Primero perdí mi fe en un mundo posterior al que conozco, un mundo ideal con el Supremo Hacedor habitando en él. Demasiado rezar y poco actuar, mucho que inventen ellos, mucha unión entre el cetro y el altar. Poca acción y los que eran activos dentro de ese mundo de gemidos e injusticias que esperaban un reino mejor fueron y son perseguidos desde el mismo reino terrenal en el que deseaban o desean trabajar. Un ejemplo máximo contemporáneo: Juan Pablo II llama la atención, en público, en el aeropuerto de Managua, a un entonces arrodillado ante el Papa ministro de cultura sandinista, el sacerdote Ernesto Cardenal, por haber decidido defender sus creencias en la guerrilla. No, los mercaderes no sólo no se fueron del templo, sino que se asentaron en él y se unieron más al tiempo que se mataban y se defendían de las aspiraciones a las que llamaron utopías, desde la platónica hasta la marxista pasando por las de Campanella y Tomás Moro.
Me apunté al marxismo y allí encontré a cristianos, mi razón comenzó a funcionar con fuerza, a ver si en el marxismo pudiera llevar a cabo algo más útil, menos pasivo. Sus análisis son muy aprovechables, pero también estaban asentados sobre imaginarios como eso de “proletarios de todos los países, uníos” o el final de la Historia reposando en un mundo comunista sin clases. Eso no era humano, el apoyo en el ingenuo Rousseau era y es una fantasía, el humano vive de fantasías desde que abrió los ojos a su entorno, no lo entendió y tuvo que ponerles nombres a las cosas usando la mitología. No, no se trataba de una colaboración social para capturar un mamut o cualquier otro gran animal, era una actuación individual de cada cual para conservarse que precisaba del otro.
¿Por qué aparecía un ser redondo y fulgente? Llamémosle Atón o Inti; ¿por qué caía un líquido desde el cielo y lo empapaba todo? Llamémosle Tlaloc; ¿por qué ese líquido se unía con el suelo y el suelo nos daba alimento?; llamémosle la Pachamama. ¿De dónde procede lo que llamamos viento? Sí, de una cueva en la que habita el dios Eolo, él soplaba y su milagro recorría la Humanidad. ¿Por qué los humanos fuimos adquiriendo conocimiento de nuestro entorno? Porque no sólo Eva nos indujo a comer la manzana del árbol del conocimiento, sino que Prometeo nos rebeló el secreto del fuego a los humanos y su señor, Zeus, se indignó y condenó a Prometeo a una tortura eterna.
Claro, la violencia y el conocimiento son potestades absolutas del Poder, el pueblo que juegue y se distraiga y quien desafíe al Poder que cargue con las consecuencias. No, esto no podía ser así de simple, tenía otra simplicidad tremendamente compleja de la que los humanos huyen, empezando por esa izquierda que aspira a unirse para que los mercaderes del templo no sigan su avance. Hay que explicar de nuevo el mundo, pero el mundo es demasiado complejo para los políticos que sólo aspiran a vivir de lo que, por ahora, es su entelequia. Todos vendemos algo en este mundo: los mercaderes, objetos; los progresistas, ilusiones, supuestos, ambos factores son tan necesarios como el aire y el agua. La izquierda es un imaginario, pero un imaginario preciso.
Dios era y es eterno, la materia también. Procedemos de ella. He aquí el gran golpe a nuestras lógicas aspiraciones de vivir y morir mejor. Somos una articulación de partículas, pero como eso es muy duro de admitir mejor volvemos a Dios, volvemos al Dios que todo lo creó y a la unidad de la izquierda que termina con el mal e instaura la justicia. Volvemos al zoroastrismo.
¿Quién tiene que hacer todo eso? El humano, el pueblo. ¿Puede hacerlo? No, por el momento, no. Por ahora, todos somos de derechas, queramos o no. Una cosa es ganar elecciones y otra levantar una sociedad de izquierdas. Aunque se debe seguir intentando, es como una forma de esperanza en la llegada de un Profeta, en otra venida de Dios. La izquierda pura y dura -no este amasijo de personas que buscan su propio bienestar y no lo hallan ni entre ellos- es la conciencia de los poderosos mercaderes que ahora negocian con la inteligencia artificial y demás tecnologías que no sabemos hasta dónde nos pueden llevar. Por el momento, nos han llevado a la anulación de la izquierda. ¿Por qué?
