanía. Y yo dejo de ser objeto y paso a ser libertad responsable.

Dussel lo dijo explícitamente: "Sartre no vio que hay un Otro que está más allá del ser: el pobre. Ante él, mi libertad no se ve amenazada, se ve fundada". Por tanto, si la persona interpelada asume la libertad, reconoce que esa mirada del migrante lo funda como sujeto ético. Ejercita su responsabilidad con el Otro y se alía con él. La liberación de Andalucía pasa por escuchar al que la propia Andalucía oprime.

¿Quién mira, etiqueta y encierra al andaluz, a la andaluza, desde fuera? El centralismo, Madrid. La mirada que dice: "Andalucía es subvencionada, es vaga, es folclore, es problema". Te fija en ese papel. Intentas salirte y te cae el sambenito: "es que no sois productivos". Todo eso es el infierno sartreano: vives pendiente de un juicio ajeno que te niega tu libertad de definirte. Y si te lo crees, caes en la mala fe: "es que somos así", "es lo que hay". Infante pedía romper esa mirada, crear cultura propia, autogobierno. O sea: salir del infierno.

El riesgo es reproducir el infierno hacia abajo. El andaluz medio puede decir: "Mi infierno es Madrid (las élites económicas…), el señorito (el terrateniente, el fondo de inversión…), el sistema (el mercado, la PAC…)". Tengo razón. Hasta ahí bien. Es la toma de conciencia. El peligro de mala fe es quedarse ahí y no ver que él también mira así al de más abajo: al migrante, al sin papeles, a la gitana, al parado crónico. Y entonces repite el mismo esquema: "Los moros vienen a quitar el trabajo", "viven de ayudas". Lo cosifica para no enfrentarse a que él también es cosificado. El infierno en cadena: el infierno son los otros cuando esos otros son el centralismo, el señorito y el sistema que me niegan. Y yo me convierto en infierno para otro si reproduzco esa lógica con el más débil. La salida es escuchar al que está en peores condiciones que yo.

Así, han existido experiencias de participación conjunta y cooperación también en empresas agrícolas (en Almería, Huelva, la finca de Somonte en Córdoba, etc.): jornaleros andaluces que dijeron "ya vale de ser infierno para nosotros" y lo primero que hicieron fue meter a los migrantes en el sindicato. Rompieron la cadena.

Sin diálogo no hay liberación real para ninguno de los dos. Dussel lo llama "comunidad de víctimas" o "consenso de los excluidos". La idea: los que están fuera de la totalidad tienen que hablar entre ellos antes de negociar con el sistema. El poder no sale solo de tomar el Estado. Sale de crear una nueva totalidad desde la exterioridad. Y eso exige tres pasos:

En primer lugar, reconocerse como víctimas: “Tú y yo estamos jodidos por el mismo sistema, aunque distinta forma”. Pero también estableciendo un diálogo simétrico: No se trata de "integrar" al migrante; es poner los dos saberes, dolores y proyectos en la mesa, sin que uno mande. Por último, alcanzar un consenso antihegemónico: Acordar un proyecto común que no sea entrar en el sistema tal como está, sino cambiar las reglas.

Si no hay diálogo, pasa lo acostumbrado: el señorito, la patronal, las derechas políticas, ponen a las personas vulnerables a pelear por las migajas. "Los españoles primero", "nos quitan el trabajo". Ahí gana el sistema. La mirada del centro te la inoculan y tú la repites. El diálogo tiene sentido cuando el andaluz deja de mirar al migrante como infierno o competencia y lo mira como compañero de exterioridad. Y el migrante deja de ver al andaluz como español opresor y lo ve como compañero de miseria.

Blas Infante nos recordaba que andaluza es cualquier persona que viva en Andalucía "cualquiera que sea su origen". Así nace un "nosotros" que el sistema no puede comprar ni dividir. Sin eso, Madrid y el señorito duermen tranquilos.