El esaborío de la Semana Santa

La Semana Santa se puede ver con el corazón o con la razón aunque al final mezclamos ambos elementos, es inevitable o casi. Si la ves con el corazón se te eriza la piel. Hasta se escapa una lagrimita recordando la juventud que se fue para no volver y los seres muy queridos que se marcharon mientras tú haces oposiciones para imitarlos y lograr un escaño en el más allá

Una imagen de la pasada Semana Santa en Cádiz.
29 de marzo de 2026 a las 08:33h

Esaborío, saborío, desaborío, ¿qué más da? Ya nos dirá María Jesús Montero cuando publique esa magna obra sobre la lengua andaluza si se puede decir de las tres formas o ella impone una y a callar. Yo le propongo “desaborío”, de esa manera la “d” y la “e” se las queda Hacienda y el resto, saborío, es para el bolsillo de la gente. 

Hay en la red un sitio que se llama Diccionario Andaluz Fítitu que aclara bastante el asunto: “si dices saborío, desaborío o esaborío no fallas, siempre aciertas. Si escribes, ¡cuidado!, tienes que hacer la distinción: para hablar de alguien soso utiliza desaborido, para hablar de una persona desagradable o de un día desapacible debes usar desabrido”. 

Están ustedes -minoría selecta que me lee- ante un desaborido al que le encantan los días desabridos y por eso frente a millones de personas andaluzas, sobre todo, mi condición es la de desaborido y como esa es mi condición titulo estas líneas “esaborío” porque así me apetece.

La primavera es una esaboría 

¿Por qué soy lo que soy? Porque este calor que empieza a entrar en Andalucía con la primavera ya me está fastidiando muchísimo en sí mismo y, otrosí, me anuncia el infierno de julio y agosto, sobre todo. Porque la Semana Santa -que comenzó el Viernes de Dolores- es una aglomeración muy desagradable, de ahí que, después de haber vivido a fondo la Semana Mayor y de tener hasta un diploma de bodas de plata como hermano de una cofradía, me espante bastante tanto gentío.  

Entre el turismo y la libertad y libertinaje joven con horas de salidas y llegadas a casa totalmente libres, permitidas por unos padres que temen que sus hijos les riñan -se ha invertido la ecuación-; entre las sillitas que coloca la gente en plena bulla y entre el aumento estruendoso del número de nazarenos, mire usted, me quedo en casa viendo en 13TV -si es que las proyectan- las películas de toda la vida (Quo Vadis, La túnica sagrada, Rey de Reyes, por supuesto Ben-Hur…) y diviso la SS por la tele también. 

Eso sí, lo mejor de la SS son las torrijas, merecen punto y aparte. Comer una torrija es besar el cielo sobre todo cuando está nublado y no huele tanto a azahar por las calles, qué agobio.  

La emoción eriza la piel

La Semana Santa se puede ver con el corazón o con la razón aunque al final mezclamos ambos elementos, es inevitable o casi. Si la ves con el corazón se te eriza la piel. Hasta se escapa una lagrimita recordando la juventud que se fue para no volver y los seres muy queridos que se marcharon mientras tú haces oposiciones para imitarlos y lograr un escaño en el más allá, para lo cual parece que no hace falta estudiar absolutamente nada, si bien eso no es cierto porque el sentido de la vida es conocer todo lo posible su significado. Incluso deducir que carece de sentido ya es haber conquistado un sentido.   

No es que anhele la juventud, me alegro en el fondo de que, en efecto, haya sido una enfermedad que se me ha pasado con el tiempo (a diferencia de otros muchos de mi edad y mayores que siguen en una adolescencia bis). Lo que añoro es el tiempo cuando ahora sé con toda seguridad que me quedaban aún cincuenta o sesenta años más de vida por delante que me han vuelto más sabio. 

Llevo con resignación y cierto cachondeo los pildorazos “progresistas” y de los otros que me endiñan a veces -es el precio de ser uno mismo- y mis achaques y reto a la juventud a llegar a previejo como yo he llegado. Por ejemplo, si tengo que tirar ahora mismo por la ventana mi móvil lo hago y sigo adelante o lo miro lo necesario y no pasa nada, el cacharro está a mi servicio. Mi vida la llevo yo. Esa joven, Noelia Castillo Ramos, a la que han aplicado la eutanasia esta semana, ha demostrado el valor de llevar ella su vida y su muerte. No les ha gustado a los católicos ni a mí tampoco, pero ella es ella y ha tenido tiempo de pensarlo y decidirlo.

