Laura Luelmo, en una imagen de archivo.
Laura Luelmo, en una imagen de archivo.

—Mamá, papá, me acaban de llamar de Delegación de Educación para cubrir una vacante en Minas de Riotinto, hasta final de curso.

Y mis padres orgullosos, locos de contentos, felices. Mi primera vacante a los 25 años, después de unas cuantas sustituciones cortas en algunos pueblos de Andalucía. 

La maleta siempre lista, en el coche, y una agenda con direcciones, hostales, teléfonos para posibles alquileres de pisos por si la estancia se alargaba. Y los apuntes, porque ese año tocaba opositar de nuevo. Si la Delegación te llama, has de incorporarte rápido, casi de un día para otro. La interinidad entraña esa rara emoción que provoca la incertidumbre. Emoción, vértigo, pero nunca miedo, nunca.

Llegar a un sitio lejos de la familia, en plena juventud. Alquilar un lugar para convertirlo en hogar para unos meses, un año. Convivir con lo nuevo, con los extraños. E intentar asimilar que el futuro se despliega ante los ojos, entre aulas llenas de inquietudes, compañeros más antiguos que guían, claustros, evaluaciones, y el volver cada día a la casa provisional, con el ánimo dispuesto y la voluntad abierta para vivir la aventura de la realización profesional.

Cuando estos días he leído sobre Laura Luelmo, por un momento he cambiado su nombre y apellido por los míos, y en esa empatía, inútil ya, le he visto la cara al miedo. Lo que más duele es desanclar de golpe tanta vida, arrancarla porque sí, para saciar el hambre y llenar de odio el vacío voraz de un depredador más, de los muchos que habitan la ciudad, el pueblo, la casa de al lado. 

Depredadores que persiguen a las muchachas que corren hacia la vida, a las que observan, vigilan, acechan como carne de presa que devorar y desechar en cualquier camino de un bosque donde el frío y la niebla aún nos aturde a todos. No entendemos los motivos. No estamos preparados para tanta maldad.

Esta mañana, escuchaba en la radio que los indicios son muchos: tuvo un final violento.

Sí. Acabar la vida así es un acto de violencia, siempre, y una falta de respeto a la muerte misma, a la que se le arrebatan sus propios designios. Pero las alimañas no entienden del orden de las cosas, ni saben del equilibrio y la bondad.

Pienso en mi compañera, en todas las compañeras cuyas almas esperan en las cunetas a que todo cambie, más allá de campañas solidarias en las redes sociales. Ojalá lleguen pronto los tiempos en que no tengan sentido las advertencias ni las precauciones. Ojalá mañana nos despertemos y los únicos cadáveres para el recuento pertenezcan a los monstruos y sus despojos.

DEP, compañera. DEP, Laura Luelmo.

Para ti, mi poema. No tengo otra forma mejor de expresar el horror.

Vuelve a casa descalza.

No soporta los tacones, ni el peso

de la calle, ni huye ya

de los depredadores.

Sabe que la huelen. Siguen

su rastro en las aceras

y marcan con la sangre de otras,

las esquinas, los bares,

los carteles de “se alquila”, la hilera

de los coches sin nadie,

alevoso refugio de los gatos.

No acelera el paso, aunque tiene prisa.

Más que nunca añora la suavidad

de los días sencillos.

Y a mamá.

Esta ciudad absurda

engulle chicas descalzas a veces.

Rara mañana sin ruido ni pájaros.

Ya es domingo.

Y sobre los charcos flota la luz.

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