Cada año, cuando llega el Día del Libro, tengo la sensación de estar ante una propuesta desmembrada. Una suma de actos sin hilo conductor, sin un modelo reconocible, donde —paradójicamente— escritores, editores y lectores terminan siendo los últimos personajes del relato. Hay actividad, sí, pero cuesta encontrar el sentido de conjunto, el pulso de ciudad que debería acompañar una fecha como esta.
Lo que percibo es una programación fragmentada que, lejos de asumirse como un problema, podría convertirse en una oportunidad de innovación cultural.
El Día del Libro podría ser muchas cosas que ahora no es: la fiesta de las bibliotecas, el día en que las librerías salen a la calle, el espacio de convivencia entre proyectos editoriales, asociaciones culturales y colectivos vinculados a las letras. Si, copa en mano y chicharrón en boca, no es excluyente. Ahí están los grupos de teatro, los clubes de lectura, los espacios de poesía, trabajando todo el año con discreción. Existen. Pero rara vez forman parte de un diseño común. Quizás crear un instrumento autónomo de coordinación sea una salida o quizás no, pero hacer comunidad, como sea, es básico para crecer como editores, escritores y lectores.
En otros lugares —sin necesidad de grandes artificios— se ha entendido algo básico: que hace falta un centro. Un eje reconocible. Una plaza, una calle, un espacio donde la ciudad se encuentre alrededor del libro. A partir de ahí, se despliegan actividades, sí, pero con sentido. En algunos municipios, la feria del libro actúa como núcleo y genera vida urbana real; en otros, el sistema educativo se integra en la celebración y convierte la lectura en un acto compartido; en otros más, el Día del Libro se vincula a la identidad local, a sus autores, a su memoria literaria. No es tanto una cuestión de presupuesto como de enfoque.
Aquí, en cambio, la calle y su programación siguen midiéndose en términos de consumo. Y la lectura —ese es el problema de fondo— no encaja bien en ese esquema. No llena bares ni hoteles de forma inmediata. No genera la misma rentabilidad visible que otros eventos. Y ahí aparece una consecuencia directa: si no hay consumo claro, el interés institucional se diluye o se delega en modelos de gestión que no están pensados para la cultura, sino para la actividad económica a corto plazo.
Eso implica algo incómodo: que el Día del Libro, si quiere tener sentido, no puede organizarse con la misma lógica que otros eventos urbanos. Requiere técnicos, planificación cultural, conocimiento del tejido local. Requiere tiempo y escucha. Y, sobre todo, asumir que su éxito no se mide en cifras de consumo inmediato, sino en algo más difícil de cuantificar: el fortalecimiento de una comunidad lectora.
Por eso, quizá el debate no sea cuántas actividades se programan, sino desde dónde se piensan. Si el modelo sigue siendo la suma de iniciativas dispersas, seguiremos teniendo un calendario lleno y una ciudad vacía de significado en ese día. Si, en cambio, se apuesta por un modelo basado en la territorialidad y la identidad propia —en reconocer quiénes somos, quién escribe, quién edita, quién lee en Jerez—, entonces el Día del Libro puede convertirse en algo más que una efeméride.
Porque hay una pregunta de fondo que conviene hacerse: ¿por qué la administración no apuesta con la misma claridad por este tipo de programación que por otros eventos de ocio, especialmente nocturnos? Si se destinan recursos a dinamizar la ciudad en determinadas franjas y formatos, también debería haber una inversión decidida en eventos diurnos que fomenten la lectura, visibilicen a editoriales, escritores y lectores locales y generen otro tipo de vida urbana.
Pero claro, eso exige algo previo y menos vistoso: conocernos, reconocernos y escucharnos. Sin eso, cualquier programación seguirá siendo, por muy extensa que sea, un conjunto de piezas sueltas incapaz de construir un verdadero proyecto cultural de ciudad.