A mí me parece que cuando no nos gusta que alguien en su sano juicio decide que lo quiten de en medio es porque tememos que Dios nos castigue por no actuar como se supone que desea Dios que lo hagamos o porque vemos nuestra muerte en la suya. Más claro: nos importa más que nuestra conciencia esté limpia a que alguien diga adiós a esta vida con toda su consciencia.  

La razón es una aguafiestas

Con lo dicho, acabo de empezar a ver el mundo con la razón. Entonces, todo ser viviente se convierte en un esaborío y en un aguafiestas, lo han sido muchos filósofos (Spinoza, los existencialistas, mi maestro Nietzsche, por supuesto) y muchos científicos que siglos atrás acabaron en la hoguera. Hoy en día, como lo de la hoguera no tiene marketing, se aplica mejor la marginación. 

En la actualidad hay más tribus de lo que parece: verbigracia, tribus académicas y tribus políticas vestidas de académicas que se esconden y se reúnen en la sombra, a diferencia de las tribus de toda la vida. Desde la sombra planean sus acciones usando sobre todo sus emociones más destructivas, tanto, que con frecuencia sus miembros terminan enfrentados y formando, a su vez, más tribus. Es un espectáculo triste y divertido a un tiempo, es el destierro de la razón. Lo malo es que quien se tome en serio su trabajo tiene que aguantar a este personal a pesar de que decida apartarse de esa tropa.   

La Semana Santa termina en Cádiz

Si interpreto la Semana Santa con la razón no tengo más que pensar que todo el ceremonial religioso andaluz no existe a menos de veinte kilómetros de las costas de Cádiz. Allí hay otra verdad, en un rato, un barco te lleva a una tierra en la que las cosas cambian radicalmente en bastantes aspectos. Entonces, miro las imágenes semanasanteras y ya no se me alzan los pelillos, lo que observo son simples tallas artísticas que aquí poseen un enorme valor y allí muy poco o ninguno. 

Otro esaborío, y buen amigo, Schopenhauer, constata: “Pretender que un gran espíritu crea seriamente en la religión cristiana o en cualquier otra, es como pretender que un gigante se calce el zapato de un enano”. Y otro más, también amigo del éter, Bruno Bauer, filósofo y teólogo alemán, rechaza la religión a la que considera el principio de la exclusión entre los seres humanos. Cierto, pero incierto: la religión, para la inmensa mayoría, es algo tan necesario como el agua.  

Una procesión juvenil el Viernes de Dolores. JUAN CARLOS TORO

Eso ocurre aquí y a pocos kilómetros del sur de la provincia de Cádiz, pero lo que aquí es imprescindible allí no, allí es sustituido por otros ritos equivalentes. En cierta ocasión le estaba enseñando a una colega marroquí el centro de Sevilla y al pasar por la Giralda la miró y dijo algo así como qué hermosa es con ese estilo islámico aunque la habíamos estropeado “con esa muñequita que le habéis puesto ahí”. Se refería a una hornacina que está muy a la vista casi al pie de la Giralda en la que han colocado una figura de color blanco de la Virgen de los Olmos, una escultura de alabastro sin policromar cuyo original -una talla anónima del siglo XIV- está dentro de la catedral. 

No le dije nada a mi colega, no iba a ponerme en plan matamoros, su frase lo decía todo, por otra parte. La Giralda -como afirmaba mi amigo y gran pintor Amalio García del Moral, nacido en Granada pero asentado en Sevilla donde logró cátedra en Bellas Artes y pintó la Giralda 365 veces en colección ignorada por las autoridades-, La Giralda es, afirmaba Amalio, un monumento muy representativo de la tolerancia, la síntesis entre las culturas árabe, cristiana y judía. Además -esto lo añado yo- el islam contiene tres profetas, uno de ellos es Jesús de Nazaret. 

¿Creencia o postureo?

A pesar de todo nos matamos por unas creencias u otras con este cerebro que es casi el mismo que nos guiaba hace 50.000 años por lo menos. Es el motivo central por el que no me atrae ya como antes la Semana Santa. Tanto aumento de nazarenos, ¿es religión de verdad? Tanta procesión todo el año, ¿es creer de verdad? En Sevilla hay sectores cofradieros que desde hace tiempo se hacen estas preguntas. 

Miren, les diré algo y termino ya esta homilía dominical de una forma más esaboría aún. Sospecho que este que firma -o sea yo- con mi condición de ateo materialista convencido, esaborío y todo lo que deseen decirme, le tengo más respeto, recogimiento y admiración a la Semana Santa que muchos de esos nuevos nazarenos en los que supongo más afán de pose y “aventura recreativa” que fe auténtica. Si no, ¿me quieren decir dónde se halla la mayoría el resto del año? Sospecho más: hay más postureo que religiosidad, algo que se une al machadiano “trueno vestido de nazareno”.