Maradona, en su etapa de entrenador de Argentina.
Maradona, en su etapa de entrenador de Argentina.

El mundo entero lo llora. La multitud se arrebuja en torno al lugar donde se ha instalado su capilla ardiente ante la que desfilan miles de admiradores. Lágrimas, llantos descontrolados, cantos, emoción a flor de piel. Todos quieren despedirse de él. Las alabanzas se suceden y muchos coinciden en considerarlo algo más que un simple mortal, alguien que elevó el fútbol a su dimensión más sublime.  Se escuchan aplausos coronados, de tanto en tanto, con un ¡Olé Olé Olé! Le arrojan flores, rosarios, camisetas… Porque Iván Lima, voluntario y técnico de Cruz Roja que falleció el pasado martes a los 48 años a causa del coronavirus, fue un referente en el trabajo con los inmigrantes. Salvó a miles de personas que llegaban a nuestras costas huyendo de la miseria, de la guerra. Con su generosidad y su buen hacer, evitó que miles de criaturas  acabaran en esa gigantesca fosa común que es el fondo del Mediterráneo.

Espera, espera, abuela. Me parece que estoy mezclando titulares. Algo no cuadra… Ah, vale, me he equivocado. Al que el mundo llora, alaba y endiosa es a Maradona. ¿A Maradona?, te preguntarás tú. ¿A un tipo que fue detenido por la policía por posesión de drogas, sancionado por la Federación Italiana de Fútbol por consumo de cocaína y expulsado por doping del Mundial de Fútbol del 94? ¿El mismo que fue denunciado por violencia machista por varias de sus ex parejas y acusado de abuso de menores? ¿El amigo íntimo del capo napolitano Caroline Giuliana que le surtía de mujeres y drogas? Al mismito, abuela. A un tipo con una trayectoria pésima, por muy as del fútbol que fuera, que representa todo lo contrario de lo que debería ser un deportista tan influyente para millones de personas en todo el mundo. Alguien a quien Eduardo Galeano definió como 'una suerte de Dios sucio, el más humano de los dioses'.

Pero nada de eso importa en este mundo que necesita adorar a dioses de barro, dioses podridos de dinero, dioses capaces de provocar el delirio ya sea lanzando un balón, cantando reguetón o pisando la alfombra roja de Hollywood. A estos dioses se les perdona todo, sin reparar en sus miserias, o reparando, pero importándonos un bledo, hasta el punto de considerarlos auténticos mesías cuya sola existencia ya justifica la nuestra (he oído a algún aficionado decir de Maradona que era lo mejor que le había pasado en la vida. Ya hay que tener una vida vacía para que un cocainómano sea lo mejor que recuerdes de ella). 

Este es el mundo en el que vivimos, abuela. Un mundo en el que la muerte de un hombre bueno como Iván pasa prácticamente desapercibida, mientras que la de un tipo con una trayectoria personal y profesional nefasta satura los medios de comunicación. 

Un mundo poblado de dioses corrompidos en los que, lamentablemente, muchos necesitan creer, tal vez porque encarnan sus propias mezquindades y siempre es un alivio saber que otros las elevan a la categoría de aceptables.

Mientras el mundo, vicepresidente del gobierno español incluido (aún me escuecen los ojos tras leer su tuit haciendo referencia a una canción de Los Chicos del Maíz: Diego nuestro, santificada sea tu zurda. Dios no está en el cielo, se recupera en Cuba. Diego, nuestro barrilete cósmico divino. Dios lleva el 10 a la espalda y es argentino) rinde homenaje a Maradona, mi recuerdo está hoy con Iván y con tantos miles de hombres y mujeres buenas que, día tras día, se juegan la vida por salvar la de otros. Esos son mis ídolos, abuela. Maradona es, simplemente, el símbolo de un mundo enloquecido. 

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