Porque el pueblo conecta con ellos, con los mercaderes, al pueblo le gusta lo que les dicen, les gustan las ilusiones audiovisuales de todo tipo, le gusta huir de sí mismo, le gusta el orden, la simplicidad, no toda esa patulea de asuntos que les impone una izquierda metida a monja de la caridad, la religión del pueblo es para los domingos y para inundar las calles de santos, no para cumplirla. Ni quisiera los predicadores izquierdosos hacen caso de lo que ellos mismos pregonan…
Mientras los cerebros que tenemos por izquierda piensan en unirse para detener al demonio que se han buscado con el fin de darse razón de vida a sí mismos, yo pienso en otra clave que a ellos tal vez no les guste leer ni escuchar. No les interesa, no pueden aceptarlo porque supondría su destrucción, debilitarse aún más de lo que ya se han debilitado cuando han tropezado con la realidad cargando con toda su mitología y sus religiones como las religiones se vendrían abajo si razonaran sobre el verso de Antonio Machado “aquel trueno vestido de nazareno” y no huyeran de sus razonamientos.
Lo que desea todo ser vivo es prolongarse en el tiempo y para ello utiliza su necesidad y su egoísmo. Lo primero que debe hacer todo ser humano es autoanalizarse para que sus demonios interiores contaminen lo menos posible el resultado de sus reflexiones y argumentos. Tras este difícil ejercicio –nunca logrado del todo- es cuando debe mirar fuera de sí y de su entorno más inmediato, es cuando debe mirar su vida, la vida de su especie y la vida que le dio vida a su especie, una vida que procede de la no vida.
Dios en realidad no murió porque nunca existió, su existencia se deriva de la mente deseante e insegura de su creador –el humano-, la mente que lo creó y lo mató para sustituirlo por una multitud de dioses nacidos de su necesidad y de su debilidad. Dios fue una hermosa creación –demasiado hermosa para ser cierta- que ha dado lugar a manifestaciones artísticas y espirituales que el humano ya traía consigo, en su ADN, manifestaciones a las que se ha sumado y con las que se emociona, se consuela, disfruta y llora el autor de este texto periodístico que trabaja con ideas y huye de los personalismos chismosos de letra negrita.
Este autor llora el paraíso perdido -y de ninguna manera persigue ofender a quienes creen sinceramente en él- pero se alegra de haber comprendido el hecho y lleva esa pérdida con valor, forma parte de su valentía y de su existencia.
Parte de lo dicho hasta aquí lo dejé reflejado en un libro de más de 500 páginas que publiqué en 2020 con gran dolor de mi alma y, por supuesto, con poquísimos lectores: Evolución, Historia y Comunicación en un mundo digital (Discurso hipotético). Debo estar equivocado, pero, por desgracia, no lo estoy. Porque este plumilla tiene alma, está en el cerebro, como sabemos por la neurociencia, y por mi alma y mi corazón me dejo llevar a veces cuando entro por la tarde en una oscura iglesia y me siento entre el silencio y la cadencia de una música sacra a conversar con el hombre que siempre va conmigo, “el caminante y su sombra”, dijo antes de Machado mi maestro Nietzsche.
Allí comprendo de nuevo que tanto la izquierda como la derecha son dos formas de engaños necesarios para una especie cada vez más dominada por las circunstancias que ella misma ha construido. Y que eso es lo que hay en un mundo a pesar de todo apasionante, digno de ser estudiado. Sí, la izquierda, por el momento, es un paraíso imposible. Pero también lo es la derecha. O, mejor dicho, paraísos nunca hallados. Por eso hay que seguir trabajando, lo haremos la minoría de siempre, la inmensa mayoría mira y aguarda que les saquen las castañas del fuego o, también, como escribió Machado, y queda mucho más digerible, “otro milagro de la primavera”, mirando “hacia la luz y hacia la vida”.
