Pequeñas flaquezas prenavideñas. Una imagen de 'Qué bello es vivir', de Capra.
Pequeñas flaquezas prenavideñas. Una imagen de 'Qué bello es vivir', de Capra.

El pasado domingo, leí una entrevista a la siempre lúcida Isabel Allende con motivo de la publicación de su último libro Mujeres del alma mía en el que cuenta su relación con el feminismo y con las mujeres que marcaron su vida. 

Soy feminista y todas sus reflexiones me parecen interesantísimas y las comparto de principio a fin. Sin embargo, lo que más me ha impactado es lo que dijo sobre el amor: "Me preguntan muchas veces cómo es casarse a los 77 años y yo contesto que es igual que a los 20 o a los 50 pero con una tremenda sensación de urgencia. Porque no sabes cuánto tiempo tienes por delante y no es mucho. Yo visualizo en mi mente un calendario en el que van sacándole las hojas cada día y cada vez quedan menos. Yo no puedo perder un día de mi relación con Roger porque dejó los calcetines tirados en la escalera. La paciencia, la tolerancia, la simpatía y el humor, todo eso es fundamental en una relación".

Y no me preguntes por qué, abuela. Tal vez porque aun no sintiéndome en el tramo final de la vida (aunque eso nunca se sabe), sí que tengo mayor conciencia de lo rápido que pasa el tiempo o porque la pandemia ha puesto el foco, como nunca, en lo esencial: el amor, cualquier clase de amor, no necesariamente el romántico. Un amor que ahora no podemos nutrir con abrazos, con contacto estrecho, con tiempo compartido presencialmente. Un amor que derrochamos en la juventud pensando que tenemos todo el tiempo del mundo para disfrutarlo y así, lo malgastamos discutiendo sobre 'calcetines tirados'.  Pero la sensación de urgencia por las hojas del calendario arrancadas sobreviene antes de lo que imaginamos y, sobre todo, mucho antes de lo que quisiéramos. Y ya no hay vuelta atrás: imposible recuperar los momentos arrojados al desagüe fruto de la inconsciencia, inviable volver atrás. Game over... 

Esto es muy corto, abuela. Cortísimo. Y la única vacuna –ahora que suspiramos por una que nos permita volver a la normalidad que la Covid19 nos ha arrebatado– que tenemos frente a la fugacidad de la vida es la capacidad de fluir con ella sin malgastarla preocupándonos por estupideces o discutiendo por nimiedades, ya sean calcetines, bragas o si el cuñado se considera o no 'allegado' a la hora de sentarlo a la mesa esta Navidad. Y para ello, conviene recordar, de vez en cuando, la oración atribuida al teólogo, filósofo y escritor estadounidense Reinhold Niebuhr: "Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia". No es sencillo ser feliz —según la ciencia, nuestra especie no está diseñada para ello, sino que prima su supervivencia, algo incompatible con la felicidad plena—, pero merece la pena intentarlo, relativizar las experiencias, enfocarnos en lo bueno, valorar lo que tenemos en lugar de frutrarnos por lo que nos falta, amar aun a riesgo de perder...

¡Ojú, que ñoña me he puesto en esta carta, abuela! (Se nota que llevo todo el puente viendo películas navideñas, de esas que suben el nivel de azúcar solo con los créditos iniciales). Pero ¿qué quieres que te diga? A veces, el cuerpo me pide escribir sobre estas cosas. Debe ser el espíritu de la Navidad, ese que ha pasado de largo por la puerta del general retirado que desearía fusilarnos a veintiséis millones de españoles. 

Estimados lectores, estimadas lectoras, no me tengan en cuenta este pequeño desliz. Al general, tampoco; aunque ándense con siete ojos que el que avisa no es traidor, es fusilador (por lo menos en potencia).

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