Gente corriente

Desde que se publicó la sentencia de la trama Gürtel he oído muchas sandeces, mentiras, medias verdades, justificaciones injustificables y amenazas aún más injustificables.

Una manifestación, en una imagen de archivo.
Una manifestación, en una imagen de archivo.

Desde que se publicó la sentencia de la trama Gürtel he oído muchas sandeces, mentiras, medias verdades, justificaciones injustificables y amenazas aún más injustificables que han ido in crescendo desde que Rajoy fue desalojado de la Moncloa. De todo, lo que más me inquieta es la naturalidad con la que mucha gente dice eso de "más vale malo conocido que bueno por conocer" o "si nosotros hubiéramos estado en su lugar hubiéramos hecho lo mismo", para justificar la corrupción.

Oír estas cosas en boca de personas a las que no tengo por corruptas ni chorizas, ni tampoco muy de derechas, me da que pensar. La verdad. ¿Por qué la gente de a pie justifica la corrupción? ¿Está loca o qué? "No. —mantenía José Luis Sampedro—. Es que está manipulada y su opinión no es el resultado del pensamiento reflexivo. Juzga por lo que ve en la televisión y ahí los mensajes que lanza el poder económico dominan". Lo comparto totalmente. Eso y que subyace en el subconsciente colectivo una idea muy perniciosa: la que afirma que en España todos somos un poco corruptos, un poco chorizos, porque está en nuestro ADN y nos viene de lejos, fíjate en el Lazarillo de Tormes que inauguró el género de la picaresca allá por el Siglo de Oro.

Que somos un país poco racista en lo que al dinero negro se refiere, lo demuestran hechos como que seguimos siendo campeones en economía sumergida —se calcula que el peso de esta sobre el PIB es del 18%—, solo superado por los países del Este, Grecia e Italia o que nuestro país es el que tiene la mayor tasa de empleo temporal de toda la UE, temporalidad que, en un altísimo porcentaje, esconde contratos fraudulentos. O sea, que todos defraudamos un poco, un poquito, cada uno a su nivel y en lo que puede y claro, así ¿cómo vamos a recriminar a los políticos que lo hacen ‘al suyo’, o sea, a lo grande?

Leí hace tiempo un artículo titulado Hacienda recibe más de 12.500 chivatazos. ¿Chivatazos? ¿A las denuncias por fraude fiscal se les llama chivatazos? En mis tiempos de colegio, un chivato era lo peor de lo peor. Un ser despreciable que denunciaba a sus compañeros y compañeras. Ya en sí, el término evidencia la mala prensa que tiene denunciar a los defraudadores: no estás cumpliendo un deber, estás señalando a alguien... Terrible.

Pero, como no quiero caer en el pesimismo, prefiero fijarme en la gente que, por fortuna, no justifica lo injustificable. Gente corriente, gente que de haberse podido corromper no lo hubiera hecho. Gente gracias a la cual ha sido posible juzgar y condenar a los culpables de una trama corrupta que estaba socavando los pilares de la democracia. Gente que no se ha amilanado a pesar de las amenazas y las presiones y ha destapado las cloacas del PP. Gente honrada como las fiscales, Concepción Sabadell y Concepción Nicolás a las que Luis Bárcenas llamaba despectivamente las niñas, el juez Pablo Ruz y el magistrado José de la Mata y cientos de policías, inspectores de Hacienda, secretarios judiciales y auxiliares administrativos.

Sin esa gente honesta y valiente que no lleva en el ADN la picaresca del Siglo de Oro, nadaríamos en la ciénaga de la corrupción sin que ello trajera consecuencias a los que esparcen la mierda. Yo le estoy eternamente agradecida a esa gente que no compra la idea tan lamentablemente extendida de que "si hubiéramos estado en su pellejo, hubiéramos hecho lo mismo". Gente imprescindible para seguir creyendo en la justicia. Gente corriente que hace cosas extraordinarias.

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