Una estatua de Cristóbal Colón.
Una estatua de Cristóbal Colón.

Algunos adolescentes encuentran todas las gracias a cualquier extraño. Con sus padres, en cambio, son hipercríticos. Lo mismo nos sucede a los españoles con nuestra historia, vista a menudo desde el catastrofismo. Por eso resultan tan necesarias las visiones ecuánimes en las que se nos recuerde lo obvio: no fuimos ni peores ni mejores que los demás. En La conquista de América (Cátedra, 2021), la hispanista sueca Inger Enkvist, catedrática emérita de lengua y literatura españolas, y el historiador Vicente Ribes Iborra, proponen un acercamiento a Colón, Cortés o Pizarro que se aleja tanto de la leyenda negra como de la leyenda rosa. El suyo es un estudio sereno, razonado, escrito con un estilo increíblemente pedagógico poco habitual en este tipo de ensayos. Los autores buscan comprender, no juzgar con criterios del siglo XXI a unas gentes que vivió bajo coordenadas mentales muy diferentes a las de una democracia parlamentaria de la actualidad. El pasado, como bien se nos recuerda en la introducción, no deja de ser un país extranjero.

Ahora que está de moda denostar las equidistancias, reales o pretendidas, tal vez muchos no estarán de acuerdo con un libro escrito “sine ira et studio”, un análisis que resulta que puede resultar incómodo por su falta de prejuicios. No se olvida la violencia de los españoles, tampoco la de los indígenas aunque, en los últimos años, los sacrificios humanos se tiendan a negar por motivos ideológicos. No en vano, determinadas carnicerías no concuerdan demasiado bien con el mito del “buen salvaje”. En este tema espinoso, en el que resulta difícil establecer verdades incontrovertibles, Enkvist y Ribes Iborra han preferido optar por la cautela. Señalan, no obstante, que los aztecas, con este tipo de prácticas, conspiraban contra su propio interés. ¿No les hubiera salido más a cuenta emplear a sus vasallos como mano de obra en lugar de sacrificarlos a los dioses?

En otros temas, la ponderación resulta igualmente de agradecer. ¿Fue Colón un héroe o un demonio? Su talento como navegante está fuera de duda. Otra cosa es que su incapacidad como administrador, agravada por defectos como el afán de protagonismo. Respecto a Cortés, elogiar su inteligencia y su valor no está reñido con admitir sus episodios de crueldad.

Visto desde el presente, resulta casi inconcebible que unos pocos cientos de hombres conquistaran unos territorios tan desmesurados habitados por millones de personas. ¿Cómo lograron un éxito tan rápido y contundente? En una parte no desdeñable, sus triunfos se debieron a la alianza con diversos pueblos indígenas. Los tlaxcaltecas, por ejemplo, estaban cansados del dominio imperialista de los aztecas. ¿Por qué no iban a unirse a los recién llegados de acuerdo con el principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo? Ellos no se movían por ningún impulso supersticioso sino por un cálculo de sus intereses políticos. Los españoles, mientras tanto, supieron adaptarse con pragmatismo a un entorno nuevo. Si les convenía copiar los a los indios sus chalecos protectores de algodón, simplemente lo hacían.

Nos hallamos ante un libro que no gustara a los practicantes de la vieja historia nacionalista, tampoco a los partidarios del indigenismo que ven en todo lo europeo un resplandor demoniaco. En un revelador capítulo final, Enkvist y López Iborra plantean preguntas provocadoras y deshacen mitos persistentes. ¿Por qué llegaron los europeos a las Indias y nos los indios a Europa? ¿Qué impacto tuvo la propagación de nuevas enfermedades? Aunque se les quiera hacer responsables de la catástrofe demográfica, los conquistadores no difundieron a propósito los letales microorganismos. En cuanto al impacto del oro y de la plata, tal vez aquel alud de metales preciosos no supuso una bendición sino todo lo contrario. Diversos testimonios de la época mostraron su preocupación ante la evolución de un país que abandonaba la economía productiva para refugiarse en el rentismo.

Construido con fuentes de la época y la mejor bibliografía historiográfica, La conquista de América supone, sobre todo, un remanso de sensatez. Nos devuelve a los descubridores en toda su complejidad política y humana, con más atención a los problemas del siglo XVI que a las guerras culturales del presente. Colón, Cortés o Pizarro no fueron santos ni una banda de nazis. Deben ser situados en su propio contexto. Si protestamos ante los monumentos a supuestos genocidas, también deberíamos pedir la retirada de las estatuas de Julio César, por su brutalidad en las Galias, o reclamar que se eche abajo la Columna Trajana por su apología de la dantesca violencia contra los dacios. Tal vez eso nos ayudaría a tener buena conciencia pero no nos permitiría entender mejor a nuestros antepasados.

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