Blas de Otero, en una imagen de archivo.
Blas de Otero, en una imagen de archivo.

Dejó escrito Fernando Pessoa, portugués universal, que “el deleite del odio no es comparable al deleite de ser odiado”. Quizás pudiera entenderse de sus palabras un cierto sentido masoquista de la existencia pero nada más lejos de ello. Vine esto a cuento del nuevo ataque a la libertad que algunos fantasmas del pasado han llevado a cabo contra lavozdelsur.es, que no es sólo la voz de quienes la hacen sino también de quienes la leen cada día a la búsqueda de la dignidad convertida en palabra escrita y de la opinión en libertad alejada de intereses mercantilistas y mercenarios.

Mi blog personal, que desde hace poco lleva el mismo nombre que acoge mis columnas semanales en este periódico y que durante mucho tiempo se llamó, casi premonitoriamente, Hablar en tiempos revueltos, desde su nacimiento, allá por diciembre de 2011, está encabezado por los versos iniciales del poema En el principio de Blas de Otero, una oda épica a la resistencia contra el pensamiento único y la defensa de la palabra libre como elemento consustancial al ser humano. Hoy, a la vista de lo ocurrido, cuando el odio liberticida se desparrama sobre las paredes blancas que encierran la defensa de la libertad de expresión conviene recordar como lo hiciera él: “Si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi patria, si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra, nos queda la palabra”.

Resulta paradójico que en este tiempo para valientes que vivimos haya cobardes que desde la nocturnidad y alevosía del anonimato busquen su minuto de gloria armados con su spray cargado de odio a la caza de la libertad de expresión, esa que sus líderes políticos, en un ejercicio innoble de cinismo, reclaman para sus bulos y noticias falsas propagados desde los medios mercenarios que pretenden hacer su agosto con el dolor ajeno y de paso intentan reclutar incautos mentales predispuestos siempre a servir a la última causa que le pongan por delante sin discernir más allá de la miopía social que les caracteriza.

Pero sería de una ingenuidad casi infantil ignorar que quienes así actúan se alimentan del discurso del odio que la extrema derecha, personificada en Vox, y la derecha extrema, que se ha apoderado de la sala de maquinas del Partido Popular, proclaman con cada una de sus intervenciones bien sea en el Congreso, el Senado, los parlamentos autonómicos o ante un rebaño de ovejas estupefactas, mientras se rasgan las vestiduras en defensa de la libertad de expresión y la de sus voceros a sueldo.

Frente a ese otro virus que corroe la convivencia democrática nos queda, como escribiera Blas de Otero, la palabra entendida como elemento esencial de la libertad y también la dignidad de quienes siempre creyeron en  aquello de que “en mi hambre mando yo”. Quizás llevara razón Pessoa cuando reclamaba para sí el deleite de ser odiado.

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