Uno de los protagonistas del vergonzoso y violento asalto al Capitolio.
Uno de los protagonistas del vergonzoso y violento asalto al Capitolio.

Abuela, no te imaginas lo que ha pasado en los Estados Unidos. Ni los mismísimos hermanos Coen podrían haber escrito  un guión en el que un tipo  tocado con pieles y cuernos de bisonte, la cara pintada y el cuerpo plagado de tatuajes presidiera durante unos momentos el senado norteamericano. Esta vez, los americanos se han superado a sí mismos dando golpes de estado. ¡Y jugando en casa! Porque yo no entiendo mucho de leyes, y menos americanas, pero si eso no es un golpe de estado, que me digan qué es. Viendo a Jake Angeli de esa guisa, una siente una extraña lástima por Tejero, tan castizo él, con su uniforme verde oliva, su tricornio, su bigotito… ¡Qué triste por Dios!

Perdonen este sarcasmo. Una tontería más a añadir a las decenas que han circulado por ahí sobre el asalto al Capitolio, algunas de ellas, muy ingeniosas, aunque maldita la gracia que me han hecho. Porque por muy esperpéntico y cachondo que resulte ver a alguien que parecía salido de los Village People o de la chirigota del Yuyu presidiendo el Senado, no se nos puede pasar por alto que ese hito es la consecuencia inevitable de la dinámica de confrontación que Trump y sus seguidores han alimentado durante cuatro años. Una  política de odio que ha provocado una profunda fractura en la sociedad americana; una fractura que le va a ser difícil reparar a la administración demócrata habida cuenta de que más de setenta y cuatro millones de personas han votado a Trump guiados por la idea mesiánica de que era este impresentable o el caos.

La democracia es el menos malo de los sistemas políticos, dijo Churchill, y las vergonzosas escenas vistas en un país que alardea de ser la cuna de la democracia demuestran, también, que es un sistema frágil, sobre todo si no se respetan las reglas del juego: cuestionando la limpieza de las elecciones democráticas; repitiendo hasta la saciedad que el partido legitimado por las urnas para formar gobierno destruirá el país; considerando al oponente político un enemigo a batir y usando para ello cualquier excusa, real o ficticia (incluida una pandemia).

Y como, lamentablemente, estas formas de hacer política no son exclusivas de un demente como Trump sino que se están extendiendo por otros países democráticos, incluida España —recordemos que el pasado  mes de octubre asistimos a una moción de censura contra un supuesto ‘gobierno ilegítimo’—, es por lo que ahora, más que nunca, cobra sentido recapacitar sobre lo sucedido en los EEUU. Aunque me temo que nuestros políticos no van a estar de acuerdo: es mucho más fácil manejarse en el circo mediático que tienen montado, en el descrédito permanente del otro, en los eslóganes fáciles, la mentira y la oposición porque sí y sin fundamento, que en la propuesta, la argumentación y el consenso.

Nos engañaríamos si pensáramos que la democracia es un sistema inamovible y la libertad un logro para siempre. Un tipo con cuernos de bisonte nos señala el camino: o aflojamos la tensión política y buscamos puntos de encuentro o a ver quién es el siguiente iluminado que asalta las instituciones democráticas y con qué disfraz esta vez.

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