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¿Qué diferencia un pique puntual entre alumnos de un incipiente caso de acoso escolar? ¿Debemos investigarlo todo? ¿Cuándo estas "cosas de críos" se convirtieron en un problema social que no alcanzamos a solventar ni los adultos?

Recuerdo que en mis tiempos, y no hace tantos años, había gordos, flacos, empollones, orejones, gafotas y alguna modalidad más que ahora se me escapa. El que pretendía el aplauso de toda la clase al pronunciar alguno de estos adjetivos en voz alta era reprendido por el maestro o profesor de turno, pedía disculpas y recibía algún castigo que podía ir desde copiar 100 veces "respetaré siempre a mis compañeros" hasta quedarse sin recreo o, en el más grave de los casos, la expulsión del colegio durante algunos días. Aquellas burlas no se definían bajo ningún concepto y, en la mayoría de los casos, se olvidaban pronto porque raramente iban más allá de lo narrado.

Hoy todo es más grave. Y lo digo sin ironía. Se le llama acoso escolar o bullying y se está convirtiendo en otro compañero de mesa cada vez que sintonizamos las noticias teniendo, en algunos casos, el desenlace más nefasto, por lo que se están poniendo en marcha mecanismos para combatirlo. De hecho, el teléfono dispuesto por el gobierno ha recibido miles de llamadas en tan solo dos meses y muchos de los casos que se han planteado ya están siendo estudiados. Pero también se trabaja desde los centros, con dinámicas en los diferentes grupos de estudiantes, explorando las que ya están funcionando en otros países o inventando las propias.

Sin embargo, hay demasiadas cuestiones en este tema que, al menos por mi parte, no encuentran respuesta: ¿qué diferencia un pique puntual entre alumnos de un incipiente caso de acoso escolar? ¿Debemos investigarlo todo? ¿Cuándo estas "cosas de críos" se convirtieron en un problema social que no alcanzamos a solventar ni los adultos? ¿Cómo controlamos lo que sucede en los cada vez más numerosos grupos ante los que trabajamos día a día? Esta última pregunta es sin duda una de las que más me inquieta como docente -no por el tema de la masificación de las aulas, que eso es otro tema- puesto que los profesores podemos recriminar acciones puntuales dentro del aula o el centro educativo pero las nuevas tecnologías, aquellas que venían para facilitarnos la vida y que nos están complicando la existencia en algunos aspectos, son un elemento protagonista cuando hablamos del bullying: no solo porque muchas vejaciones se graban, también debido a que a través de las diferentes aplicaciones de mensajería o redes sociales se continúan e incrementan las humillaciones.

Fundamental, por tanto, fomentar en el aula el concepto de respeto como una máxima primordial en el centro educativo y en el resto de espacios sociales en el que se relacionen. E insistir a los adolescentes que ese adjetivo de carácter despectivo que ellos afirman pronunciar de manera cariñosa puede afectar más de lo que pensamos a quien lo recibe. Porque para ellos, para los jóvenes, ahí está el límite y la diferencia entre el acoso y lo que no lo es: la manera en la que se dicen las cosas. Y no es solo eso pues más importante es quien recibe la información: qué percibe la persona afectada, cuáles son las circunstancias personales o emocionales en las que se encuentra, cuántas miles de preguntas recorrerán también su mente cuando recibe insultos, qué finales inventará a su pesadilla...

Estamos, por tanto, ante una creciente problemática social que, como tantas otras, requiere del esfuerzo y la responsabilidad de todos. Por eso, al incremento del control de los padres y al estado de alerta ante circunstancias o comportamientos inusuales en el que debemos situarnos los profesores, tenemos que sumar el compromiso de los alumnos para que no sean verdugos ni cómplices del acoso, ellos que son quienes mejor se mueven y conocen su entorno. Y es que no podemos mirar hacia otro lado, ni podemos acostumbrarnos a algo que no debe ser habitual por muchos titulares que acapare algunos días. 

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