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Como platos. A veces, la vida tiene el dudoso honor y la endiablada satisfacción de dejarnos con los ojos abiertos de par en par; tanto que los ácaros moradores del polvo llegan a irritar las corneas, faltas de la hidratación que libera constante el parpadeo. Tiene sus luces y sus sombras pero es inevitable, como cumplir años o hacer la declaración de la Renta. Hay quienes dicen que adoran las sorpresas, otros alertan de que las aborrecen, pero casi ninguno se siente cómodo con la perplejidad. En ocasiones, nos asombran con un viaje inesperado, nos chafan con un proyecto que se cae… pero ese tipo de alteraciones no son las que nos pasman. Cada época se ha visto superada por sus propias extrañezas. La mutación de las costumbres —algo que, por lo general, sucede a golpes— es buena muestra de ello. Lo que escandalizó a nuestros abuelos fue aspiración para nuestros padres, es —quizás— lo común para nosotros y será peccata minuta para nuestros hijos. Y así se perpetúa la dichosa comedia humana, que dijo algún irreverente narrador posmoderno.

Desde que algún paisano ancestral se deleitó por vez primera con el fuego hasta que iluminados más cercanos, como el bueno de Jobs, se fascinaron con el poder del dedo sobre la pantalla de un móvil, la sorpresa ha tenido utilidad. Tras el asombro, llegaba el para qué. Es entonces cuando todo empieza a cobrar sentido, cuando nos deleitamos con el feliz descubrimiento. Sin ir más lejos, un nacido en los 80 alucina pepinillos cuando comprueba cómo hoy en día es posible acceder a contenidos casi ilimitados a través del gigantesco repositorio virtual de la Red; incluso para seguir aquella serie que otrora le costaba la clásica espera semanal condicionada a la parrilla. Lo que ocurre es que hemos ido digiriendo la sorpresa con voracidad, como si fuera ilimitada. Como le sucede a un estómago humano, que crece en función de la cantidad de comida suministrada  —o a una tortuga doméstica, que condiciona su forma adulta al tamaño de su habitáculo—, la sorpresa aumenta sin saberlo en virtud de unos parámetros: lo que consideramos o no admisible. En este sentido, la perplejidad con respecto al entorno va en disminución conforme avanza la vida, pero a veces eclosiona como un volcán emergido de las aguas. Podemos pasmarnos con que todo un país se paralice frente a la tele año tras año para ver convivir a una docena de aspirantes a la nada. Puede dejarnos atónitos que un chavalín barbilampiño de profesión ausente —y no menos inquietante faz— salte al estrellato por aparecer en instantáneas junto a políticos de renombre en recepciones regias. Si, para colmo de males, el chavalín en cuestión y el programita de marras convergen en el mismo plano de realidad, la mandíbula se queda ya desencajada para los restos. Y no es, ni de lejos, lo único que nos puede dejar patidifusos.

Quizás algún día acometa la titánica tarea de intentar explicarle a la abuela qué narices es un youtuber. Podría tomar para ello la representativa semblanza de Felix Kjellberg, un veinteañero sueco que atesora, según la Forbes, un patrimonio cercano a los 12 millones de dólares. Otra docena indolente, qué le vamos a hacer. Bajo el nombre de PewDiePie, el compatriota de Ikea atesora cerca de 40 millones de seguidores y suma más de 300 millones de reproducciones al mes, lo que lo convierte en el más exitoso del globo dentro de esta nueva estirpe. Ha amasado una fortuna con tan solo una cámara casera, un micrófono, conexión a Internet y bastantes chorradas bajo el brazo. Esto, por sí mismo, es suficiente para que propios y extraños no encuentren el modo de cerrar la boca, pero si además añadimos que no seríamos capaces de explicarle al yayo —ni tan siquiera al padre, en muchos casos; ni a decir verdad, a nosotros mismos— a qué se dedica el buen señor, el asombro se desborda. Se antoja rentable esto de las chorradas online pero ¿cómo salir de la sorpresa en el territorio salvaje de la memez cibernética? ¿Cómo responder ahora a la crucial pregunta de Perales si lo que no sabemos es a qué dedican estos seres el tiempo de trabajo? Es posible que un día cese la estupefacción, y ese —y no otro— será el momento de abrir un canal, de colarse en la proclamación de algún principito o de encerrarse en una casa enfocada. A fin de cuentas, habrá llegado la hora de curar el espanto. 

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