El congreso en una imagen de archivo.
El congreso en una imagen de archivo.

La realidad política ha hecho que la desafección se haya convertido en el 'mal mayor' de la política española. Desde los inicios de la crisis de 2008, agravada por los numerosos escándalos de corrupción y las luchas internas de los partidos, ha ayudado a que el término esté cada vez más presente en la opinión pública, donde muchos lo han señalado como la gran patología de la política española.

El Centro de Investigación Sociológica (CIS) ilustra este fenómeno donde apuntan que son más del 75% los encuestados, los que han mostrado su desconfianza hacia las instituciones, los partidos y los políticos, convirtiéndose estos en el cuarto problema de la población española, después de la corrupción y el fraude.

Sin embargo, la realidad es que la población española y la política nunca han sido grandes amigas, por tanto, la afección por lo político se ha mantenido de forma desidiosa durante un excesivo periodo, surgiendo otros aspectos dentro de la terminología política; antipartidista, apolítico, antisistema….

Como ha señalado Mariano Torca, las condiciones políticas de España en estos últimos ciento cincuenta años, no han favorecido una relación positiva entre la democracia y las instituciones. “Este trasfondo histórico constituye el origen político de las actitudes de la desafección que se encuentran en el país “(Torcal, 2002).

La polarización política y el desintegrado sistema de partido durante la segunda república fraguó la idea de la ingobernabilidad del país,  sumado a la intensa campaña negativa del gobierno de Franco sobre la política, relacionándola con la mentira y la corrupción, y  a pesar de estas casi cuatro décadas de democracia, donde se han desarrollados diferentes modos y canales de participación, no han sido suficientes para diluir la apatía de los españoles sobre la política y los políticos, que ha ido in crescendo desde entonces.

El diagnóstico de la situación actual no es más que otro “cuadro clásico” de desafección política que poco tiene que ver con los síntomas del “descontento” como ha indicado el profesor Juan Ramón Montero.  

El descontento alude a la insatisfacción de la población surgida por la incapacidad de gestión de los gobiernos ante los problemas más básicos. A pesar de su carácter negativo que emerge sobre todo en los sectores más afectados, este no es capaz de incidir sobre la legitimidad democrática, lo que lleva a que se produzca fluctuaciones que cambian según los datos electorales y económicos.

La desafección política, sin embargo, describe la creciente desconfianza y el distanciamiento que existe entre la ciudadanía con los representantes de las instituciones, donde los ciudadanos platean la sensación subjetiva de falta de poder. Un factor que se ha mantenido estable y predomina a pesar de los cambios. Convirtiéndose ésta, en “el principal rasgo de inestabilidad en la cultura política de algunas democracias consolidadas de Europa occidental” (Paramio, 1994).

Un distanciamiento hacia el sistema político que, a pesar de ser invariable, ha mostrado su aumento desde 2008, como señalan las encuestas sociales europeas, lo que ayuda a señalar a la crisis como uno de los factores importante que influye sobre este fenómeno, sumado a  la corrupción.

Gran parte de las mediciones del distanciamiento se realizan a través de los niveles de interés mostrados hacia la política, donde nuevamente las encuestas han apuntado el elevado grado de desinterés por la política que plantea España, los cuales han mejorado en el último periodo, como resultado del levantamiento de parte de la ciudadanía,  que se ha alejado de sus posiciones de hastío y desinformación sobre la política y han comenzado a mostrar un interés más relevante y documental sobre la misma.

A pesar de haber sido insuficiente, puesto que el incremento de la población interesada, no ha sido lo suficientemente elevado como es deseado en una democracia participativa, el sentimiento de protesta, ha sido capaz de elevarse al ámbito electoral incluyendo a nuevas formaciones políticas, que han despojado grandes cuotas de poder al bipartidismo.

Sin embargo, se plantea una difícil tarea para estas nuevas formaciones, pues de no ser capaces de establecer cambios relevantes y mantener sus compromisos políticos, así como sus promesas en el futuro, la desafección política podría pasar a ser un problema de carácter estructural y no coyuntural, lo que desarrollaría una frustración sobre la población que se ha activado, que difícilmente podrá salir del estado crítico a pesar de grandes dosis de tratamiento terapéutico.

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