Pablo Casado comenta algo a Isabel Díaz Ayuso, en una imagen de archivo.
Pablo Casado comenta algo a Isabel Díaz Ayuso, en una imagen de archivo.

Hasta hace pocos días pensaba que ya lo había visto todo en política, desde dentro y también desde fuera, pero lo vivido en las últimas dos semanas ha venido a confirmarme que los vericuetos de la política son tan inescrutables como los caminos del Señor (Romanos 11; 33). Y viene todo a cuento del mercado persa en el que ha convertido el Partido Popular lo que debiera ser un uso democrático de la negociación y el acuerdo político entre los representantes de la voluntad popular pervirtiendo las reglas del juego con la única pretensión de perpetuarse en el poder a cualquier precio.

Lo vivido con la moción de censura que suscribieron el Partido Socialista y Ciudadanos en la Región de Murcia viene a poner sobre la mesa que la regeneración democrática y la lucha contra las corruptelas continuadas, incluida la vacunación de una buena parte de la clase política gobernante en la Región, era sólo un pretexto en boca de quienes a la primera oportunidad han vendido su alma al diablo con el único objetivo de perpetuar sus privilegios despreciando la propuesta ética que le confiaron sus votantes convertidos por obra y gracia del transfugismo en convidados de piedra de esta ceremonia perversa de apostasía.

Cuando Pablo Casado, tras el fracaso anunciado de la moción, afirma que “no todo vale en política” y que con ello se “inicia la reconstrucción del centro derecha en España” parece ignorar los materiales tóxicos con los que pretende por enésima vez construir su futuro y el del Partido Popular tomando el atajo suicida del transfugismo y el pacto con la extrema derecha. No cabe duda que en un tiempo no muy lejano alguien escribirá su epitafio político con la socorrida frase de “aquellos polvos trajeron estos lodos”.

Y quien no ha desaprovechado la ocasión del señor de Murcia ha sido Isabel, Díaz Ayuso para el común de los mortales, que en un abrir y cerrar de ojos aprovechó para cortar por lo sano su irreconciliable relación con Ignacio Aguado. Isabel, gran devota de aquel eslogan de la ONCE que afirmaba que “cada día tiene su ilusión”, se puso manos a la obra y, a una velocidad que sólo podría superar una rectificación de Juan Marín, convocó unas elecciones tan inoportunas en estos momentos de pandemia como apropiadas para sus intereses políticos personales, una jugada largamente planificada por su alter ego Miguel Ángel Rodríguez, MAR para los amigos, empeñado en construir la alternativa a Casado desde la Puerta del Sol.

Y todo ello a costa de Ciudadanos y de su actual Presidenta, la emotiva Inés Arrimadas, que en los momentos más difíciles ha optado por resistir heroicamente, como sólo una mujer es capaz de hacerlo, para resituar a su partido en lo que pudo haber sido y no fue por obra y gracia del extinto Albert Rivera, un partido moderno, de centro y capaz de convertirse en el eje en torno al que situarse las distintas alternativas de Gobierno en este país. No está sola Arrimadas en el intento, ha encontrado un fiel escudero en Edmundo Bal, un tipo que parece situado en las antípodas del paradigma oportunista y cuasi mafioso que representa Fran Hervías, muñidor de tránsfugas a su imagen y semejanza y prototipo indeseable del “ande yo caliente, ríase la gente”.

Y a todo esto Pablo Iglesias, “umbrío por la pena, casi bruno, porque la pena tizna cuando estalla” que cantara Miguel Hernández, ha salido en estampida del Gobierno camino de las barricadas al grito de “no pasarán” en un intento desesperado de conseguir la supervivencia de Unidas Podemos en la Comunidad. Su llamada de auxilio a su antiguo compañero de armas, Íñigo Errejón, ha encontrado la negativa de la candidata de Más Madrid, Mónica García, que ha aprovechado para darle un curso gratis de igualdad de género en diez minutos. En fin, como escribió Juan Ramón Jiménez: “¡No la toques ya más, que así es la rosa!”

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