Personas, paseando por el centro de Jerez, durante la desescalada. FOTO: MANU GARCÍA
Personas, paseando por el centro de Jerez, durante la desescalada. FOTO: MANU GARCÍA

Desconozco si usted es un lector o lectora atento o despistado. Si es atento habrá reparado en el pequeño cambio –en realidad no tan pequeño, ocupa casi la mitad— que se ha producido en el epígrafe de esta sección que está empezando a leer, de Confesiones. Ya no pone Confesiones de un confinado, ahora pone Confesiones de un pandemita. ¿Cómo interpretarlo? Es bastante fácil: adiós, confinado; hola, pandemita. Se acabó la actitud timorata, a la defensiva, ‘ovillada’ frente a la pandemia. Eso ha sido cosa de los primeros 60 números de las Confesiones, ahora… ahora es otra cosa.

Está naciendo un hombre nuevo y por el momento le hemos llamado el pandemita. Lo pongo todo con bajas y sin cursiva: la OMS dice ahora que el virus ha venido para quedarse, así que el pandemita también (además, en el momento de escribirla no ha salido en ningún momento el típico subrayado en rojo de Word, es como si la palabra ya existiera). Se acabó estar mirando a diario las estadísticas, se acabó darle vueltas a si puedo hacer esto o no (a sabiendas de que probablemente las autoridades al día siguiente dirán lo contrario), se acabó pensar si toco o no el picaporte, si pulso o no el botón del telefonillo o el del cajero automático. Se acabó también andar pensando si uso guantes de látex o no, si me he tocado la mascarilla o –desde que hace unos días nos abrieron las terrazas— cuánto hará que el camarero se lavó con hidrogel las manos antes de darme una caña. Todo eso se acabó. Eso es el pasado. Eso son cosas de confinados. Y aquí ya no hay confinados, aunque está claro que a la postre el confinamiento es un estado mental y se ha quedado en la cabeza de muchos. Confinamientos fuera. Vivimos no una pandemia, sino en una pandemia y es lo que vamos a hacer: vivir. Vivir como pandemitas. Y vamos a ir aprendiendo a hacerlo en estas líneas. 

Hace aproximadamente un siglo fueron varios los movimientos que alentaron el surgimiento de un Hombre Nuevo. Comunismo, Fascismo, poco después el Nazismo… todos estos movimientos políticos cogieron de aquí y de allá lo que tenían más a mano (y eran muchas y muy distintas teorías e interpretaciones de las mismas, desde las ideas de Nietzsche a las de Marx, pasando por el Futurismo de Marinetti y otros ‘volaos’ como Spengler) para intentar dar forma, contenido y matices a cada prototipo de Hombre Nuevo que buscaban todos estos movimientos al final totalitarios. Ahora, en 2020, un número redondo y fácil de recordar, una pandemia mundial producida por un virus importado de Oriente –igual que todo lo que se consume en la civilización occidental desde hace 30 años, desde unas zapatillas de deporte a una tabla de estiramientos— está a punto de alumbrar un nuevo hombre (por ahora no nos atrevemos a poner el adjetivo detrás del sustantivo, ni siquiera, reiteramos, las palabras en mayúscula): el pandemita. 

No amigos, no se equivoquen. Tras ese nombre casi simpático, ‘pandemita’, que suena a algo así como gordito o comilón, y que recuerda (no tan) vagamente a la palabra ‘podemita’ con la que algún articulista de derechas bautizó en su día a los seguidores de Podemos, se esconde alguien que simplemente está empezando a tomar contacto con lo que, efectivamente, va a ser una ‘nueva normalidad’. Y lo hace, hay que decirlo ya, más como si se tratara de un comando que una o un ‘florecilla’. Dicho de otra manera: si el pandemita tuviera que tatuarse algo –cosa que nunca se le ocurriría, aquí no estamos para perder con agujas un tiempo que no sabemos cuánto es— sería “Homo Homini Lupus” (Hobbes) y no ninguna pollada sobre la Pachamama o dios sabe qué superstición…

En lo que a las Confesiones respecta, se acabaron las secciones antiguas, hay que ir dejando paso al futuro y si hay que mandar cosas al desván, se hace. Adiós a la visión naif y, en el fondo, conforme con la información que nos vienen transmitiendo las autoridades, que daba la sección ‘Desinfección y Chuletas’ (desde ahora me volveré a lavar las manos cuando me parezca y cuando haga ensalada: es decir, como siempre). Adiós también al cinismo posmoderno de ‘Cultura Infecta’: Oh, Señor, qué fácil reírse de Alejandro Sanz, Carlos del Amor, Muñoz Molina, Penélope Cruz… joder, solo ha faltado echarse unas risas con Sting. No, se acabó. Hay que dar un paso adelante, hay que decir adiós a todo el pasado…

Pero sí va a haber una sección fija (por ahora) y es de Periodismo. Aún está por decidir si se va a llamar La Pandemia, al día, así, como si fuera un programa matutino de televisión, o Tu Pandemia, gracias, homenaje a las máquinas de tabaco, de las primeras en dirigirse con el debido respeto al ser humano. En esta sección con el nombre aún por decidir les traemos ya, hoy mismo, dos artículos de CTXT: “¿Y si vemos morir San Francisco desde la 306?”, de Fernando Mahía (sobre el último hippie de Frisco, hoy convertido en un pandemita más) y "Así capitaneó el presidente del Real Madrid la catástrofe de las residencias", de Eoghan (joder, eso sí que es un nombre) Gilmartín, sobre los compadreos del PP y Tito Floren. En El Confidencial, recomendamos a Carlos Prieto con "La derecha Kortatu", la demostración de que en la pandemia se puede hacer humor…

Nota para los despistados. Confesiones de un pandemita es una broma. Digámoslo al revés: las opiniones del pandemita no necesariamente coinciden con las de su autor…

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